La Enterprise de Godard

Uno de los principales síntomas de la enfermedad de la cinefilia lo constituye el hecho de ver en el paciente afectado o infectado una frecuente, irreprimible tendencia a establecer vínculos y relaciones y puentes entre una película y otra u otras en apariencia muy distante o distantes; alucinaciones o espejismos de una rotunda subjetividad. Jean-Louis Comolli, reflexionando en un texto sobre su propia película Naissance d’un hôpital (1991), documental que seguía escrupulosamente el proceso de creación de un hospital, llegó a comparar la soledad profunda del arquitecto encargado de la tarea con la del cowboy en los westerns: durante el rodaje, “todo el tiempo estuve pensando en Randolph Scott”, afirmó Comolli. ¿Alguien más viendo Naissance d’un hôpital vio a Randolph Scott?

¿Alguien ha visto Star Trek en Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine (1986)? Tenemos al capitán Kirk (Jean-Pierre Mocky: el productor), a Mr. Spock (Jean-Pierre Léaud: el director airado), a Uhura (la secretaria puntillosa) y al doctor McCoy (el contable que cura las heridas económicas). Un grupo defensor del orden benemérito y pacífico de un universo estrellado llamado cine, amenazado como una ballena bondadosa por un ente klingon llamado televisión. Los motores fallan una y otra vez, pero la tripulación permanece sistemáticamente erguida, profesando fe y amor ciego a sus astros celestes: Dita Parlo, Tati, Stiller, Jerry Lewis, Renoir… En términos de serialidad, hay incluso conexiones, como si de episodios se tratara, con otros trabajos de Godard realizados aquella misma década e igualmente centrados en las interioridades y mecanismos de producción de imágenes, como Pasión (1982), Scénario du film Passion (1982) o Soft and Hard (1985). Uno de los cuadros de Tintoretto que obsesionan a Léaud y le suscitan enigmas numéricos, el consagrado a Baco y Ariadna, ya aparecía en Scénario du film Passion: para Godard, ese lienzo era el guión de Pasión antes del guión, la página en blanco antes de la primera palabra, la revelación de una historia de amor posible. Desde el puente de mandos de esta godardiana nave Enterprise, el cineasta lanza, escupe en todas estas películas pensamientos incendiarios sobre el arte y la vida, el trabajo y las emociones. Grandeza y decadencia, restaurada y rescatada para goce de la feligresía, ya pudo verse en su momento en el lugar más insospechado: una madrugada, después de un combate de boxeo, en la recién nacida Antena 3 (sí: ¡Antena 3!), con un doblaje de juzgado de guardia. Ahora nos ha llegado en sus condiciones óptimas y, claro está, es una joya ineludible, profunda, irónica, juguetona (Léaud se apellida Bazin, Mocky se llama Jean Almereyda, como Vigo), torrencial, cálida, humana (las monedas para los niños), solidaria, generosa, dialéctica, sincera, urgente…

Acabemos con una nota de justicia poética: ¿cuál era el nombre de pila del capitán Picard de la nueva generación de Star Trek? Sí, exacto: Jean-Luc.

 

 

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