Los grandes comienzos

Cuatro manos, la película alemana de Oliver Kienle que se estrena el próximo viernes día 13, tiene uno de los arranques febriles más contundentes de los últimos lustros: el prólogo que pasa de la suavidad musical a la violencia más extrema en un santiamén, la tensión entre las dos hermanas en el auditorio, el accidente en el aparcamiento, el despertar en el hospital, el depósito de cadáveres… Unos quince minutos de fulgurantes impactos encadenados, servidos con una economía que Sam Fuller celebraría ojituerto. Lo que sigue es un thriller psicológico, o esquizofrénico, de clima inquietante y enfermizo, que ya no está a la altura del primer cuarto de hora sin ser, ni mucho menos, desdeñable: en manos del Brian De Palma de En nombre de Caín (1992) o Femme fatale (2002), otro gallo habría cantado.

Saber empezar una película es tan importante como saber terminarla. No: más importante, porque hay que meter al espectador en las imágenes lo antes posible, amarrarlo, clavarlo en la butaca como una chincheta. Fuller, qué duda cabe, era maestro en comienzos huracanados, de los que estrangulan la vejiga: Una luz en el hampa (1964), Calle sin retorno (1989)… Un comienzo magistral es el de Río Bravo (1959), de Howard Hawks, cuatro minutos casi sin diálogos en los que se plantea toda la trama, perfecta síntesis de lo que es cine puro. Steven Spielberg arranca prodigiosamente sus Indianas y, también sin palabras, E. T. (1982). Claro está que también hay arranques magníficos presididos por la calma. Alfred Hitchcock, que descorchó Vértigo (1958) con una escena à la Fuller, acostumbraba a no apresurarse: los amantes debatiendo en su habitación en Psicosis (1960), la larga escena de la pajarería de Los pájaros (1963); el control del ritmo en Hitchcock era tan perfecto que no había desajuste entre esos inicios relajados y el asesinato en la ducha o el ataque de las aves.

Otro admirable comienzo calmoso: Anatomía de un asesinato (1959), de Otto Preminger. James Stewart llega con su coche a casa después de una jornada de pesca, abre la doble puerta del porche y enciende la luz del recibidor, reparando en una nota con un teléfono; avanza hacia un pequeño cuarto, donde enciende la luz y deja sus trastos de pescar, antes de seguir hacia la cocina, encender la luz y poner las truchas en remojo; luego recoge la nota del recibidor, entra en la biblioteca, donde enciende una luz y luego, al llegar al despacho contiguo, otra luz, y allí hace la llamada telefónica, justo cuando llega su amigo Arthur O’Connell, a quien habíamos visto fugazmente emborrachándose en el bar, y empiezan a charlar. En total, Stewart ha encendido parsimoniosamente cinco lámparas. Preminger siempre supo cuál era la tarea del cine: encender luces. Iluminarnos. Hoy el público joven que llena los cines, impaciente, más proclive a la nitroglicerina que al chup-chup, no toleraría esas aperturas. Aunque hay una excepción, por molón y enrollado: Quentin Tarantino, a quien le gusta empezar sin mirar el reloj, con los personajes dándole profusamente al palique ya sea en un restaurante o en una granja entre vasos de leche de vaca recién ordeñada y rituales encendidos no de luces, sino de pipas.