“Chef” Nichols

Gracias al ciclo que estos días le ha dedicado TCM, el cinéfilo atento ha podido completar la filmografía de Jeff Nichols viendo su primer largometraje, Shotgun Stories (2007), inédito en nuestros cines, y su reciente (y único) cortometraje, Long Way Back Home (2018). En Shotgun Stories está ya la espina dorsal de su personalísimo universo, su talento para la descripción de los ambientes y la temperatura moral que los envuelve, su registro congenial: seres primarios recortados sobre geografías americanas desoladas y deprimidas y un tiempo que dejó de marcar la hora hace por lo menos un siglo. La misión que Nichols se autoimpone es la de localizar en el corazón de sus miserables criaturas puntuales latidos de bondad. Los protagonistas son tres hermanos, tres desheredados, tres desterrados del sueño americano enfrentados a muerte con sus hermanastros. Uno vive en una minúscula tienda de campaña; otro, en su propia furgoneta, que huele a jaula de tigre. El relato nos trae el recuerdo de la mejor literatura americana sureña, la de Erskine Caldwell por ejemplo, de la misma manera que por las imágenes de Mud (2012) sobrevuela el espectro de Mark Twain: niños asilvestrados corriendo aventuras, un río tan físico y real como simbólico, un pirata, pecios… La mitología del Sur, contemplada con un romanticismo triste, es el principal centro de operaciones de Nichols.

Interpretada por el excelente Michael Shannon, actor presente en todas las películas de Nichols, Long Way Back Home cuenta, en menos de ocho minutos y siguiendo la letra de una canción, otra historia de tres hermanos en un paraje rural que se parece mucho al de Shotgun Stories. Te deja un tanto perplejo: ¿el tráiler de un largometraje, un videoclip indie o un experimento formal? TCM ha complementado el ciclo con una entretenida, enriquecedora charla de media hora entre Nichols y Martin Scorsese en la que hablan de sus películas, de sus estilos e influencias, de Shannon y Robert De Niro, de Joe Pesci y Matthew McConaughey, etc. Nichols  le anuncia al autor de Malas calles (1973) que su próxima película será otra historia familiar en Arkansas, una superproducción para la Fox, y que ya tiene el guion a punto de caramelo.

El tono dominante en el cine de Jeff Nichols es la cautela: tomar cierta distancia con el drama para evitar la complicidad emocional. Nichols está a favor de su fauna de marginados, la ama, pero huye de la condescendencia y es casi tan rácano como Fagin repartiendo sentimientos. Eso es un acierto rotundo en Loving (2016), paradójicamente su película más emotiva. Si la comparamos con la recién estrenada El blues de Beale Street (en ambas, casos de racismo verídico brutal e injusticia intolerable), sale ganando: Barry Jenkins se aproxima demasiado a las emociones, Nichols mantiene un equilibrio modélico entre el calor del intimismo y la observación fría e inalienable, suma de contrarios que sorprendentemente acaba arrojando un cálido humanismo. En suma, un gran cineasta, a juicio del bloguero superior a otros de la misma hornada también ensalzados por la crítica y mimados por los festivales, como Nicolas Winding Refn o Denis Villeneuve.

 

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