Hace cien años y hoy

Bien administrados, cincuenta minutos (cinco rollos) dan para mucho, por ejemplo en Just Pals (1920), una fresca y jovial mixtura de comedia rural, drama y aventura protagonizada por Buck Jones, que encarna al holgazán del pueblo, y un niño vagabundo que viajaba en un tren de mercancías y se ha quedado en la población; la relación entre estas dos criaturas desheredadas es sorprendentemente parecida a la de Chaplin y Jackie Coogan en El chico, estrenada a principios de 1921, tan sólo tres meses después del estreno de Just Pals y, por lo tanto, libre de toda sospecha de plagio. Esta historia de amistad trufada de efectos cómicos es únicamente uno de los flecos del argumento, que incluye un asalto al banco por un grupo de forajidos, una persecución a caballo, un intento de linchamiento, el secuestro de un (otro) niño, la rivalidad por el amor de la maestra entre Jones y uno de los villanos de la función y un florido ramillete de personajes pintorescos, entre ellos el sheriff anciano y escuchimizado, que se escaquea de dar limosna en la iglesia mostrando su estrella en el pecho, gag malicioso y genial.

Tras una intensa etapa en Universal, Just Pals fue la primera película de John (todavía Jack) Ford para la Fox (todavía no 20th Century), compañía a la que daría un puñado de obras maestras inmarchitables. La película es de una sencillez admirable, que sería interesante degustar con la mirada de un espectador de hace cien años, felizmente exento de prejuicios, pues carecía de referentes: apenas hacía diez años que Griffith había sembrado el terreno, casi todo estaba por hacer. Pero lo que se hacía (Just Pals y centenares de productos parecidos) ya se hacía muy bien. El cine popular, el que consumirían las grandes masas todavía sin televisión durante décadas, estaba ya perfectamente desarrollado. Ese cine popular, puro e incontaminado aunque menos ingenuo con el correr de los años, permanecería en la gran pantalla durante casi todo el siglo XX, hasta la flagrante escisión en sus dos últimas décadas con, entre otras causas, la defunción de la sesión continua y el auge del VHS. Hoy las nuevas generaciones son incapaces de comprender cómo se gozaban las películas en tiempos pretéritos, cómo la vida y sus complejidades se adueñaban de nuestras mentes y corazones de la manera más lúdica y natural y netamente hedonista. En un intercambio de impresiones vía e-mail entre José Luis Guerin y el bloguero, el autor de Tren de sombras (1997) confesaba: “Siento un abismo entre quienes descubrimos el cine en las salas y quienes lo hicieron en la universidad”. Más claro, ni el agua de un riachuelo.

Ahora bien, 1920 es también el año de producción de El gabinete del Dr. Caligari, que vendría a ser la otra cara de Just Pals: la obra que explora nuevos territorios plásticos, arquitectónicos y psicológicos. Digamos la vanguardia. La grandeza del cine está en la perfecta y continuada, ininterrumpida armonía entre estos dos polos. En estos tiempos de mutabilidad constante en los que, como dice Miguel Peirotti, “redefinimos al cine prácticamente cada dos días”, hay estímulos duales que permanecen inalterables: el ayer centenario de Ford/Wiene hoy podemos verlo en Eastwood/Godard, por poner sólo un ejemplo.