La goleada coreana y un forastero en Cadaqués

1: Los tiempos (y los Oscar) cambian. Un año más, la ceremonia de los Oscar transcurrió, aun con pequeñas variantes, por los cauces habituales de rutina y lugares comunes. Se constata en los últimos tiempos, sin embargo, la tendencia de que las estatuillas se repartan más que antes. Al parecer, ya pasó la época de las películas multipremiadas con ocho, nueve, diez u once Oscar: Lo que el viento se llevó (1939), Ben-Hur (1959), West Side Story (1961), El último emperador (1987), Titanic (1997), El señor de los anillos: El retorno del rey (2003)… Las más premiadas en ediciones recientes son Gravity (2013), con siete, y Mad Max: Furia en la carretera (2015) y La la land (2016), con seis. Otrosí: las películas no norteamericanas, en una fiesta tradicionalmente orientada a mirarse el ombligo, eran exóticos animales de fuera, contemplados a veces con cariño y candor, como La vida es bella (1997), pero siempre de fuera, como algo ajeno a las esencias puras. El triunfo, con cuatro galardones de los gordos, de Parásitos parece apuntar en otra dirección, la de la integración, el reconocimiento de la diversidad, el trato de tú a tú entre un producto coreano y obras tan específicamente yanquis como las de Tarantino, Baumbach o Scorsese. Que éstas hayan quedado arrinconadas, vencidas por la de Bong Joon-ho invita a una seria reflexión sobre el estado de las cosas. Quim Casas, hoy mismo en El Periódico de Catalunya, lo expone con claridad: “Premiar Parásitos puede ser el inicio de un cambio de estrategias y paradigmas en el ecosistema cinematográfico mundial”. Y lo vaticina igualmente Sergi Sánchez en La Razón: “Si cualquier título del universo mundo puede hacer doblete con el Oscar a la mejor película y el de película internacional, los ricos y famosos de Hollywood han de prepararse para lo peor, porque les han crecido como setas los competidores”. Por lo demás, únicamente apuntar dos dislates: el Oscar a morritos Zellweger y el de mejor guion adaptado a Jojo Rabbit, que pretende hacernos creer que es mejor que el de El irlandés.

2: Y los gallos cinéfilos cacarearon con respeto y admiración: ¡Kirk kiri Kirk! Este blog, en diciembre de 2016, ya rindió un sincero y extenso homenaje a Kirk Douglas con motivo de su centenario. Ahora, con 103 años de vida muy plena, se nos ha ido. El bloguero quiso recordar a Douglas revisando La pradera sin ley (1955), una de sus grandes interpretaciones. ¡Qué peliculón! ¡Qué personaje de hierro (de alambrada, mejor) y qué nervio le inyecta Vidor! Douglas podía ser una fiera en la pantalla, pero, en la llamada vida real, hay constancia de que fue una persona cordial, franca y extrovertida. Un recuerdo le viene a la memoria al bloguero. Cuando, en los primeros años setenta, estudiaba cuarto de bachillerato (bachillerato elemental, se decía entonces) conoció a un compañero de Cadaqués que antes de instalarse en Barcelona había seguido de cerca la filmación en su pueblo de La luz del fin del mundo (1971), cinta de aventuras protagonizada por Kirk Douglas, Yul Brynner y Samantha Eggar. Le dijo que a Brynner no se le veía el pelo también en sentido figurado: del rodaje al hotel y viceversa, oculto siempre tras los cristales ahumados del coche del que disponía. Douglas, en cambio, se dejaba ver por las calles estrechas de la bella localidad ampurdanesa, y sin pensárselo dos veces se metía en la primera taberna modesta a tomarse una cerveza y zamparse un suquet de peix (o lo que fuera), con actitud alegre y amistosa. El bloguero no conoció lo suficiente a su compañero, al que no ha vuelto a ver desde entonces y de quien ya no recuerda el nombre, pero apostaría a que lo que le contó es estrictamente cierto: el talante de Douglas fue ése y no el de la estrella vanidosa que tanto abunda en la comunidad de Hollywood.