Las películas detective privado

Vemos dos o tres películas diariamente, cuatro o cinco los días más descocados, pero las que realmente prenden, las que de verdad cuentan, son aquellas (escasas) que no fallecen al término de la proyección: te acompañan a la boca del metro y en el vagón, suben a casa, cenan contigo, las sueñas de noche, a la mañana siguiente están todavía a tu lado en la ducha, compartiendo el café con leche, etc. Son como detectives privados pegados a tu cogote días, semanas, meses, toda la vida las más excelsas, las enchufadas. El bloguero constata que, este año, las principales películas nominadas a los Oscar tienen esa virtud de estar en ti constantemente; tal vez Dunkerque empieza a difuminársele un poco, aun considerando que tal vez es lo mejor que Nolan ha hecho desde Memento (2000). Ahora mismo son tres, vistas recientemente, las que le tienen los sesos absorbidos. Tres peliculones de campeonato. En El hilo invisible no hay una sola imagen que no sea un latigazo. Más allá de la historia, ambigua, sinuosa, potentísima, que ojalá hubiera pillado Hitchcock en los días de Atormentada (1949), lo que prima en la obra maestra de Paul Thomas Anderson es el placer puro de la mirada. El triunfo del estilo: elegante, señorial, moderadamente solemne. Como en la Julieta (2016) de Almodóvar, un velo onírico muy fino cubre la textura de sus imágenes, pero prevalece un estricto realismo en cada gesto, que el cineasta captura con el perfeccionismo enfermizo de un Chaplin o un Kubrick. Al principio, el prodigioso Daniel Day-Lewis se afeita y se viste; hay un plano, extraordinario en su sencillez, en el que se pone un largo calcetín, que dobla justo debajo de la rodilla con una exactitud y finura asombrosas. ¿Cuántas tomas requirió ese plano? Como el protagonista, Anderson es un maníaco que aspira al traje perfecto, sin una sola arruga.

Las otras dos son The Florida Project y La forma del agua. De la película de Sean Baker permanece su sobresaliente descripción de un ambiente muy singular por el que pululan adultos y niños desterrados del gran sueño americano; un ambiente pintado con los colores vivos de la comedia americana de los años sesenta: al fondo, a lo lejos, se atisba un paraíso celestial, inaccesible para los protagonistas, donde probablemente se está haciendo la permanente Doris Day. La fauna infantil es cautivadora, emotiva hasta el encogimiento de estómago, pero entre los adultos está un inconmensurable Willem Dafoe, pletórico de humanidad en la piel de ese hombre para todo de entereza estoica algo parecido, aunque sin sotana, al padre Flanagan/Spencer Tracy lidiando con nobleza y ecuanimidad con su ciudad de los muchachos. De la fantasía de Guillermo del Toro retenemos su fascinante atmósfera verdosa, correlato visual de esas aguas estancadas del pantano donde, en nuestra imaginación, debía vivir la criatura apresada y ahora enamorada en la más desafiante love story del cine. La poesía de La forma del agua expande sus versos más allá del relato fantástico: es, sí, homenaje rendido a Jack Arnold y a la ciencia-ficción de laboratorio, pero también un admirable melodrama romántico y un thriller canónico de guerra fría en caliente, sazonado por si fuera poco con guiños al cine musical y citas a Betty Grable, Mr. Bojangles & Shirley Temple o Alice Faye, un éxtasis que estalla en una osada escena muy Astaire & Rogers o, si quieren, muy La rosa púrpura de El Cairo (1985) y muy Pennies from Heaven (1981).  Este amor torrencial al cine se contagia a la propia criatura protagonista cuando contempla, en una vieja sala de cine vacía, un fragmento de La historia de Ruth (1960), poderosísima imagen de la atracción inmanente que genera una sábana blanca iluminada por la magia del celuloide.

 

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