De mostrarlo (y demostrarlo) todo a no mostrar nada

En cine, objetivamente hablando, no existe una mirada justa. Cada cineasta contempla el mundo y lo expone de la manera que mejor le conviene. Y cada espectador es muy dueño, según su código de valores y sus gustos personales, de aceptar o no aceptar las decisiones tomadas por el autor. Este viernes se han estrenado dos películas de interés, El viaje de Nisha y Purasangre, que resultan muy útiles para enfocar el asunto. Segundo largometraje de Iram Haq, El viaje de Nisha es el prototípico filme de denuncia que toma las propias experiencias de la directora y guionista para ilustrar una historia estremecedora, indignante, de vejación de la mujer, concretamente de una adolescente de origen pakistaní que vive con sus padres y hermanos en Noruega, plenamente integrada de puertas afuera en la sociedad europea pero, en la intimidad del hogar, esclava de las costumbres atávicas y la intolerancia. Un pequeño desliz provocará la ira del padre, que la someterá a castigos tan ejemplares como llevarla una larga temporada a la casa familiar de Pakistán, donde la pobre Nisha padecerá un calvario. En Purasangre, primer largometraje de Cory Finley, dos muchachas adolescentes de elevadísima complejidad psicológica tejerán una trama que las aproximará a las fantasiosas heroínas de Criaturas celestiales (1994), crimen incluido.

Hemorrágicamente demostrativa, El viaje de Nisha expone sin pelos en la cámara la odisea humillante de Nisha y se detiene, diríamos que se recrea hasta el mínimo detalle, en las más abyectas situaciones sufridas por la protagonista: la nocturna y brutal escena de la policía pakistaní en el callejón, el escupitajo del padre a la hija, la madre desando no haberla parido, la incitación al suicidio al filo del acantilado… Una acumulación de momentos crueles sometidos a un efectismo reprobable, que podría reavivar el viejo debate del travelling de Kapò (1960). En Purasangre (alerta: spoilerazo al canto), Finley se muestra extremadamente pudoroso en la escena crucial del asesinato invocando el más contundente fuera de campo, de tempo impecable: vemos salir del encuadre a una de las chicas dejando únicamente la imagen, en un largo plano general, de un sofá con la otra chica dormida, mientras oímos el sonido del televisor, también en off, hasta el regreso, al cabo de un rato, de la asesina con el cuchillo y las manos teñidos de sangre. Nada vemos y todo lo comprendemos en una toma única que recuerda otra similar, extraordinaria, ubicada en la habitación de un motel, de la subestimada Nunca juegues con extraños (2001), del gran John Dahl, cineasta extraviado los últimos lustros en episodios de Dexter, Californication, House of Cards, Ray Donovan y un porrón de series más.

En fin, mientras Purasangre juega al escondite, El viaje de Nisha derrocha exhibicionismo. De la elipsis como figura de estilo a la plenitud expositiva de la pornografía. ¿Mirada justa alguna de las dos? Que cada espectador saque sus conclusiones buceando en sus aguas subjetivas. El bloguero lo tiene claro, clarísimo: cinematográficamente, la opción de Finley resulta más elegante.

 

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