Sitges: cine libre

Unos días en el festival de Sitges, la capital del cine fantástico, nos han permitido constatar, una vez más, la valentía de una programación que no se da en las carteleras habituales. Con puntuales excepciones (apunten una: Parásitos, la extraordinaria película de Bong Joon-ho que aterriza el viernes día 25), los estrenos comerciales, el pan nuestro de cada semana, están sujetos a una narrativa ultracodificada, a la tiranía del guion y la plantilla; a, en definitiva, lo que quiere de antemano consumir el público corriente, poco proclive a salirse del carril. En Sitges, en cambio, cabe todo, y abunda el cine hecho por sus artífices en plena libertad. Desde hace ya muchos años, los productos asiáticos presentes en la Blanca Subur son una fuente inagotable de cine libre: cineastas frecuentes del certamen como el hongkonés Johnnie To o los japoneses Takashi Miike, Sabu o Sion Sono nos regalan lecciones de cine placenteramente anarquizante. Por ejemplo, Dancing Mary, de Sabu, programada este año, un clásico relato de fantasmas hibridado con epopeya de yakuzas y espadas y comedia romántica que nunca sabes por dónde navegará pero que navega, y con timón firme, alternando color y blanco y negro y, como quien no quiere la cosa, calzando un comentario agudo, ácido, sobre la especulación inmobiliaria.

Pocos ejemplos habrá mejores de absoluta libertad creativa como los exploits italianos y las películas de Jesús Franco. Siges 2019 rindió homenaje al cine de explotación de ciencia ficción fabricado en el país de la bota entre 1977 y 1990, con publicación de un libro colectivo, y proyectó, en su sección Seven Chances, una perla inédita del director de Gritos en la noche (1962), cosecha de 1980, rescatada por el sagaz Álex Mendíbil y que lleva el ozoriano título de Vaya luna de miel. El bloguero, lástima, no pudo verla, pero el placer se adueña de él sólo imaginando una película “con sus robots de juguetería de saldo enviando enigmáticos mensajes, sus bandas de chinos que cambian de raza según imponderables del plan de rodaje, su frondosa selva sugerida a partir de localizaciones en parques públicos portugueses o alicantinos, su clímax de vodevil desaforado y su radical rotura de la cuarta pared en su plano final”, en palabras de Jordi Costa.

Otro Franco(tirador) irreductible, cliente conspicuo de Sitges y que siempre va a su bola, es Quentin Dupieux, de quien en esta edición se ha podido ver su última joya, pequeña (incluso en duración: 77 minutos) pero matona, Le daim. Su protagonista no humano, tomen nota, es una chaqueta de ante con flecos que habría hecho las delicias de Daniel Boone, a cuyo alrededor se teje una trama delirante pero expuesta con un tono de comedia costumbrista desarmante. Le daim llega al gore pasando por los más extraños apeaderos, como el continuo diálogo del protagonista humano, que se hace pasar por cineasta pero ignora lo que es el montaje, con la chaqueta de marras. Jean Dujardin está fenomenal y, a su lado, además de la chaqueta, la últimamente lanzadísima Adéle Haenel, que esta semana estrena la magnífica Retrato de una mujer en llamas, de Céline Sciamma. Dupieux sigue haciendo el cine que le sale des oeufs, sin rendir cuentas a nadie, pero ya tiene una legión de fans repartidos por el planeta. Como Franco (Jesús).