“El fugitivo”, ahora según John Woo

¿Son hoy las buenas películas menos buenas que las buenas películas de ayer? Si así fuera, conjetura razonable, hay que convenir en que, a base de rutina y “qui dia passa, any empeny”, como decimos los catalanes, nos hemos acostumbrado a relativizar muchos aspectos de la creación artística, a rebajar niveles de exigencia antaño inquebrantables. Si aplaudimos Hereditary, al fin y al cabo una buena película, quizás es porque ya hemos desterrado de nuestro horizonte las producciones de Val Lewton. Si otra buena película, Dunkerque, acaso la mejor de su autor, nos emociona, ¿será porque hemos borrado de la memoria a Sam Fuller? Cuestión peliaguda ésta, que llevada al terreno de la gran comedia americana podría sembrar el caos en la comarca de San Criterio: “¿Dónde, en el trayecto comprendido entre Historias de Filadelfia y Vuelven los caraduras, se extravió la comedia americana?”, escribía José Luis Guarner en el ya lejano mes de mayo de 1981.

Felizmente, aún quedan unos pocos cineastas clásicos vivos y en ejercicio sometidos a unas varas de medir que desafían al paso del tiempo, que son siempre ellos y su imperturbable circunstancia fílmica. Habitan un purgatorio donde ayer, hoy y mañana, clasicismo y modernidad, tradición e innovación se funden en un todo cohesionado. Como Eastwood, Allen o Agnès Varda. O como John Woo. En cine, no hemos visto una película suya desde el primer trimestre de 2010 (Acantilado rojo), pero el maestro asiático ha seguido trabajando, ahora mismo está rodando otra película y ya anuncia un remake de su mítica The Killer (1989), al parecer abrazando él también, tan viril en la pantalla, la causa #Me Too: la oscarizada actriz Lupita Nyong’o como repuesto de Chow Yun-Fat. De consumarse, sería el retorno de Woo al cine estadounidense, del que lleva tres lustros alejado.

Pues bien, la última película acabada de Woo, Manhunt, corre desde hace semanas por Netflix. Si no están suscritos a la plataforma, busquen a un amigo que lo esté, convídense, lleven por cortesía bebidas y picoteo y gocen como bebés del nuevo sonajero de Woo. Aunque se inspira en una novela, parece una nueva versión cinematográfica, de ojos rasgados esta vez, de El fugitivo, tan apetitosa como la de Andrew Davis: un falso culpable y un policía tenaz que le pisa los talones al tiempo que empieza a intuir su inocencia. Desde el prólogo, una refriega en un restaurante perpetrada por dos chicas/ángeles de la muerte, las escenas de acción son constantes. Hay una secuencia extraordinaria, que empieza con un intento de atentado en otro restaurante y continúa con una frenética persecución por un canal, con motos de agua, que es puro John Woo. Hay un asedio a un bello rancho lleno de caballos, con coreográfica sinfonía de balas silbando y aromas de western. También hay, no podían faltar, palomas blancas alzando el vuelo en plena pelea entre perseguido y perseguidor. Y un emotivo homenaje al maestro gordinflón del cine: un picado que reproduce la muerte de Juanita de Córdoba en Topaz (1969). Nervio narrativo, pureza formal, carácter lúdico en el tratamiento de la violencia… las señas de identidad de Woo a pleno rendimiento. No alcanza la altura de Cara a cara (1997), cierto, pero es una película de hoy tan buena como las buenas películas de ayer.

 

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