San Sebastián, territorio azteca

Si Alfonso Cuarón rodó Roma (2018) en blanco y negro es porque debía creer que así sería más veraz la evocación de su infancia. Si ahora nosotros evocáramos el cine mexicano contemplado a la largo de nuestras vidas, las imágenes que sacudirían la memoria serían también blanquinegras. Las películas de Luis Buñuel, los melodramas y los cielos del Indio Fernández, los vampiros de Fernando Méndez, las fantasías desbocadas de Santo el Enmascarado de Plata, que también protagonizó aventuras en color, ya de menor encanto… y mucho, mucho folletín desaforado de esa edad de oro que fueron los años cuarenta y cincuenta, como la delirante Trotacalles (1951), de Matilde Landeta.

Roberto Gavaldón filmó en color en el tramo final de su carrera, y también antes: en 1956, por ejemplo, La escondida, un melodrama ambientado en plena revolución mexicana tan exaltado en las pasiones y la paleta cromática como Lo que el viento se llevó (1939) o Duelo al sol (1946). Pero el grueso de su producción y sus obras más notables son en blanco y negro y con el sello de fotógrafos del jaez de Alex Phillips y Gabriel Figueroa. El bloguero acaba de ver treinta y una películas de Gavaldón y hay que reconocer que valió la pena. El suyo fue un cine eminentemente popular, pero facturado con un pulso narrativo y una calidad en todos los apartados dignos del clasicismo hollywoodiense: Gavaldón fue al cine mexicano lo que un Michael Curtiz o un William Wyler eran por esas mismas fechas al cine americano. Su predilección, el melodrama, preferentemente triangular y todavía mejor si contiene intriga criminal: En la palma de tu mano (1951) es puro James M. Cain, puro cine negro. Y La otra (1946), cuya versión estadounidense, Su propia víctima, interpretaría Bette Davis en 1964. Las más famosas estrellas mexicanas (o argentinas o españolas que trabajaron en México) desfilaron ante su cámara y dejaron huella: María Félix, Arturo de Córdova, Dolores del Río, Domingo Soler, Pedro Armendáriz, Jorge Mistral, Mecha Ortiz, Libertad Lamarque, Miroslava, Pina Pellicer, Ignacio López Tarso… Grandes títulos, además de los tres citados: La barraca (1945), La diosa arrodillada (1947), La casa chica (1950), Mi vida por la tuya (1951), La noche avanza (1952), Acuérdate de vivir (1953), El niño y la niebla (1953), Rosa blanca (1961) y, por supuesto, el más conocido internacionalmente, Macario (1960), que obtuvo una nominación al Oscar a la mejor película extranjera.

Con estas películas y otras igualmente relevantes era imposible aburrirse: situaciones imprevistas cada diez minutos, sorpresas, giros de guion en el momento preciso, y si había que matar a un niño, Gavaldón no se andaba con chiquitas y lo mataba. Una buena muestra de su obra se podrá ver, desde hoy mismo, en el Festival de cine de San Sebastián, que le dedica, con la colaboración de Filmoteca Española, retrospectiva y libro. Apostar por un cineasta poco o nada conocido, como ya hicieran el pasado año con Muriel Box, es quizás correr un riesgo, pero también un acto de valentía y un deber cultural. Lo aplaudimos hasta despellejarnos las manos.