León, el rey de nuestra selva

Un ejemplo entre cien: la gracia salada, el deje coloquial, la expresión asombrada con que Paco León recibe del doctor Karra Elejalde la noticia del funcionamiento de sus espermas, repitiendo él mismo el diagnóstico médico (“pocos, vagos y anormales”) con resignado titubeo. En esa escena de Embarazados (2016) percibimos a un cómico de raza que hereda lo mejor de la gloriosa comedia española del pasado. La verdad es que no sabemos cómo andarán en realidad sus espermas, pero es seguro que por sus venas corre la sangre de Manuel Alexandre, Pepe Isbert, Manolo Morán, Tony Leblanc y otros egregios iconos. Cuando interpretó Embarazados, León era ya una celebridad, que se ganó a pulso currando incansable en un puñado de programas de televisión (memorables sus imitaciones de Raquel Revuelta comentando películas de la cartelera o clásicos del séptimo arte en Homo Zapping) y series, alcanzando la popularidad con el rol de Luisma en Aída (2005-2014), un tipo simpático modalidad tonto del barrio. Pero los horizontes de León eran anchos y no se limitó a la actuación, donde ha destacado también en papeles dramáticos como el de La peste este año, sino que decidió abordar igualmente la escritura de guiones, la producción y la dirección, con resultados espléndidos: ahí están el singularísimo díptico sobre su propia madre Carmina o Kiki, el amor se hace (2016). Tan todoterreno y tan polifacético como Santiago Segura, otro crack de pareja envergadura.

Ahora mismo, al tiempo que comparece en la serie mexicana La casa de las flores, Paco León estrena en Movistar Arde Madrid, miniserie de ocho cortos episodios de la que es director, productor, coguionista y actor principal y que se centra en la vida madrileña de Ava Gardner. Sí, como el extraordinario libro de Marcos Ordóñez, que ya inspiró el documental de Isaki Lacuesta La noche que no acaba (2010), sólo que tomándose todas las libertades ficcionales convenientes: un apasionante así pudo ser (o como diría Cabrera Infante, Simone Vero y Ben Trovato). León no se anda con chiquitas ni remilgos: entra en la España de los años sesenta, en inmaculado blanco y negro (¿veneno para las audiencias?), a bocajarro: la Sección Femenina, Perón en la avenida del doctor Arce número 11, alusiones a Samuel Bronston… Sin cartelitos informativos ni voz en off contextualizadora. ¿A cuántos espectadores de hoy no les sonará a chino Bronston, Perón y la Sección Femenina? ¿O, hablando de chinos, 55 días en Pekín (1963)? ¡Qué más da! León entra a saco sin importarle la cultura del televidente: que consulte wikipedia si tiene lagunas (o curiosidad). El caso es que cada episodio se degusta con un goce liviano, aéreo, tónico. Arde Madrid mantiene las esencias de la comedia peninsular más significada. Los diálogos, ingeniosos, jocosos, tienen algo de Azcona en su sentido de la observación social (aunque la de Don Rafael era en directo y la de Paco en diferido). Los exteriores destilan el perfume de la España desarrollista y del timo de la estampita. Los interiores están okupados por los americanos y las chachas; es también una comedia de chachas en (cronológicamente avanzado) registro Tercera Vía. León está magnífico como chófer de la Gardner, un típico trapacero vivalavirgen. Debi Mazar resulta adecuada como reencarnación de la protagonista de La condesa descalza (1954). Absolutamente prodigiosas las dos criadas de la actriz americana, la casta y coja Inma Cuesta (poco menos que un personaje de Buñuel) y la pecadora Anna Castillo. Y ramillete de secundarios en permanente estado de gracia: Carmen Machi, Julián Villagrán, una resplandeciente Sílvia Tortosa, Julieta Serrano o los argentinos Osmar Núñez y Fabiana García Lago, impagables como Juan Domingo e Isabelita Perón. Gran rugido de León. Que venga pronto una segunda temporada, por favor.

 

 

 

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Macedonia

1: Telurismo. Se estrenó el viernes pasado El árbol de la sangre, de un imitador de Julio Medem que firma con el mismo nombre y el mismo apellido. Momento cumbre (o melodía psicotrónica): el gran Josep Maria Pou cantando en ruso. Como dice Jordi Costa, “resulta imposible despegar los ojos de la pantalla”. Lo mejor del árbol: su savia sabia, su desafiante mezcla de marmitako y esqueixada, caldo de culebrón y cocido mafioso, hierbas románticas y migas de la guerra civil, etecé, etecé.

2: El grito: Así como Medem, pese a sus fogonazos de genio creativo, ya no es quien era en tiempos de La ardilla roja (1993), Tierra (1996) o Los amantes del círculo polar (1998), tampoco Spike Lee es, en los últimos lustros, el de Haz lo que debas (1989) o Mo’Better Blues (1990). Infiltrado en el KKKlan es una feliz excepción y un modelo de equilibrio entre lo antes llamábamos el contenido y el continente: el grito de rabia de un activista hoy tan necesario como ayer expresado a través del molde del cine policíaco clásico, de solidez narrativa impecable. Muy recomendable.

3: Galaxia J. J. No hace falta ser Kubrick y dedicar diez años de vida a un solo proyecto, pero uno cree que para levantar un nuevo episodio-pirámide de Star Wars, el noveno, hace falta concentración. Pues no: J. J. Abrams rueda la nueva entrega galáctica a la vez que, este mismo año, estajanovista recalcitrante, pone su firma, como productor o productor ejecutivo, a The Cloverfield Paradox, Misión: Imposible. Fallout, Overlord y las series Westworld y Castle Rock. Overlord, un sabroso divertimento ya degustado en Sitges, se estrena el próximo viernes, y Castle Rock acaba de aterrizar, más que aterrorizar, en Movistar. Buen acabado, enigmas poderosos, clima pasablemente inquietante, citas constantes al universo de Stephen King que alegrarán la existencia del incondicional (de El resplandor a Cadena perpetua) y un interés digamos que relativo: acabas cada episodio con la sensación de bueno, vale, que pase el siguiente a ver qué tal, la comparas con aquella exaltada sed de más, más y más, por favor, con que concluías cada capítulo de Alias o Perdidos y te das cuenta de que no, ya no es lo mismo.

4: Docencia. Además del biológico, todos los cinéfilos hemos tenido otros padres, lejanísimos ya en el tiempo los del bloguero, que nos enseñaron a caminar por la vida. Gary Cooper y Spencer Tracy cuidaron de que fuéramos al cole bien vestidos y peinados y que hiciéramos los deberes. A sus antípodas, Errol Flynn y Clark Gable nos llevaron a cantinas apestosas, con superávit de tabaco y alcohol, y después (o antes) al burdel. John Wayne nos enseñó la entereza, y en nuestros sueños montábamos a caballo y disparábamos a latas de fríjoles vacías. El único padre vivo, Kirk Douglas, nos invitó a mirar siempre adelante, a perseverar y luchar contra vientos y mareas y alambradas de espino. Hubo otros dos padres antitéticos pero amigos, Henry Fonda y James Stewart, cuyas lecciones fueron macerándose con los años hasta que entendimos que uno señalaba con el dedo hacia la izquierda y el otro hacia la derecha y que había que elegir, democráticamente. Para ir al parque el domingo a ver patitos y echarles pan, dos papás sin parangón: Jacques Tati y Jerry Lewis. ¿Qué padres fílmicos educan hoy a nuestros hijos, a nuestros nietos? ¿Keanu Reeves, Robert Downey Jr., The Rock….? Esto no chuta. Otro día hablamos de las mamás.

 

 

Sitges Tour (y 3): La gran familia… y cada año unos cuantos más

Vacas sagradas de la interpretación: Nicolas Cage, Tilda Swinton, Ed Harris. Un superhéroe en carne y hueso: Ron Perlman. Amplio y variado surtido de realizadores: Alex Proyas, Gaspar Noé, Panos Cosmatos, Álex de la Iglesia, J. A. Bayona, Gareth Evans, Bart Layton… Actrices y actores marca Piel de Toro: Michelle Jenner, Hugo Silva, Luis Tosar, Sergi López, Dani Rovira, Ernesto Alterio, Ivan Massagué, Julián López… Iconos del cine popular con perfume de cine de barrio de paredes desconchadas: Helga Liné, Pam Grier, Traci Lords, Jack Taylor… Magos del efecto: Greg Nicotero, el egregio Douglas Trumbull. Tres cineastas talla XXL: Peter Weir, M. Night Shyamalan y John Carpenter. Y más, muchos más, incluyendo a dos youtubers, dos ídolos de las nuevas generaciones que convocaron a multitud de fans: Rubius y Wismichu (bonito nombre artístico, parece la fusión de Widmark y Mitchum, camino de Oregón). El segundo armó la marimorena con el pase de su ¿película? Bocadillo, generando en las redes miles de comentarios, improperios y conjeturas, entre ellas la de que únicamente era una función-trampa estratégicamente programada para formar parte de un documental que está perpetrando el avispado Carlo Padial, presente con su cámara en la proyección.

Todas estas presencias han convertido Sitges 2018 en el año más caudaloso de los 51 que lleva en funcionamiento. La distancia que separa, pongamos como ejemplo, a Shyamalan de Wismichu es sideral, nadie debería perder un minuto de su preciosa vida intentando equiparar sus respectivas estaturas. También es considerable lo que separa una película de Ingmar Bergman de otra de (con todo el respeto, que es enorme) Santo el Enmascarado de Plata, ambos en la programación. Sin embargo, aquí, en la Blanca Subur, una mágica pócima desjerarquizadora diseminada en el aire, que uno inhala no más pisar la bella población, hermana estas y otras muchas naturalezas contrarias y el disfrute es total. Las películas malas son menos malas, incluso buenas, en Sitges. Las buenas son buenísimas, y las buenísimas casi obras maestras, como Superlópez, el nuevo Halloween o la última locura no de Mel Brooks sino de J. J. Abrams, Overlord, que, con un pellizco de humor, bien podría haberse titulado Doce del patíbulo contra el doctor Frankenstein disfrazado de doctor Mengele. El certamen sigue creciendo. Más público en cada edición. Jóvenes muy jóvenes prueban Sitges por primera vez, como si fuera una pastilla en la discoteca, y repiten al año siguiente, ya felizmente colgaos. Sitges es como una campana de cristal que aísla al cinéfilo omnívoro en permanente hambruna durante once días, teletransportado a un universo donde sólo cuenta la plenitud. Es una suerte que el 12 de octubre caiga siempre en pleno Festival: hace años que el bloguero, como otros tantos miles de festivaleros, vive de espaldas y sin enterarse (estos días no hay tele, ni radio, ni diarios, salvo el imprescindible del Festival, este año rejuvenecido y con todos sus textos, jugosos textos, firmados) de los fastos de la llamada hispanidad.

Y esto es to, esto es to, esto todo, amigos, en lo tocante a Sitges 2018.

 

Sitges Tour (2): Cine loco: “Mandy”

El bloguero recuerda un artículo muy emotivo de Mingus B. Formentor, A la memoria del paso de tornillo, dedicado a un excelente bailador cubano, Silvio Stevens, que, formando pareja con Elisa Burgal, actuó una noche de 1998 en un concierto de Compay Segundo en el Palau de la Música de Barcelona. Escribe Mingus: “Algo así como una hora antes de iniciarse el concierto, Silvio Stevens recibió una llamada telefónica desde Cuba. Demoledora. Su mujer acababa de morir. Desespero cósmico punteado por un único y rugiente monosílabo: ‘¡No! ¡No!’. Pero Silvio hizo honor, no a ese muy cierto tópico yanqui del espectáculo frente a la adversidad: ‘The show must go on!’. Lo que hizo Silvio fue responder, como quien es, al llamado de sus esencias. Lo único que hubiese sido mortal de necesidad para él esa triste noche era no bailar. Así, pues, salió a escena como años atrás lo hiciera junto a Beny Moré, Pérez Prado o el Septeto Nacional.”

Sitges 2018 arrancó el pasado jueves día 4 con un gesto de humana valentía comparable al de Silvio Stevens. Inauguraba la edición Suspiria, de Luca Guadagnino, y se esperaba con lógica expectación la presencia de una de sus protagonistas, Tilda Swinton, que además recibía el Premio Honorífico del Festival. Lo que no entraba dentro del programa es que el padre de Swinton falleciera esa misma mañana del jueves y que, pese al trance y el dolor, la actriz decidiera comparecer en Sitges y cumplir lo prometido. Lo hizo en nombre y en reivindicación de “la fantasía”, la seña de identidad del certamen. Por el arte, vamos, tan unido a la vida (y a la muerte). Ejemplos de entereza como Silvio o Tilda encontramos pocos. Viva la protagonista de Orlando (1992).

Otra de las más esperadas visitas de este año pródigo en ellas era la de Nicolas Cage, que como era de prever convocó a multitud de fans. Cage vino a defender Mandy, de la que es protagonista. No es una película cualquiera. Hasta la fecha teníamos una Mandy memorable, dirigida por Alexander Mackendrick en 1952. Ahora, más ricos, tenemos dos. Cinta de una radicalidad conceptual y estilística extrema, esta segunda Mandy es un desbordante ejemplar de cine loco, algo así como un Mad Max rociado con napalm, alimentado con sobredosis de LSD, obsesionado compulsivamente por el cosmos, por el Mal absoluto (una secta cuyo líder dejaría a Charles Manson a nivel de parvulario) y tintado en rojo, el puro averno: pocas películas habremos visto donde la sensación de estar en el infierno sea tan permanente como ésta. El humor asoma el hocico puntualmente: el inenarrable spot televisivo del queso cheddar, el duelo hiperbólico con sierras mecánicas según el precepto yo la tengo más larga… El hechizo prolongado que viven gozosas nuestras retinas viene acompañado de otro no menor que entra por las orejas: la potentísima banda sonora de esta película que arranca nada menos que con un tema de King Crimson la firma el islandés Jóhann Jóhansson, dos veces nominado al Oscar (por La teoría del todo y Sicario) y fallecido prematuramente el pasado febrero. Para muchos, la sorpresa mayor será descubrir que el director de esta fascinante rareza, Panos Cosmatos, es el hijo de George Pan Cosmatos, el autor de El puente de Cassandra (1976), Evasión en Atenea (1979) y Rambo (1985), entre otras.

 

Sitges Tour (1): Seven Chances, 25 años después

La sección Seven Chances del Festival de cine de Sitges fue creada por Xavier Catafal, a la sazón director del certamen, en 1993, hace exactamente 25 años, con la voluntad de ofrecer a los paladares selectos siete títulos anuales de interés que no tuvieran distribución española y, por lo tanto, fueran difíciles o imposibles de ver en nuestro país; siete títulos, de cualquier género o categoría, que defenderían con espada otros tantos críticos que ya los habían degustado previamente. Manoel de Oliveira, en aquel entonces todavía una asignatura pendiente de nuestros circuitos comerciales pese a su veteranía, participó nada menos que con dos películas en aquel Seven Chances inaugural que, por cierto, también descubrió a un cineasta joven desconocido: Bryan Singer.

Un cuarto de siglo después, se podría afirmar que Seven Chances ya no tiene hoy sentido. Películas “difíciles o imposibles de ver” ya prácticamente no se dan. En 1993, la palabra “globalización” comenzaba a sacar pecho, pero había muy pocos canales de televisión, el mercado del vídeo no cubría ni el diez por ciento de lo que unos lustros más tarde abarcaría el DVD, todavía no habían empezado a proliferar festivales especializados a razón de casi dos por mes en cada esquina y, por supuesto, un internet en vías de desarrollo aún estaba lejos de facilitar la existencia de múltiples y dotadísimas plataformas online, legales o ilegales, o YouTube. Hoy, en cambio, cualquier película que te apetezca ver, tarde o temprano, más temprano que tarde, acabas viéndola. Y, sin embargo, Seven Chances permanece firme, en Sitges, año tras año, consolidadísima, con solera y con sus siete espadachines razonando su elección en las páginas del catálogo anual (hasta 2001, Seven Chances tuvo publicación propia).

Naturalmente, el espíritu ha sufrido modificaciones. Ahora impera un lúdico todo vale donde se dan cita productos del tiempo y otros del pasado y se apuesta por un eclecticismo saludable y sin prejuicios. El programa de Seven Chances de Sitges 2018, que arranca esta semana, es, en este sentido, de rechupete. Tenemos dos documentales, dos, centrados en dos películas de culto: Blue Velvet Revisited, algo así como un making of de la obra maestra de Lynch filmado por un joven estudiante de cine que asistió al rodaje, y Wolfman’s Got Nards: A Documentary, en torno a la deliciosa película de Fred Dekker The Monster Squad (1987), aquí estrenada como Una pandilla alucinante, que ha dirigido uno de sus protagonistas, André Gower. Del hoy olvidado Harley Cokliss (o Cokeliss), Seven Chances recupera, en versión restaurada e íntegra, Dream Demon (1988). Y de Alex Proyas, el autor de El cuervo (1994) y Dark City (1998), su primer y delirante largometraje, Spirits of the Air, Gremlins of the Clouds (1989), que en su día ya se vio en Sitges. Para los incondicionales del cada día más reivindicado José Ramón Larraz, una joyita inexcusable: La visita del vicio (1978), erotismo contorsionista-onírico al que no prestó atención la crítica seria del momento, entretenida en la exploración del Casanova de Fellini, Nueve meses (Márta Mészáros) y Vicios privados, públicas virtudes (Miklós Jancsó), estrenadas por las mismas fechas. Un Johnnie To cosecha del 2004, Throw Down, y (¡olé, olé!) una peripecia pionera del Enmascarado de Plata, Santo contra Cerebro del Mal (1959), completan el suculento banquete. Vayan preparando sus mochilas.

 

 

Cita con Muriel

La mejor manera de empezar el curso, después de las reparadoras y acaso ya lejanas vacaciones, es, quien pueda permitírselo, prestar atención a la retrospectiva que este año el festival de cine de San Sebastián dedica a la guionista y realizadora inglesa Muriel Box (1905-1991), una perfecta desconocida no ya del gran público sino incluso entre los profesionales de la crítica y la historiografía. La carrera de Muriel Box se desarrolla entre 1945 y 1964, y en ella es esencial el papel de su primer marido, Sydney Box, en funciones de productor y coguionista. Cultivó un amplio abanico de géneros y a menudo abordó frontalmente y sin pelos en el objetivo de la cámara temas delicados, tabú, como el abuso de menores o el aborto.

Antes de realizar su primer largometraje en 1949, la cineasta escribió con Sydney Box un puñado variopinto de películas, entre ellas El séptimo velo (Compton Bennett, 1945), galardonada con el Oscar al mejor guión original. Otros títulos de interés de este período son A Girl in a Million (Francis Searle, 1946), esculpido sobre el molde de la screwball comedy más misógina; Dear Murderer (Arthur Crabtree, 1947), un thriller de suspense de filiación hitchcockiana; la sugestiva y poética Daybreak (Compton Bennett, 1948), algo así como L’Atalante (1934) del Támesis, y Portrait from Life (Terence Fisher, 1949), cuyo clímax final ya anuncia al maestro del terror de las décadas siguientes.

Como directora, Muriel Box destacó en varios frentes. En el thriller tradicional (Testigo en peligro, 1956; Subway in the Sky, 1958) y el policíaco realista (Street Corner, 1953). En la comedia matrimonial: Herencia contra reloj (1954) o Simon and Laura (1955), una sátira del medio televisivo que, visionaria, anticipa lo que hoy es Alaska y Mario y similares. En la comedia costumbrista: The Happy Family (1952), muy próxima en espíritu a lo que por aquellas mismas fechas fabricaba la factoría Ealing. En el melodrama con perfume de cinta de aventuras exóticas (El vagabundo de las islas, 1954) o con aroma kitsch, de fotonovela (The Passionate Stranger, 1957). En el drama judicial: Too Young to Love (1960), un filme que habría aplaudido (tal vez lo hizo) Nicholas Ray. O, más allá de etiquetas, la irresistible The Truth About Women (1957), visualmente esplendorosa, en el radio de acción de Michael Powell. Muchas de sus películas tenían origen teatral, como Rattle of a Simple Man (1964), su despedida del cine, que casi parece la respuesta británica a La tentación vive arriba (1955), con Diane Cilento como memorable rubia explosiva. Cilento es una de las actrices de las que Box extrajo todo su jugo. La lista es larga: Kay Kendall, Peggy Cummins, Eva Gabor, Hildegard Knef, Mai Zetterling, Kathleen Harrison, Glynis Johns, Margaret Leighton, Shelley Winters, Julie Harris…

Cierto: no hay en la filmografía de Muriel Box un título que podamos calificar de pieza maestra. Poco importa. Sus películas, las más logradas y las más desiguales, conforman una obra que responde a las necesidades de ocio del público de su tiempo, recién recuperado de la cruenta guerra. Box escribía y hacía cine popular, para todos los gustos, con risas y lágrimas, y lo hacía muy bien: elegancia, talento narrativo, concisión, buena caligrafía, grandes intérpretes… Contemplándolas, el bloguero ha pensado que estas películas, inapreciables documentos de época hoy muchas de ellas, eran las que, de jóvenes o adolescentes, en sus barrios, debían ver Diana Rigg, Ken Loach, Patrick McGoohan, John Boorman, Brian Clemens… y también los integrantes de la escudería del free cinema, que acabarían combatiéndolas. ¡Muy bien por los de Donostia, hostia!

 

De mostrarlo (y demostrarlo) todo a no mostrar nada

En cine, objetivamente hablando, no existe una mirada justa. Cada cineasta contempla el mundo y lo expone de la manera que mejor le conviene. Y cada espectador es muy dueño, según su código de valores y sus gustos personales, de aceptar o no aceptar las decisiones tomadas por el autor. Este viernes se han estrenado dos películas de interés, El viaje de Nisha y Purasangre, que resultan muy útiles para enfocar el asunto. Segundo largometraje de Iram Haq, El viaje de Nisha es el prototípico filme de denuncia que toma las propias experiencias de la directora y guionista para ilustrar una historia estremecedora, indignante, de vejación de la mujer, concretamente de una adolescente de origen pakistaní que vive con sus padres y hermanos en Noruega, plenamente integrada de puertas afuera en la sociedad europea pero, en la intimidad del hogar, esclava de las costumbres atávicas y la intolerancia. Un pequeño desliz provocará la ira del padre, que la someterá a castigos tan ejemplares como llevarla una larga temporada a la casa familiar de Pakistán, donde la pobre Nisha padecerá un calvario. En Purasangre, primer largometraje de Cory Finley, dos muchachas adolescentes de elevadísima complejidad psicológica tejerán una trama que las aproximará a las fantasiosas heroínas de Criaturas celestiales (1994), crimen incluido.

Hemorrágicamente demostrativa, El viaje de Nisha expone sin pelos en la cámara la odisea humillante de Nisha y se detiene, diríamos que se recrea hasta el mínimo detalle, en las más abyectas situaciones sufridas por la protagonista: la nocturna y brutal escena de la policía pakistaní en el callejón, el escupitajo del padre a la hija, la madre desando no haberla parido, la incitación al suicidio al filo del acantilado… Una acumulación de momentos crueles sometidos a un efectismo reprobable, que podría reavivar el viejo debate del travelling de Kapò (1960). En Purasangre (alerta: spoilerazo al canto), Finley se muestra extremadamente pudoroso en la escena crucial del asesinato invocando el más contundente fuera de campo, de tempo impecable: vemos salir del encuadre a una de las chicas dejando únicamente la imagen, en un largo plano general, de un sofá con la otra chica dormida, mientras oímos el sonido del televisor, también en off, hasta el regreso, al cabo de un rato, de la asesina con el cuchillo y las manos teñidos de sangre. Nada vemos y todo lo comprendemos en una toma única que recuerda otra similar, extraordinaria, ubicada en la habitación de un motel, de la subestimada Nunca juegues con extraños (2001), del gran John Dahl, cineasta extraviado los últimos lustros en episodios de Dexter, Californication, House of Cards, Ray Donovan y un porrón de series más.

En fin, mientras Purasangre juega al escondite, El viaje de Nisha derrocha exhibicionismo. De la elipsis como figura de estilo a la plenitud expositiva de la pornografía. ¿Mirada justa alguna de las dos? Que cada espectador saque sus conclusiones buceando en sus aguas subjetivas. El bloguero lo tiene claro, clarísimo: cinematográficamente, la opción de Finley resulta más elegante.