Vuelta al cole

La mochila preparada, que, en un periquete (el periquito viene luego), con los donuts dentro, volvemos al cole. Cerramos capítulo vacacional con un inquietante desasosiego en el cuerpo y la mente como nunca antes habíamos sentido. Que, en lo cinematográfico, julio y agosto hayan arrojado un panorama desolador, de bajísimo nivel en su conjunto, es lo de menos. Lo grave se sitúa en lo social. Por un lado, el ruedo político exhala un hedor a podredumbre cada día más insoportable. Y, por otro, doloroso a más no poder, están las pérdidas: se me han muerto Jerry Lewis, un referente vital, y, todavía peor, un puñado de gente maravillosa a la que no conocía pero quiero ahora amar, arrollada por la furgoneta alquilada por el eje del mal. Eso ocurría en las Ramblas, mis Ramblas, el aciago 17 de agosto. Confieso que ya hace años, bastantes por no decir muchos, que paseo muy poco por las Ramblas, pero décadas atrás era un pertinaz flâneur de esa arteria sin par. Pluralizo la Rambla porque, ahora mismo, mi cabeza viaja al pasado, entre los años sesenta y los setenta, cuando la tenía perfectamente dividida; de la Plaça de Catalunya hacia el mar, primera escala en los quioscos y la Font de Canaletes, y de inmediato la rambla dels ocells, esas ya desaparecidas paradas donde me entretenía horas contemplando las jaulas de mi animal favorito, el periquito, y disculpen la rima. Seguimos y cruzamos las floristerías y gozamos del aroma. Mejor los aromas, porque, conforme avanzamos, flores aparte, pasamos del dulce perfume de los barquillos (más buenos los de miel que los de cabello de ángel) de la subterránea Avenida de la Luz que nos hemos comido al salado olor de los altramuces que nos zamparemos al llegar a las Golondrinas, cuando todavía circulaban allí mismo trenes de mercancías de vapor. ¡Tiempos! Días de muchos y ricos altramuces (ya no los encuentras de aquella contundencia) y, como diría Woody, días de radio: Matilde, Perico y Periquín, En busca del culpable o Taxi Key al llegar a casa después de ramblear la entera tarde.

Pocos deben quedar hoy que recuerden haber visto a la Monyos, símbolo capital de las Ramblas; yo sí pillé, en cambio, al sheriff de las Ramblas, un cordobés emigrado a Barcelona a principios de la década de los sesenta, amante del cine de vaqueros, que se paseaba disfrazado y con una pistola de juguete disparando a los transeúntes. Pintoresquismo a tutiplén. Hoy estaría triste el sheriff, ya que no queda ningún cine, ni uno, en las Ramblas. En aquella época había un puñado, idiosincrático a más no poder cada uno de ellos. Al principio, frente a Canaletes, justo donde la desalmada bestia terrorista inició su rally de sangre y muerte, a la izquierda bajando hacia Colón, un templo inigualado, el Capitol (hoy teatro: Club Capitol), popularmente Can Pistoles, que en mi adolescencia era cine de estreno de programa doble, cine popular sin coartadas (tarzanes a granel, agentes secretos en clave exploit…) que fomentaba el hedonismo sin ser desconsiderado con el pensamiento. Andando unos metros, en la misma acera, otra sala sagrada, el Atlántico, especializado en Disney y cine infantil, donde vi por vez primera un corto de Popeye. Y en la parte baja de las Ramblas, en la acera contraria, nada menos que cuatro cines consecutivos, cuatro: el Ramblas, el Mar, el Latino y el Principal Palacio. Parada obligatoria en cada uno de ellos para mirar los cuadros de las películas que echaban y los de la próxima semana y babear un ratito. De los cuatro, el Mar, sito en unos sótanos y que, cosa insólita, hacía cada día sesiones matinales, era el más especial. En su imprescindible Els cinemes de Barcelona, Joan Munsó Cabús lo describe como “singular”, como “único”, y nos remite a un estudio realizado en 1988 por Laura Spot, Francesc Ferrer y Miguel Ángel Sánchez en el que se indica que “el tipo de público que frecuenta el Mar es de clase baja, de escasos recursos económicos. Normalmente acuden hombres solos. Hay un cierto porcentaje de extranjeros, sobre todo en verano, que casi siempre entran en el cine por equivocación. Suelen salir muy pronto de la sala, ya que lo que allí se ve, a veces, no es muy agradable”. Y ahora sigue Munsó Cabús (y traduzco del catalán): “Argelinos, marroquís, negros, algún chino, prostitutas, travestis y drogadictos figuraban entre los espectadores que solían frecuentar el local. También lo hacía la ordinary people del barrio, pero en una proporción pequeña. Curiosamente, el 74% del público que acudía al Mar, según el estudio mencionado, lo hacía de una manera habitual. Eran clientes de toda la vida. De este público, el 59% asistía una vez a la semana, el 28% dos o tres veces y el 13% restante cuatro veces o más”. El Mar, que, ojo, aguantó hasta junio de 1992, pocas semanas antes de que dieran comienzo las Olimpíadas, concentraba en sí mismo todas las esencias de la Barcelona canalla y barriochinesca más auténtica y que tan bien retrató André Pieyre de Mandiargues en Al margen. Tampoco hay que olvidar el Poliorama, en la parte alta de las Ramblas, que ha sido más teatro que cine pero que también lo fue y donde recuerdo haber visto y admirado, el mismo día del estreno, Apocalypse Now (1979). Casi cuarenta años después, las cornetas del Apocalipsis se han hecho oír cobarde, miserablemente en este incomparable punto neurálgico de la ciudad y hasta del planeta Tierra. A ver qué nos cuentan ahora de todo esto el profe y la seño.

 

 

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