Big Victor, aherrojado en los garfios del miedo

el beso de la muerte

El elogio de Victor Mature de la semana pasada va a tener ahora, de manera tangencial, una segunda parte (esperen al segundo párrafo, o vayan directamente a él si se impacientan). El hilo que nos conducirá al actor se inicia con una pregunta: ¿Qué leían sobre cine nuestros padres (o abuelos o bisabuelos, depende de la edad de cada uno)? La verdadera crítica de cine moderna nace, en España, en los años sesenta, con el desembarco de los jóvenes turcos de Film Ideal, Documentos cinematográficos o Nuestro cine. Años de mucha efervescencia y nuevas olas por doquier, de genuino amor por el cine pero también de consignas ideológicas. Años, sin lugar a dudas, irrepetibles en el campo del análisis. Pero, ¿y antes? Vayamos unos cuantos años atrás, a la segunda mitad del decenio de los cuarenta. La crítica aún no se había armado teóricamente, no existía un faro que guiara los criterios de reflexión, pero sería un gran error creer que no había buenas revistas y cronistas ejemplares. En aquel lustro existió una revista quincenal estupenda, Cinema, editada en la Vía Layetana de Barcelona, que a un tiempo desparramaba glamur (las estrellas, o los artistas de cine, como se decía entonces, eran la principal fuente de placer de los lectores) y pensamiento serio sobre el cinematógrafo. Escribían en ella gente que hoy difícilmente les sonará a los aficionados, como Román Oltra, Concha Gracián o Vicente Moro. Pero sí les sonará el nombre de Fernando Fernán Gómez, que publicaba regularmente unos relatos deliciosos. Otro nombre histórico que firmaba en sus páginas: Luis G. de Blain, el creador de Taxi Key, que por aquellas fechas ingresaría también en Fotogramas, revista de la que sería redactor jefe, amén del primer Mr. Belvedere. Y otro: Joan Francesc (entonces Juan Francisco) de Lasa, ilustre periodista, historiador y cineasta amateur, que en Cinema escribía largos y jugosos artículos. Y otro más, en fin: el insigne Ángel Zúñiga, que en cada número se responsabilizaba de la sección Celuloide perdido, circunscrita al cine silente: ahora hablaba de Moana (1926), en el siguiente ejemplar de Sennett, en el de más allá de la Bertini, etc. Vamos, que nuestros padres, abuelos o bisabuelos tenían tela fina para leer si lo que les interesaba era el cine.

Cinema tuvo una vida efímera, probablemente porque Fotogramas, que nació a finales del 46 e iba del mismo palo y estaba tan bien dotada de personal, le robó los lectores. Y ahí, en Fotogramas, la cosa está clara: bisabuelos, abuelos, padres, hijos, nietos y biznietos han (hemos) y siguen (seguimos) mamando de la gran y benemérita teta de la familia Nadal, que es un apellido que ya rima sin rimar con Feliz. Fotogramas nació ya muy seria, con criterio y coherencia y una nómina de firmas que no ha hecho más que agrandarse con el tiempo. Piénsenlo: el próximo año cumplirá… ¡70 años! El caso es que ya desde sus inicios se podían leer en Fotogramas críticas de enjundia, y como muestra este botón: María Luz Morales, que se hinchaba de hacer reseñas en cada ejemplar de la publicación, escribió (1 de julio de 1949) una crítica de El beso de la muerte (1947), de Henry Hathaway, en la que decía estas palabras: “Trepidante de acción y movimiento, como es propio del género, discurre en El beso de la muerte una corriente de acción interna, pura psicología, de la que son protagonistas auténticos la crueldad y el terror, encarnados en dos intérpretes insuperables: Victor Mature, aherrojado en los garfios del miedo; Richard Widmark, forjado para todos los refinamientos de la crueldad…”. Repetimos como las natillas: “forjado para todos los refinamientos de la crueldad” y “aherrojado en los garfios del miedo”. Qué bien nutridos crecieron nuestros padres, abuelos o bisabuelos cinéfilos.

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