¿Importa o no importa el tamaño?

El 15 de febrero de 2019, en su crítica de Alita: Ángel de combate en las páginas de La Vanguardia, el bloguero definía la película como un “empacho de parafernalia tecnológica idónea, en cualquier caso, para quienes añoren las salas Imax y sostengan, con toda la razón del mundo, que todavía hay territorios que Netflix no puede conquistar”. No ha transcurrido un año y esta frase, cautamente sazonada con un adverbio preventivo, ya no tiene fundamento: el pasado 13 de diciembre, Netflix estrenó, el mismo día en todo el mundo sin pasar previamente por las salas de cine, la última película del megalómano Michael Bay, 6 en la sombra, que en cuanto a hipertrofia digital y masturbación ocular nada tiene que envidiarle a la obra de Cameron y Rodriguez.

Mutación es la palabra clave que esgrimen en los últimos tiempos los ensayistas. Un producto biológicamente dotado con el ADN de la pantalla más grande de las multisalas o la del barcelonés Phenomena accede directamente a la doméstica. Mutación: Godzilla convertido en Pulgarcito. Causa cierta desazón pensar en los esfuerzos aún recientes de muchos exhibidores equipando sus salas con los últimos avances en imagen (la tridimensional, por ejemplo) y sonido (Dolby Atmos) y ver cómo la plataforma de más potente rugido en la actualidad los desafía con estrenos que hasta la fecha sólo concebíamos en cine. No importa aquí que 6 en la sombra, en lo referente a trama (un decir), personajes (otro decir), chistes, situaciones y desarrollo sea una absoluta mediocridad; lo que cuenta es la aparatosidad de su empaque, que lleva hasta lo más alto el sello Bay ya desde los arrolladores primeros veinte minutos en las calles de Florencia, un pedazo de cine de acción que corta la respiración. Las casi dos horas restantes, con escasas y brevísimas pausas, mantendrán ese nivel de superespectáculo y lo superarán en no pocas secuencias abracadabrantes. El sheriff Brody lo tendría claro: “Vamos a necesitar una tele más grande”.

Noqueado por el puño de acero de Mr. Bay, emocionalmente desarticulado, el bloguero buscó refugio en el DVD de Hombres intrépidos (1940), degustó las eternas esencias de la melancolía en la purísima imagen de los hombres de mar contemplando, desde la cubierta del barco, cómo el puerto se aleja y se conmovió una vez más con las atenciones que el agonizante Ward Bond, en el lecho de muerte, recibe de Thomas Mitchell y John Wayne. Un DVD corriente, una pantalla corriente: las sagradas escrituras de John Ford habitan maravillosamente cualquier canal de difusión, ajenas a las corrientes mutantes.