La pizarra blanca

En Las guardianas, de Xavier Beauvois, que se estrena el próximo día 22, un joven profesor de una escuela rural francesa vuelve del frente (primera gran contienda del siglo XX) para pasar unos días de permiso en casa. Decide visitar a sus alumnos en horas de clase, que ahora imparte una mujer (el pueblito está en manos de las mujeres, acompañadas de ancianos y niños: los hombres están en el campo de batalla, del que algunos no regresarán), y se acerca a la pizarra; Beauvois hace un primer plano de su mano acariciando suave, amorosamente la verde pizarra. Está claro que el profesor recién ascendido a teniente añora su oficio, pero también podemos meternos un poco más en su cabeza, que probablemente en esos instantes relaciona la educación a la que se entregaba antes de estallar el conflicto con la barbarie en la que ahora se ve obligado a participar: tal vez si hubiera más pizarras habría menos guerras.

Tirando del hilo, podríamos ver en esa o cualquier otra pizarra escolar una metáfora del propio cine: una gran pizarra blanca que enseña la vida y sus complejidades a un grupo de alumnos ceremoniosamente congregados en una sala oscura. La mejor escuela del mundo, libre de puntuaciones y exámenes y que no cierra por vacaciones. Sobre la pizarra blanca, una tiza lumínica proyecta imágenes en movimiento propensas a la epifanía o al síndrome de Stendhal. Empiezas enamorándote, pongamos por caso, de King Kong (1933) o Raíces profundas (1953) y el flechazo ya es perenne. Los mejores maestros, los más convincentes, escriben y dibujan en esa pizarra: lección de Hitchcock, pasas el borrador, y lección de Rohmer; pasas el borrador, y lección de Ford; pasas el borrador, y lección de Tati; pasas el borrador, y lección de Pasolini… Milagrosamente, por mucho borrador que pases, el recuerdo de esos sueños, o de esas pesadillas, o de esas realidades crudas dibujadas en la pizarra blanca permanece imborrable.

La propia película de Beauvois merece una visita a la pedagógica pizarra blanca. Ofrece una imagen muy dura de la guerra sin necesidad de mostrarla, salvo en una escena onírica a todas luces prescindible; basta con asistir al sufrimiento diario de quienes tienen a sus hijos o hermanos lejos, al dolor por una pérdida, luego otra… Tiene el encanto, la elegancia (con una onza nada molesta de academicismo), la sensibilidad, el calor humano de las películas de época de Truffaut: El pequeño salvaje (1970), Diario íntimo de Adela H. (1975) o Las dos inglesas y el amor (1971). Y describe un ambiente con escrupuloso realismo, dejando que las escenas de tareas en la granja o el campo respiren relajadamente, sin prisas, y penetren en nuestras arterias: el eco de Olmi y El árbol de los zuecos (1978) y el eco de Bertolucci y Novecento (1976) se dejan oír. Pero Las guardianas es también una película (o, mejor, una película-río) sobre la pureza, encarnada en la protagonista, Francine (la debutante Iris Bry, excelente), la joven huérfana contratada por la señora Hortense (Nathalie Baye) para trabajar en su granja. La entereza moral y la bondad del personaje reverberarán constantemente a la largo de un vía crucis de cuatro años hasta alcanzar algo próximo a la Gracia, entendida en un sentido casi bressoniano. Otra lección aprendida en la pizarra blanca. Como cantaban los Radio Futura: corazón de tiza.

 

 

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