Reese, Mann y el espectro de John Carpenter

alma salvaje

En la segunda edición de su voluminosa Film Encyclopedia, publicada en 1994, a los dos años de su muerte, Ephraim Katz referencia ocho Mann: Abby, Anthony, Daniel, Delbert, Hank, Michael, Ned y Stanley. De todos ellos, el más joven era Michael Mann, que ya entonces merecía una entrada por sus labores televisivas (principalmente Corrupción en Miami y la tv-movie de prestigio The Jericho Mile) y por sus primeros títulos cinematográficos: Katz elogia Ladrón (1981) y Manhunter (1986), que sin lugar a dudas siguen siendo todavía hoy dos de sus películas más inspiradas, y reseña (o tal vez lo reseñaron quienes revisaron y completaron su trabajo, Melinda Corey y George Ochoa) El último mohicano (1992) como su primer greatest success. Han pasado veinte años y la fama y la reputación de Mann han subido como la espuma hasta alcanzar una estimación crítica extraordinaria. En Heat (1995), El dilema (1999), Collateral (2004) o su versión cinematográfica de Corrupción en Miami (2006), sus formidables dotes de estilista lucían en todo su esplendor. Y Enemigos públicos (2009), probablemente su obra maestra, entroncó con lo más profundo del cine de gángsters, con la sal del cine clásico americano, sin dejar de ser una película estéticamente muy moderna.

Tras una espera de casi un lustro, era lógico tener buenas expectativas ante su nuevo producto, Blackhat: Amenaza en la red, un thriller cuya premisa unos pocos años atrás se nos antojaría pura ciencia-ficción, pero que hoy, después de los sabotajes en las redes perpetrados en la Sony o el Pentágono, ya pertenece a la estricta realidad. Y precisamente a la ciencia-ficción remiten, por su estética, los brillantes primeros minutos de la película de Mann: el nocturno plano aéreo sobre una central nuclear tiene la fuerza inquietante de los también iniciales planos de Blade Runner (1982) y su misma belleza siniestra, y a esa imagen siguen otras vertiginosas que transitan por el tejido tecnológico (un planeta hechizante en sí  mismo) de la central en el momento del atentado informático que causará la catástrofe. Espléndido arranque sin palabras, puramente visual. Lo que sigue, en cambio, es más bien decepcionante: una intriga banal de aspiración cosmopolita, redimida por algunos toques de genio (las de escenas de tiroteos, sobre todo la nocturna en plenas calles de la ciudad) pero en general cansina y tediosa. Claro está que Blackhat: Amenaza en la red tendrá, tiene ya, sus detractores y sus entusiastas. Quim Casas lo deja ya claro en el título de su crítica: “Paso en falso de Mann”. En cambio, en las páginas de Caimán, Jean-Michel Frodon la defiende como “una muy buena película de acción”. Por su esquema, no puedo dejar de pensar en el sano ejercicio de cine-cine que de él habría extraído John Carpenter: un hacker encarcelado por sus desmanes delictivos, joven, apuesto y más chulo que un ocho, es requerido por las autoridades chinas y estadounidenses para salvar al mundo; sólo le falta un parche en el ojo.

Como sea que el cine todavía tiene la virtud de sorprendernos, si de Michael Mann esperábamos más, de Jean-Marc Vallée no esperábamos tanto: Alma salvaje, estrenada el mismo día que Blackhat: Amenaza en la red es, de largo, su mejor trabajo y una película con enorme capacidad de comunicar sensaciones. La hazaña que emprende la protagonista, ejemplarmente interpretada por Reese Witherspoon, en su camino de purificación interior, tiene tanto de físico como de metafísico, pero la película, que se inspira en un caso verídico, en ningún momento se nos ofrece como portadora de valores edificantes ni aspira a ser el trillado manual de autoayuda. Todo transcurre con plácida naturalidad, todo tiene su verdad humana incorporada en la impresionante (y simbólica) mochila de la protagonista, que pesa más que ella. Hay citas literarias a granel, mucha voz en off y flashbacks que recomponen la vida anterior de la inexperta senderista, pero están tan bien calzados en un todo coherente que jamás chirrían. Y la Naturaleza, en mayúscula, a un tiempo hostil y fascinante, alcanza una fuerza dramática que hace pensar en otro de los ocho Mann de Katz, el más grande de todos: Anthony.

 

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