Momentos Spielberg

Llevamos pocos días de 2018 y ya tenemos una firme candidata a la Gran Escena Ridícula/Ruborizante del año. Acaece hacia el final de El instante más oscuro, cuando Churchill abandona sin previo aviso el coche oficial, se interna entre el gentío londinense y baja al metro. Esta premisa, la del hombre o mujer con destino histórico ya redactado que siente la urgencia de diluirse en la vorágine de la ciudadanía corriente, nos es familiar en las figuras de princesas ficticias (Vacaciones en Roma, 1953), verídicas (Noche real, 2015) o en la del mismísimo Papa (Habemus Papam, 2011). Pero aquí la fuga reviste otra intención: en el vagón del metro, los viajeros reconocen a su Primer Ministro y lo adulan, y él se interesa por las personas comunes y anónimas, memoriza sus nombres, que luego recitará públicamente, y se siente fuerte y respaldado por el pueblo, que le aconseja plantar cara a Hitler.

Esta escena subterránea de vergüenza ajena al bloguero le pareció un momento Spielberg, huelga decir que uno de esos momentos espantosos que a veces, pocas a Dios gracias, se cuelan en sus películas, por extraordinarias que sean. Al principio de Lincoln (2012), en plena guerra civil, el protagonista también pegaba amistosamente la hebra con la tropa, de americano a americano. Igualmente en El puente de los espías (2015) se producían, también en un vagón de pasajeros, unos cruces de miradas de reconocimiento entre Tom Hanks y la gente humilde. Cuidadito sin embargo con estos melosos momentos Spielberg. Al crítico de cine y al cinéfilo con causa le pueden provocar, con razón fundamentada, urticaria, pero obedecen a un impulso muy arraigado en el cine popular estadounidense que tiene en cuenta la reacción del público llano, que en esas puntuales secuencias de raíz catártica pasa de inmediato de la butaca de la sala a los asientos del vagón o a las trincheras del conflicto bélico para sentirse participante del grupo humano en cuestión, solidarizarse con él y, de paso, dar su aprobación al guionista desde dentro de la propia película. Es muy, pero que muy probable que muchos de los espectadores que vayan a ver El instante más oscuro recibirán esa escena, con nudo en la garganta encina, como la mejor de la película; de hecho, está ahí para exaltar las emociones más primarias. Joe Wright nos habrá irritado, pero no tiene un pelo de tonto. Como no lo tiene Spielberg ni lo tenía Frank Capra, cuyo talento a la hora de implicar al público en el tejido humano del argumento era infalible.

Felizmente, no hay momentos de esta índole en Los archivos del Pentágono. Una vez más, Spielberg muda de piel como un reptil sin perder fuelle ni coherencia. Si después de La guerra de los mundos (2005) estrenó Munich (2005), ahora repite una operación similar: a una fantasía prodigiosa, Mi amigo el gigante (2016), le sigue otro thriller político de trama verídica que, como Munich, remite al canon de los años setenta, no tanto a Frankenheimer o Friedkin como a Pakula, el Pakula obviamente de Todos los hombres del presidente (1976). Rigor estilístico, precisión narrativa y una formidable dirección de actores (supremas arias del divo Hanks y la diva Streep y un coro de voces de campeonato: el bloguero se queda con Jesse Plemons, Bob Odenkirk y Bradley Whitford) son las cartas de triunfo. Sí: casi no sales de despachos y redacción y los diálogos abruman. Pero todo es cine-cine inviolable, al fin y al cabo a lo que asistimos no es otra cosa que a la heroica lucha de un grupo de gladiadores contra leones en la sombra.

 

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