“Blaxploitation”: un mundo aparte

En una escena de Yo soy Dolemite, el protagonista, Rudy Ray Moore (Eddie Murphy), va con sus amigos, todos negros, al cine, a ver Primera plana (1974). Mientras la platea, llena de blancos, se desternilla con sonoras carcajadas, ellos permanecen impasibles, perplejos. Y a la salida, frente a la imagen de Lemmon y Matthau en el póster, se preguntan cómo a la gente les puede gustar una película así, sin palabrotas, sin sexo, sin violencia y sin negros. Decididamente, la comedia de Hecht y MacArthur no forma parte de su mundo. Su mundo es otro, es una religión y tiene nombre que suena a latigazo: blaxploitation. Lo curioso del caso es que el tal Rudy Ray Moore formaría de inmediato parte de él como ídolo de masas negras. Moore ya había destacado como cómico feroz en clubes nocturnos y grabado sus elepés, pero quería más, alcanzar la fama como estrella de la blaxploitation. Su tenacidad inmensa, que no cabría en veinte Harlems, dio sus frutos: rodó, sorteando mil y una dificultades, una película con sus amigotes (negros) y con jóvenes estudiantes de cine (blancos, entre ellos el fotógrafo Nicholas Josef von Sternberg, hijo del legendario cineasta), dirigida por el actor D’Urville Martin, que había comparecido en un breve cometido en La semilla del diablo (1968) y del que hace una brillante recreación un amaneradísimo Wesley Snipes. Contra todo pronóstico, la película, Dolemite (1975), una trillada serie Z de acción y artes marciales, obtuvo un clamoroso éxito entre la población afroamericana y Moore inició una meteórica carrera como black action hero.

Yo soy Dolemite está escrita por Scott Alexander y Larry Karaszewski, tándem de guionistas experto en biopics, que ya cincelaron figuras señeras para Tim Burton (Ed Wood y Margaret Keane) y Milos Forman (Larry Flynt y Andy Kaufman). La película, servicialmente filmada por Craig Brewer, circula por el hemisferio de Ed Wood (1994), pero también recuerda a la más reciente The Disaster Artist (2017), y aún podríamos extendernos a Cecil B. Demented (2000) o Bowfinger (1999), ya protagonizada por un Eddie Murphy que ahora nos devuelve su mejor y más eléctrica vena cómica. En todos estos casos se trata de reivindicar la pasión con que cineastas más bien ineptos, verídicos o ficticios, levantan y logran consumar sus proyectos. Es lógico estar a favor de quienes llevan en la sangre el ímpetu del cine. Surge entonces una ya más cuestionable tendencia a defender con uñas y dientes, bajo la etiqueta filme de culto, todo producto surgido de la torpeza. En los casos reales de Ed Wood, Tommy Wiseau y Rudy Ray Moore, sólo la obra del primero merece la atención: Glen or Glenda (1953), por ejemplo, es una película realmente interesante. Nada que ver con The Room (2003) o Dolemite, que son cine ínfimo. En Dolemite te puedes reír de los micros que se colaron en las tomas, por arriba o por abajo (incluso hay un momento en que se ve al técnico tumbado en el suelo cargando con el micro), pero de ahí a ensalzarla y rendirle culto hay un abismo. Hoy, con el ja-ja-ja a cuestas, todo vale, todo se celebra, todo es arte.