El rey de la comedia: últimos suspiros

Con motivo del ciclo que, hace ya casi un cuarto de siglo, la Filmo de Barcelona dedicó a Joseph H. Lewis, al que acabaron asistiendo cuatro gatos y una rata (de cinemateca, claro), Marcos Ordóñez escribía: “Hoy he visto a la gente caminando tranquilamente por la calle y me he dicho lo mismo que se dijo Scorsese cuando, a los diez años, su padre le anunció que irían a ver Balas vengadoras de Fuller: ‘¿Qué le pasa a toda esa gente, caminando tan tranquila? ¿Acaso no saben que hoy ponen Balas vengadoras?’”. Sí, la vida urbana giraba como cualquier otro día anodino y nadie atendía a la llamada de My Name Is Julia Ross (1945), Terror in a Texas Town (1958) y otras perlas lewisianas. El apellido me lleva a otro Lewis ilustre, Jerry, y coincido, siempre lo he pensado yo también, con Scorsese y Ordóñez. Constato que amigos, allegados y saludados se pasan un año, otro, otro y otro sin ver jamás una película de (o con, o de y con) Jerry Lewis, aunque, no lo duden, están al día en Dany Boon y Christian Clavier. Y caminan tan tranquilos por la calle. Creo que llevan una dieta errónea; que el producto ecológico que alimenta la mente y enriquece las arterias emocionales es Lewis, y Clavier y Boon, meros ganchitos  en día de playa. Hablamos de alguien con hechura de gigante y no de un cualquiera: Lewis y Tati son los dos únicos cómicos del sonoro que pueden tutearse con los titanes del cine cómico silente. Poca broma. Este mes, la revista Dirigido por dedica su portada (con un par) y un estudio de veintiocho páginas a Jerry Lewis bajo la coordinación de Quim Casas, que se adjudica un atinado análisis de la puesta en escena del cineasta. Un homenaje pertinente, necesario.

Lewis nos dejó el pasado agosto, a los 91 años. El autor murió en 1983, al dirigir su último largometraje, El loco mundo de Jerry, inspiradísima (y soterradamente desesperanzada) comedia que ya no conectó con el público, pero el actor siguió trabajando con regularidad en cine, televisión y salas de fiesta hasta el pasado año, con valiosas prestaciones en obras de Susan Seidelman, Peter Chelsom o Emir Kusturica. Sus últimas tres apariciones son piezas raras de coleccionista que permanecen inéditas en nuestras salas cinematográficas. Una tiene enorme sentido, Max Rose (2013), en tanto que él es el protagonista absoluto; incluso la presentó, fuera de concurso, en el festival de Cannes mostrando un estado de ánimo envidiable a su edad. Es, poco menos o poco más, un telefilme de sobremesa, pero la composición (dramática) de Lewis, en el rol de un ex pianista recién enviudado, es óptima y hasta se reserva un recuerdo del pasado cuando a través de su personalísima mímica improvisa temas musicales con instrumentos invisibles. Extraña es su presencia en la comedia brasileña, también de 2013, Até que a sorte nos separe 2. Además de un saludo final en las tomas falsas, tiene intervenciones muy cortas. En la primera, dado su uniforme rojo, lo tomamos por un viejo botones de un hotel que, en vez de recibir propina, entrega un fajo de billetes al protagonista; más tarde descubrimos que, en realidad, es un multimillonario y, de inmediato, el susodicho protagonista y un empleado del hotel hacen un guiño al espectador connaisseur reproduciendo unos gestos de… El botones (1960). Lo dicho: una rareza. The Trust (2016), un thriller discreto interpretado por Nicolas Cage y Elijah Wood, que estos días circula por Movistar con el título de Policías corruptos, supone la despedida de Lewis de la pantalla. Aparece en un par de escenas brevísimas dando vida al padre de Cage, apenas una frase en cada una de ellas, sin relieve ni sustancia; a todas luces, un personaje innecesario. Un triste, inmerecido adiós a quien fue nada menos que monarca de la mejor comedia americana.

 

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