Luke, Leia, Han, Obi-Wan, Rey, Kylo Ren… y, ahora, “La Mandarina”

Sucinto repaso histórico. Finales de 1977 fue para la generación cinéfila del bloguero una fecha memorable: el estreno de La guerra de las galaxias nos produjo un impacto emocional comparable al que unos pocos años antes nos obsequiaran El padrino (1972) o Tiburón (1975). Estaba claro que algo pasaba en Hollywood, que gente como Coppola, Spielberg o Lucas actuaban como un tren de lavado benefactor que dejaba los vehículos que por él pasaban con un aspecto luminoso inédito sin afectar al motor, que narrativamente seguía funcionando con la energía incomparable del mejor clasicismo. Lo entonces inimaginable era la onda expansiva que, concretamente esa aventura galáctica, emitiría a lo largo de las siguientes décadas. Para empezar, dos secuelas inmediatas, El Imperio contraataca (1980) y El retorno del Jedi (1983), que elevarían la fiebre adictiva y forjarían una mitología. La saga durmió largamente hasta que, frisando el cambio de siglo, despertó con la años ha anunciada nueva trilogía, compuesta por los episodios I (1999), II (2002) y III (2005), todos dirigidos por George Lucas, que no se había puesto tras la cámara desde el título fundacional; además, el cineasta tuvo la gentileza de regalar a los amantes de la Hammer un bello gesto poético: si descorchó la saga con Peter Cushing, finalizó su etapa con Christopher Lee. Su etapa, sí, porque, tras un sueñecito más breve, Lucas cedió el mando de la nave a J. J. Abrams, en quien depositó la confianza de concluir la tercera trilogía, los episodios VII (2015), VIII (2017), éste realizado por Rian Johnson, y IX (2019). En el interín, dos apreciables obras al margen, Rogue One: Una historia de Star Wars (2016) y Han Solo: Una historia de Star Wars (2018). Y, antes del interín, un chorro inclemente de series de televisión, microseries, videojuegos, cómics y spins off de ewoks y demás. Sería interesante estudiar a fondo el papel que la crítica de cine ha ejercido en este cosmos expansivo en cada una de sus etapas, del desprecio bastante generalizado con que fue recibido al principio por los cráneos privilegiados a los elogios ditirámbicos del ultramoderno adorador de todo lo que tocan las pezuñas de Abrams, pasando por el funambulismo de quienes prefieren (como si esto fuera la carta de un restaurante: o carne o pescado) el alternativo modelo B de Dark Star (1974), que, en su GPS mental, vendría a ser como decir que Lucas es Truffaut y Carpenter, Godard.

Pues bien, la situación de la franquicia ahora mismo, en 2020, antes que remitir amenaza con un subidón imparable. Aprovechando el estreno de su propia plataforma, Disney ha apostado fuerte, muy fuerte por la iglesia galáctica, que dará de comer a sus feligreses, pantagruélicamente, durante los próximos lustros: una epopeya centrada en el personaje que Diego Luna interpretaba en Rogue One, otra sobre Obi-Wan Kenobi con el concurso del mismo Ewan McGregor, la séptima temporada de The Clone Wars, etc. Por su parte, Rian Johnson anuncia una nueva trilogía, sin determinar fecha. De momento, le dernier cri, que ya cuenta con una segunda temporada para finales de año, es la serie The Mandalorian (si se les resiste el título, llámenla La Mandarina, que no pasa nada), creada por el polifacético (y simpático Happy de Los Vengadores) Jon Favreau. Es una serie lujosa, atractiva, aunque también mimética y derivativa, pues reproduce hasta el mínimo detalle la iconografía, la utilería, el paisaje, la fauna, las naves, la taberna multirracial, etc., de La guerra de las galaxias original, poniendo todo el acento en su vertiente western: su héroe es un cazarrecompensas clásico, con reminiscencias de Han Solo, si bien tan metálicamente trajeado como Iron Man o Robocop, y hay en el primer episodio una refriega en un pueblucho soleado que se diría filmada por Peckinpah. En cualquier caso, nada que no estuviera ya en la obra maestra de 1977, una conquista gigantesca en los territorios de la ficción, la épica y la fantasía que ningún episodio posterior ha superado.

Y es por eso precisamente, por el carácter inigualado de lo que Lucas legó al arte cinematográfico en 1977, que quienes amamos con pasión ciega la saga desde sus orígenes comenzamos a sentir ya una cierta fatiga, un hasta aquí hemos llegado. La saga tiene muchas, muchísimas horas por delante, y no se descarta que sean visualmente fértiles, como La Mandarina, pero la apetencia ha menguado ostensiblemente, ya no nos sentimos miembros incondicionales de la secta; más bien apóstatas equidistantes. Cosas de la edad quizás, y que afecta a otras muchas franquicias interminables, casi todas, con puntuales excepciones (la de Ethan Hunt, inoxidable de momento). Hay que reorientar la dieta. Estos días de confinamiento obligatorio en el hogar son ideales para descontaminarse con menús variados. Anteayer el bloguero se montó un exquisito programa doble con Grass (2018), una miniatura tan triste como deliciosa en la que los personajes se pasan la hora entera de metraje charlando y bebiendo (viendo las maravillosas películas de Hong Sang-soo se entiende la eficacia de los surcoreanos combatiendo el coronavirus: necesitan los bares abiertos), y Little Fugitive (1953), de Ray Ashley, Morris Engel y Ruth Orkin, excepcional muestra de neorrealismo americano, de poesía y de observación social y la película que mejor ha descrito el universo festivo y humano de Coney Island, seguida muy de cerca por Lonesome (1928), de Paul Fejos, y Wonder Wheel (2017), de Woody Allen.