Romero más allá del universo zombi

El fallecimiento de George A. Romero ha motivado numerosas necrológicas en las que, obviamente, se ha señalado su figura histórica en tanto que “padre de los zombis”, una faceta que nadie puede discutir: todo, absolutamente todo lo que viene después de la fundacional, fundamental La noche de los muertos vivientes (1968), hasta The Walking Dead o Fear the Walking Dead, se lo debemos a él. Sin embargo, aunque de esa gran teta nutricia ha vivido toda su vida, Romero era un cineasta bastante más complejo y profundo de lo que parece, de talante muy personal y vida inteligente más allá de sus pútridos renacidos. Sus inicios delatan un temperamento más próximo a John Cassavetes o Andy Warhol que a otros realizadores de su generación que, como él, apostaron por el género del terror: David Cronenberg, Larry Cohen, Tobe Hooper… El suyo era un cine independiente radical y autogestionado: en sus primeros títulos ejercía labores de director, guionista, montador, fotógrafo y, ocasionalmente, actor. Su espíritu, por otra parte, se inscribía al ciento por ciento en la contracultura americana de los años sesenta y setenta. Un cineasta beatnik en toda regla, comprometido, más bien pesimista en sus discursos, además de ecologista, feminista y antirracista: “Todas mis películas son políticas”, afirmaba.

Consustancial a la época, sopla un poderoso viento hippy en Hungry Wives (1972), una película sobre brujería de factura amateur, rodada con una libertad pasmosa se diría que bajo los efectos de un ácido y con canción del emblemático Donovan incorporada, Season of the Witch, precisamente el título con que fue rebautizada en 1982, cuando se repuso con un nuevo montaje; la larga escena en que la protagonista fuma hierba junto a una amiga y un joven porrero es donde más se acentúa el vínculo cassavetiano. Más hippy todavía, pero formalmente mucho más acabada, es la insólita Knightriders (1981), una recreación de Camelot en la actualidad, donde unos caballeros hacen torneos montados en motos, algo así como una comuna pacífica y pacifista con sueños utópicos comandada por un romántico rey Arturo con las facciones de Ed Harris. The Crazies (1973), otra experiencia de la primera etapa romeriana, cercana en concepto a su ópera prima (un virus se expande convirtiendo a los infectados en asesinos dementes), fustiga al ejército el mismo año en que las tropas se retiran de Vietnam. Martin (1977) es probablemente la obra de aquella década más apreciada por sus incondicionales, una verdadera cult movie y una singular aproximación al tema del vampirismo desde una óptica realista, amén de una nada desdeñable reflexión sobre la soledad en la sociedad moderna. La escena inicial en el compartimento del tren permanece memorable. La joya ignorada del período es sin duda There’s Always Vanilla (1971), su segundo largometraje, que denota un notorio gusto por la semiimprovisación, por el estilo de reportaje y el cine en directo, con mucho rock y psicodelia, un montaje ultradinámico, imágenes rugosas y gran sentido de la observación de conductas; nunca tan cerca de Cassavetes como aquí. Tal vez, quién sabe, de haber tenido There’s Always Vanilla el mismo éxito que alcanzó La noche de los muertos vivientes, la carrera de Romero habría corrido por senderos muy distintos. Pero fue un fracaso rotundo mientras que el poder de arrastre de los zombis era faraónico. Y Romero se rindió a él, periódicamente, durante más de cuarenta años (1968-2009), con puntuales paréntesis en otras áreas de servicio; el mejor, ya consolidado plenamente como realizador solvente para la industria y el comercio, la muy seductora e inquietante fantasía simiesca Atracción diabólica (1988).

 

 

 

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