Cuaderno de agosto: Del 41 al 70 (y 4)

61: “Las tres caras del miedo” (Mario Bava, 1963). Entra Bava en la lista como podrían haber entrado, y lamentamos con profundo dolor su ausencia, su inmediatamente predecesor Riccardo Freda, su discípulo Dario Argento o el Roger Corman del ciclo Poe. Todos ellos abren las puertas de mundos irreales terroríficos sublimando la paleta cromática hasta incendiar la pantalla por exceso flamígero. Si añadimos los filmes de la Hammer de la época (Fisher, Francis, Ward Baker…), de colores no menos exaltados, recordaremos que, por aquellas fechas, prácticamente cada semana podías encontrar una obra de esta egregia peña en las salas de tu barrio, y así el género, por maceración e incontinencia de placer, caló en nuestras arterias y aprendimos a amarlo con pasión. Confiesa el bloguero que, de Bava, el primer impacto se lo produjo Terror en el espacio (1965), prototipo de película de bajísimo presupuesto realzada por la imaginación; que su obra maestra, circunstancialmente en blanco y negro, es La máscara del demonio (1960), y que Seis mujeres para el asesino (1964) es otro puntazo insoslayable, que además abona el terreno para el venidero giallo de Argento. Pero los tres episodios de Las tres caras del miedo pueden verse como el cénit de su terror estilizado y manierista y, desde luego, su contemplación es, ayer, hoy y siempre, una gozada.

62: “Mad Max: Salvajes de autopista” (George Miller, 1979). Muchos aficionados recibimos con la mosca tras la oreja el estreno de Mad Max: por el póster, parecía un subproducto italiano del montón dirigido bajo seudónimo por un tal George Miller; encima, venía “clasificada S”, para congregar al rebaño. Pero, de inmediato, un par de voces críticas fiables (Gorina, Guarner) la pusieron por las nubes. Corrimos a verla con la lengua fuera. Y sí: aquella cinta de acción y violencia (más elíptica que explícita) no era moneda corriente, sino un pedazo de cine-cine mayúsculo, o el triunfo de la narración económica, el plano justo y cortante, el montaje rugiente. Casi, casi cine de vanguardia. El resto ya es historia: dos secuelas en la década de los ochenta y un anunciado regreso a la saga que se hizo esperar lo suyo pero valió la pena. Miller centuplicó el músculo narrativo en Mad Max: Furia en la carretera (2015), prodigio de cine energético que deja al resto de blockbusters contemporáneos a la altura del betún.

63: “Day of the Outlaw” (André De Toth, 1959). De Toth cultivó con maestría el film noir (Pitfall, 1948; Crime Wave, 1953), el cine del Oeste (un buen puñado: El honor del capitán Lex, 1952; The Stranger Wore a Gun, 1953; The Bounty Hunter, 1954; Pacto de honor, 1955, etc.) y se despidió del cine con un singular filme bélico, Mercenarios sin gloria (1969), que figura entre los títulos predilectos de Scorsese. Day of the Outlaw es un western sombrío y claustrofóbico, protagonizado por personajes en perpetuo estado de nerviosismo, rozando la paranoia. Su esquema puede recordar el de Cayo Largo (1948): un pequeño grupo de personas rehén de otro de forajidos en un espacio reducido, concretamente una minúscula población en medio de la nieve, mucha nieve, nieve por todas partes y mucho frío; seguro que Tarantino se la tragó un par de veces antes de realizar Los odiosos ocho (2015). El clímax final abandona los interiores y cabalga por la hostil naturaleza blanca, básicamente para congelar a los protagonistas. Robusta, tensa y asfixiante. Y apasionante.

64: “Loquilandia” (H. C. Potter, 1941). La comedia más desmadrada y demencial del cine clásico y una originalísima aproximación metalingüística al propio cine. Ole Olsen y Chic Johnson habían representado Hellzapoppin en Broadway y ahora llevaban la obra a la pantalla. ¿El argumento? Ese mismo: Olsen y Johnson llevan Hellzapoppin a la pantalla. Así, resulta que la película que estamos viendo se está filmando sobre la marcha y, a la vez, proyectando en un cine ante otro público. Y el proyeccionista de esa sala, entretenido en ligar con una acomodadora, habla con los personajes del filme y éstos con él, además de reencuadrar la imagen a su conveniencia. Un cartel llama a uno de los espectadores, cuya silueta aparece en negro cuando se levanta del asiento. Una película de indios se interfiere accidentalmente en la acción. Los propios Olsen y Johnson tienen que rectificar el cuadro con sus manos cuando éste se desencaja. Hasta el trineo de Ciudadano Kane, del mismo año, tiene cabida en esta irrepetible chifladura nonsense.

65: “Un sportman de ocasión” (Harry Edwards, 1927). Este blog ya elogió, en el verano de 2015, esta comedia magistral y a su protagonista, el inigualado Harry Langdon. Decíamos: “Los gags de Harry Langdon acostumbran a ser de una naturaleza que desafiaba las leyes no escritas del cine cómico mudo. En una época en la que la comicidad se medía por la velocidad del rayo, Langdon se permitía una cadencia parsimoniosa: planos de larga respiración de su medio cuerpo o su cuerpo entero en los que el tiempo podía dilatarse en beneficio de la exhibición de sus dotes de clown. En Un sportman de ocasión, es antológica la escena en que, contemplando una vez más la gigantesca foto de su admirada Joan Crawford, se da la vuelta y se encuentra con ella in person. Sus gestos corporales de asombro, incredulidad, pasmo y alegría ilimitada (la misma de un niño que apenas gatea al recibir inesperadamente una pelota) conforman un recital de pura pantomima que supera el minuto de duración. (…). Otro momentazo de verdadero genio tiene lugar cuando el infeliz héroe queda suspendido del abismo, colgado de un muro de madera: la famosa mirada de niño de Langdon, intentando desesperadamente acogerse al clavo que le sujeta, es paradigmática de la poesía de otro mundo de esta criatura frágil, desvalida, casi inmaterial y a todas luces incomparable.”

66: “El asesino anda suelto” (Budd Boetticher, 1956). Boetticher forjó muy merecidamente su prestigio crítico con los siete magníficos westerns que realizó con Randolph Scott como protagonista, pero en aquellas mismas fechas rodó dos melodramas criminales de alta graduación: La ley del hampa (1960), cine de gángsters de raíces profundas, y, cuatro años antes, El asesino anda suelto, un modélico thriller de serie B con elementos canónicos (el atraco a un banco, detención y condena, granja-prisión, huida, venganza…), una arquitectura narrativa concisa, tensa y fibrosa y una fotografía en blanco y negro muy creativa de Lucien Ballard. Y un psicópata para el recuerdo: Wendell Corey. Etapa de plena madurez boetticheriana: ese mismo año el cineasta iniciaba la serie con Scott con 7 Men from Now, considerada por André Bazin la mejor película del Oeste realizada en la posguerra.

67: “Ojo por ojo” (James W. Horne, 1928). Stan Laurel y Oliver Hardy plantaron, a finales del cine mudo, un árbol robusto, majestuoso, cuyo tronco segregó mucha savia que abría el camino del cine cómico futuro, como las comedias de pareja masculina o las de demolición, que, no obstante, nunca alcanzarían la abrasiva contundencia del modelo original. Entre 1928 y 1929, sus dos años de máxima fertilidad, protagonizaron 24 comedias de dos rollos en las que no dejaron títere con cabeza. En una de esas perlas, Ojo por ojo, intentando venderle un árbol de Navidad, Stan y Oli discuten con el propietario de un chalet (el ínclito James Finlayson), trifulca que se salda con el derribo completo de la casa y el desguace total del coche de la pareja. Veinte minutos de comicidad demoledora sin parangón. Implacables máquinas de triturar, Laurel y Hardy inundaron un buen cacho del siglo XX de bienaventuradas carcajadas. Su arte es comparable, en el campo de la alimentación, al tomate, la nuez y la sardina: fuente incesante de salud.

68: “Soledad” (Paul Fejos, 1928). Hay húngaros y húngaros: Michael Curtiz o André De Toth se hollywoodizaron y sembraron la constelación del cine americano de celuloide inolvidable. Paul (o Pal) Fejos tenía otras inquietudes y un talante más independiente, que chocó con los productores. Sin embargo, dio muestras de un talento visual deslumbrante en unos pocos largometrajes, entre ellos Soledad, la crónica de dos almas tristes y desamparadas que se conocen, pasan unas horas de felicidad en Coney Island y se enamoran, sin saber que son vecinos del mismo inmueble y, además, trabajan en la misma empresa. Una pintura tan fresca, verosímil e inmediata de la vorágine de la vida urbana como la ofrecida, por las mismas calendas, por los maestros Vidor (Y el mundo marcha, 1928) y Murnau (Amanecer, 1927). Los mejores momentos de Soledad celebran la vida, el movimiento, el éxtasis efímero.

69: “Big Man Japan” (Hitoshi Matsumoto, 2007). Inetiquetable francotirador del planeta Heterodoxia, Matsumoto subvierte todo código genérico y toda convención que osen pasearse delante de su cámara. En Big Man Japan opta por el formato de falso documental y desgrana la vida de un tipo humilde, con pinta de vagabundo, que en realidad es un superhéroe de oficio y de sangre, pagado por el gobierno, que, en sus horas laborables, se agiganta y lucha contra los más inimaginables y ridículos enemigos, también de estatura godzilliana. Matsumoto hace carambola: desmantela a la vez el género documental, la epopeya de superhéroes y el kaiju eiga. El ingenio, la inventiva, el sugestivo catálogo de pequeños detalles reveladores en apariencia insignificantes, los gags hilarantes… todo confluye para que lo que sobre el papel es una fruslería se revele el Filme Surrealista Inclasificable que te llevarías a la isla desierta, con Cantando bajo la lluvia (1952), para que el buen humor no te abandone.

70: “La conquista del Oeste” (Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, 1962). Intencionadamente, cerramos el grifo con La conquista del Oeste. Y excepcionalmente aparece un cineasta, John Ford, que sin duda ocuparía un lugar destacadísimo entre la 1 y la 40, más bien ocuparía la 1. Dirige el episodio más breve de los cinco, el de la guerra civil, emotivo hasta la llorera torrencial. Para un crío que ya conocía y adoraba a Wayne, Fonda, Widmark, Stewart o Peck, verlos a todos en una misma película, y con el gigantismo del Cinerama añadido (los rápidos, el ataque de los indios a la caravana, la estampida, el descarrilamiento del tren…), constituyó la Gran Experiencia, el Descubrimiento (de América), la Epifanía: esto es grande, muy grande, y de aquí no me voy. Todavía estoy ahí. Felizmente.

 

Anuncios