Cuatro pasos por las nubes del confinamiento

Tres descubrimientos de diversa pelambrera y un inesperado reencuentro en el cielo de horas de ocio visual que nos conceden el enclaustramiento forzoso y el diluvio de ofertas de las plataformas.

1: Harlin. Cineastronauta finlandés, Renny Harlin conquistó la luna de Hollywood y fue absorbido por sus cráteres malévolos: de las superproducciones con resultados taquilleros mayúsculos a la serie B austera. ¿Qué ha sido de Harlin estos últimos años? Después de Hércules: El origen de la leyenda (2014), la última suya estrenada aquí, se convirtió en un cineasta chino: bajo pabellón chino (producción, equipo técnico, actores), en efecto, ha realizado tres películas en 2016 (ésta con Jackie Chan), 2018 y 2019. La última, Bodies of Rest, proyectada en el pasado Festival de Sitges, está disponible en Netflix. Es un thriller de suspense y situación única, de trama banal hasta la náusea pero en el que todavía se detecta la firma del director: un impecable dominio del espacio, el encuadre preciso, el montaje inteligible en las escenas de acción. El hecho de transcurrir íntegramente en un solo escenario (un depósito de cadáveres) hace pensar en los mejores momentos de Harlin: el aeropuerto de La jungla 2 (1990) o el laboratorio-acuario de Deep Blue Sea (1999). Pero donde antes había abundancia y efectos de primera magnitud, ahora hay escasez: una espectacular rotura de cristales parece ser el único gasto concedido a quien medio siglo atrás tenía las llaves del reino de los blockbusters.

2: Chris. Chris Hemsworth ya no necesita martillo: él es ahora el martillo, el actor-martillo completamente vaciado de alma y de psicología. Por su físico, su carrera podría discurrir por senderos (de calidad) paralelos a los de la de Brad Pitt, pero él se empeña en ser (o parecer) hercúleo como Schwarzenegger o The Rock. Es lo que se deduce de Tyler Rake, de Sam Hargrave, recién estrenada en Netflix, otra superproducción, como 6 en la sombra, de Michael Bay (de la que hablamos en este blog hace unos meses), que pide a gritos la pantalla grande. Son dos horas de acción inflamada, superficial y vistosa, no mal filmada (Hargrave supera aquí a Bay), con héroe súper ya que no superhéroe. Hay escenas de acción muy físicas, en el registro de un Paul Greengrass, pero la obra nunca emociona y el protagonista, estereotipo de virilidad mondo y lirondo, carece de carisma, de matices, de distancia irónica, de todo lo que hace memorable a los grandes héroes del cine, de Indiana Jones a John Wick. No es problema de Chris, sino del planteamiento y el guion (los hermanos Russo, precisamente); el actor puede dar más de sí: su malote de Malos tiempos en El Royale (2018) no estaba nada mal, y le beneficiaría explotar más a menudo su vis cómica, que tan bien lucía en Cazafantasmas (2016).

3: Chabrol. Gran regalo de Sundance TV: Bellamy (con el título de Inspector Bellamy), la última película de Claude Chabrol, realizada en 2009, un año antes de su fallecimiento, y nunca estrenada en nuestros cines comerciales, aunque sí pudo verse en filmotecas y en un anterior pase televisivo en 2012. Es, claro está, una obra de plena madurez, un thriller cocinado al vapor de pulcra caligrafía, pausado discurrir y majestuosos cortes entre escena y escena. Más simenoniano que nunca, Chabrol parece desentenderse de la intriga y concentrar toda la atención observando la conducta de los personajes, en particular la del protagonista, un grandioso Gérard Depardieu, y sus rituales gastronómicos de rigor, aquí abundantes: cenas familiares o entre amigos, ahora una pintada con col, ahora unas ostras al horno, vinos selectos siempre… La naturalidad con que Depardieu, en su modesta cocina, parte una tableta de chocolate y la reparte entre los presentes es un prodigio de sutilidad, de sensibilidad fílmica. Bellamy está dedicada a les deux Georges: Simenon y Brassens, desde cuya tumba arranca la película.

4: La factoría Corman. Con la defunción de los videoclubs desaparecieron también aquellas entrañables estanterías de productos o subproductos de serie B o preferentemente Z. Hoy el canal Dark suple en gran medida esta ausencia con material idóneo para la cinefilia de guerrilla: slashers de los años setenta u ochenta, algún giallo, artículos preciados de la Empire Pictures o la Troma y también obras más recientes de Nakata o Shimizu o de la nueva ola del cine fantástico francés. El otro día emitieron Forbidden World (con el título de Galaxia prohibida), que no llegó a estrenarse en nuestras salas y que el bloguero no había vuelto a ver desde su paso por el Festival de Sitges, en 1982, fecha de su producción, pronto hará de ello cuarenta años ya. Se trata de un descarado, simpatiquísimo exploit de Alien (1979) perpetrado por la New World de Roger Corman, dirigido (y montado) por Allan Holzman según un argumento de Jim Wynorski, discípulo conspicuo del sultán de la serie B. Es una obra muy próxima, en diseño y concepción, a otros deliciosos títulos de la misma factoría, como Los siete magníficos del espacio (1980) o La galaxia del terror (1981), de los que aprovecha imágenes y decorados; la pobreza de medios, como siempre en chez Corman (y como antes en chez Lewton), se compensa con el ingenio: algunas paredes de los pasillos o el laboratorio de la nave espacial están construidas con cajas de cartón, de las que se usan para meter hamburguesas o una docena de huevos. Y también con los frecuentes desnudos femeninos, que salen gratis: ahí está en todo su esplendor Dawn Dunlap, la lolita descubierta por David Hamilton en Laura, las sombras del verano (1979), de efímera carrera. Ver hoy un artefacto como Forbidden World produce un extraño efecto, mezcla de exaltación y nostalgia: aunque ésta no se estrenó, su sustancia evoca un tiempo en que algunos cines de estreno (en Barcelona, el Capitol o el Petit Pelayo) todavía exhibían programas dobles con productos de segunda, aunque ya comenzaban a oler a fiambres, y que nos es muy emotivo: una emoción que no murió con las sesiones dobles, que permanece todavía en la memoria viva de espectador agradecido.