Postal de Sitges

“Sitges, ¡joder!, ¡el mejor lugar del mundo!”, soltó Álex de la Iglesia al presentar al público la originalísima película vasca Errementari. El herrero y el diablo, de Paul Urkijo Alijo. Completamente de acuerdo, amigo. Sitges, durante la celebración de su festival, es un lugar próximo al paraíso terrenal, sobre todo si uno se lo sabe montar y equilibra fuerzas entre cine y reposo, la perfecta armonía: una película, un paseo por la playa, un café en una terraza, otra película, otro paseo por el tejido interior de la población, ahora un par de cervezas en otra terraza, una cazuela de arroz a la sitgetana en La Nansa (¡once sobre diez!), una breve siesta en el hotel, una tercera película… Y el enriquecedor arte de la contemplación: escaparates, arquitectura, esas riadas humanas que bajan y suben constantemente, del Auditori del Gran Sitges al centro de la villa y viceversa, cinefilia omnívora-guerrillera con la que compartes sangre muy caliente, etc. Con serenidad, sin aturullamiento, lo gozas todo como un jabato, relativizas los puntuales desaciertos (entradas no disponibles, retrasos, presencias ausentes en la exposición y el libro conmemorativos del cincuenta aniversario del certamen) y desconectas felizmente, por unos días, del convulso circo político.

Como viene siendo habitual, su oferta la conforman cientos de películas. Todo cabe, todo vale. Todavía hay periodistas, y estos oídos dan fe de ello, que se quejan porque no pueden verlo todo. No han alcanzado a entender que ya hace años, muchos, que Sitges no es un festival para la prensa, sino para un público amplio, amplísimo. Hay que ser canalla para negar el placer de los otros por la sencilla razón de que, entre todos, verán un enorme puñado de películas que tú no podrás ver por obvia carencia de ubicuidad. En Sitges, si no estás esclavizado por la necesidad de cubrir la sección oficial para tu medio, el estímulo es la elección. Que te apetece un Miike, tres tazas (una de ellas rodada en la propia localidad catalana). Que quieres un Drácula, todos los canónicos a tu disposición este año en que el conde ha sido figura tutelar (por cierto, qué bien luce en 2017 el de Langella & Badham). ¿Gore?, ¿slasher?, ¿experiencias extremas? A granel en sesiones maratonianas nocturnas, que aquí los chutes son de 24 horas al día. ¿Cine asiático? Más que en la entera Asia. ¿Animación? Pues moneda corriente por estos pagos desde el 93. Línea dura, también, faltaría más: el premiazo se lo llevó Hungría. Así las cosas, no es de extrañar que una de las perlas de este festival cincuentón fuera… ¡una película chilena de Raúl Ruiz! Ruiz falleció en 2011, pero la sección Seven Chances proyectaba La telenovela errante, fechada en 2017 y codirigida por Valeria Sarmiento, su viuda. En realidad, la dirigió Ruiz en 1990, cuando ya había vuelto del exilio, y se trata de una jocosa comedia ácida sobre la realidad del momento en un país, su Chile natal, que el propio cineasta es incapaz de reconocer. Del material rodado y ahora montado emergen 78 sucintos minutos que son puro Raúl Ruiz: una colección de sketches mordaces centrados en el mundo de la televisión y el culebrón, monopolizada por comportamientos absurdos, diálogos marcianos y juegos de palabras (memorable el fragmento de Concepción), la imagen surrealista y la subversión del canon telenovelesco. Los ecos del Buñuel de El discreto encanto de la burguesía (1972) y El fantasma de la libertad (1974) se perciben en cada sketch. Pocos cineastas tocan ya esos violines: fallecido Ruiz, quizás únicamente Otar Iosseliani y Roy Andersson.

 

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