Dos cinéfilos generosos: Peter y Quentin

Siempre y cuando se prefiera la gran pantalla a la playa, este agosto proporcionará a la afición dos chutes incomparables de droga dura cinéfila: el próximo día 2 se estrena El gran Buster, de Peter Bogdanovich, un documental excelente sobre la figura del creador de El maquinista de La General (1926), y dos semanas después, el día de la Asunción, Érase una vez en… Hollywood, la esperadísima y prodigiosa nueva película de Quentin Tarantino. Son, entre las dos, 312 minutos de felicidad y éxtasis, de amor incontenible al séptimo arte (y a las viejas series de televisión en el caso de Tarantino), de conocimiento profundo del percal y estrecha complicidad con el espectador más avezado.

Tarantino es precisamente una de las muchas voces que exponen su opinión de Keaton en el documental de Bogdanovich, estructurado en tres partes: primero, un repaso biográfico desde su nacimiento hasta el momento en que decidió rodar su primer largometraje; después, la larga decadencia artística y personal entre el advenimiento del sonoro y la muerte del cineasta en 1966, y finalmente, un detenido análisis de las once insuperables obras maestras que dirigió o codirigió e interpretó entre 1923 y 1927. Ningún otro genio del cine dio jamás tanto, tanto y tanto en tan sólo cinco años. Las tres partes vienen profusamente ilustradas con material de archivo, pero la más interesante es la segunda, en tanto que vemos muchas imágenes poco frecuentes, como el breve período en que Keaton formó pareja con Jimmy Durante, sus participaciones en programas de televisión o los anuncios que protagonizó también para la caja tonta. Es la parte más triste: MGM destrozó su carrera, se dio a la bebida, fue internado… La justicia llegó a tiempo: un año antes de fallecer, el festival de Venecia se rindió a sus pies, y en las fotos fijas contemplamos a un Keaton emocionado por el tardío reconocimiento y la larga ovación del público. Murió sabiéndose inmortal.

Felizmente incorregible, Don Quentin el nada amargao sigue en lo suyo, haciendo cine de puro hoy con retales de puro ayer, esta vez con el propio cine como herramienta temática, en el sendero de títulos señeros de Minnelli, de Wilder, de Mankiewicz. Érase una vez en… Hollywood es abrumadora, la película más multirreferencial de la historia y un auténtico desafío para el espectador más encallecido, gustosamente impelido a identificar cada cita, guiño o alusión en un gigantesco fresco histórico (la Meca del cine en 1969) que a cada medio minuto bombardea estímulos entre personajes verídicos o de ficción, películas y series reales o inventadas, etc., etc., etc. Descifrarla al completo requeriría verla varias veces y dedicarle cincuenta artículos. Quedémonos con un único detalle, que al bloguero le ha robado el corazón. En la escena en que Sharon Tate va a recoger un libro encargado aparece un anciano al que vemos de perfil en un mostrador, en un muy breve plano general. El prácticamente irreconocible actor que lo interpreta es Clu Gulager, ya nonagenario. Gulager fue una presencia habitual en la televisión de los sesenta, artista invitado en numerosas series, muchos westerns y, concretamente, fue el sheriff Emmett Ryker de El Virginiano, esa serie que cuando éramos niños amenizaba ritualmente nuestras sobremesas del sábado antes de visitar nuestro cine de barrio. Tuvo también papeles destacados en cine: Código del hampa (1964), 500 millas (1969) o The Last Picture Show (1971), donde en un momento determinado lucía el mismo sombrero de vaquero que llevaba en El Virginiano (¿fetichismo bogdanovichiano?). Es obvio que Tarantino podría haber utilizado cualquier viejo que pasara por el plató para rodar ese plano. Pero no: eligió a Clu Gulager. Nadie conoce hoy a Gulager, salvo Tarantino y algunas criaturas antediluvianas como el bloguero. Y sabemos, Quentin y los antediluvianos, que, en mayor o menor grado, Clu Gulager forma parte de lo gozosamente consumido en nuestras vidas, como Rod Taylor, Russ Tamblyn y otras estrellas veteranas aparecidas en un visto y no visto en las películas del titán Tarantino. Richard Donner, en apariencia menos mitómano, hizo lo mismo en Maverick (1994) al incluir en el reparto las presencias casi de extras de viejas glorias del Oeste catódico: James Drury y Doug McClure (El Virginiano), Robert Fuller (Caravana), Henry Darrow (El gran Chaparral)… Gestos nobles de agradecimiento siempre bienvenidos.