Carpaccio marca Hooper

Cada vez se impone más el menú cerrado, sin opción a una carta rica y variada. Buscar en la cartelera cinematográfica (el equivalente a) unos caracoles a la bourguignon o una humilde esqueixada como Dios manda es tarea ya imposible, de tirar la toalla antes de que el púgil se suba al ring. Priman los platos recalentados, léase secuelas o remakes. O los dichosos reboots, que son el kebab nuestro de cada día. En pocas semanas, pisándose los talones, han desfilado por nuestras pasarelas el reboot de Hellboy y el de los Men in Black, además de secuelas de reboots de los mutantes X-Men y el gigante Godzilla. Como esto no hay quien lo pare, ya tenemos reboot para el próximo viernes, Muñeco diabólico, que, dentro de su modestia, es quizás el título más atractivo (y sin duda el más divertido) de todos los citados. La saga iniciada en 1988 por Tom Holland, cuando este nombre todavía lo asociábamos a Noche de miedo (1985) y no a Peter Parker, y que tuvo su momento más inspirado cuando, diez años después, Ronny Yu firmara la descacharrante La novia de Chucky (1998), renace fresca y locuaz y pertinentemente actualizada, dando el paso de lo analógico (el juguete que podría formar parte del dream team de Woody y Buzz) a lo robótico (el Haley Joel Osment todo él inteligencia artificial), algo que añade un plus de inquietud distópica al ya de por sí inquietante catálogo de muñecos con alma satánica del cine, del memorable episodio dirigido por Alberto Cavalcanti en Al morir la noche (1945) a la espectral Magic (1978). El actual cine de terror sigue marcando distancia. Sin ensuciarse la ropa con la abusiva parafernalia tecno-digital de tantos y tantos blockbusters de usar y tirar, cala hondo en nuestras membranas echando mano del ingenio, lo alusivo y cierto refinamiento formal, y ahí están Nosotros o la enjundiosa y subestimada El hijo, estrenadas en fechas recientes, como botones de muestra. El Muñeco diabólico que ahora nos ofrece Lars Klevberg es un tan sencillo como gustoso slasher clásico muy consciente de las teclas que ha que pulsar sin renunciar a las fuentes. Su gran momento rinde jocoso homenaje a The Texas Chainsaw Massacre 2 (1986), de Tobe Hooper, con ese fino, delicado carpaccio de rostro humano gentilmente reciclado en regalo de cumpleaños con forma de pelota Nivea.

Quienes no estén por la labor y muy lícitamente prefieran otro tipo de cine, este viernes tendrán también a disposición una pequeña joya, la película catalana Els dies que vindran, el nuevo largometraje de Carlos Marques-Marcet. Nueve meses sabiamente contados en noventa minutos, del predictor a la cesárea. Riquísima en detalles, diálogos inteligentes pero nunca enfáticos, realización atenta a los rostros y a lo que delatan u ocultan… La escena en que los protagonistas reciben la noticia del aparatito de marras es extraordinaria: gracias a un montaje de económica precisión, pasamos de las risas descontroladas al silencio de un abrazo fuerte y revelador y de inmediato al llanto fruto de un muy humano desconcierto. Esa fluctuación de los estados de ánimo se reproducirá de manera muy natural a lo largo del embarazo, de la alegría (la búsqueda de un nombre para la niña) a las discusiones acaloradas (una simple copa de vino puede encender la mecha). ¿Comedia? ¿Drama? La vida es aquí el género.

 

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