Los dos dioses longevos y en activo que le quedan al cine

¿Puede un comentario o un fragmento de Johnny Guitar (1954) remitir a Jean-Luc Godard antes que al propio Nicholas Ray? Puede, por tozudez y perseverancia. El inmortal western aparece citado, verbal o visualmente, en Pierrot le fou (1965), La chinoise (1967), Week-end (1967), JLG/JLG (1995), naturalmente en un par de capítulos de Histoire(s) du cinéma (1988-1998), y reaparece ahora (el celebérrimo diálogo del “miénteme”) en su último largometraje, El libro de imágenes, que se estrena la próxima semana. El libro de imágenes contiene también una secuencia de Les carabiniers (1963), y la recibimos con la misma sensación de autocita que la de Johnny Guitar, hasta tal punto la obra maestra de Ray forma ya parte inseparable del corpus godardiano.

Desde sus primeros cortos, Godard ha sido siempre el mismo, él mismo, pero su carrera está claramente dividida en etapas: el cine más narrativo de los sesenta, la contaminación maoísta, la experiencia militante del Grupo Dziga Vertov, el período experimental del vídeo y la televisión, el regreso a la ficción de los ochenta ya totalmente radicalizado y, a partir de esa obra bisagra que fue JLG/JLG (con antecedentes puntuales), el filme ensayo puro, duro y maduro: For Ever Mozart (1996), las Histoire(s), Éloge de l’amour (2001), Notre musique (2001), Film socialisme (2010)… Esta etapa, que ocupa ya casi un cuarto de siglo de su filmografía, es una suerte, una muy buena suerte de work in progress que probablemente no concluya con El libro de imágenes sino cuando el creador (el Creador: divinicémosle) lo considere oportuno. Visto con perspectiva, este conjunto de películas conforma un proyecto faraónico sin parangón en el cine contemporáneo, el equivalente a las sagas de Star Wars o El señor de los anillos aplicado al más contundente cine d’auteur. Sí, exactamente Star Wars o El señor de los anillos en diminuto, para un público selecto y necesariamente minoritario, porque ya sabemos lo que pasaría si la audiencia creciera con desmesura, lo proclamaba otro manifiesto de Godard, British Sounds (1969): “Si de un filme marxista-leninista se hacen un millón de copias, se convierte en Lo que el viento se llevó”.

Degustando en permanente estado de fascinación/excitación el nuevo bombardeo de ideas, reflexiones, citas y clarividencia del maestro, quizás su discurso más desolado y negro (es significativa su voz ronca cuando ya se rompe del todo con toses y carraspeos, como si imitara a Alfonso Sánchez o anunciara una fase terminal), el bloguero volvió a pensar en la importancia capital de Godard en la historia del cine. Nadie ha hecho tanto, ni ha sembrado influencia tan enorme, ni revolucionado lo que él ha revolucionado, ni… De los dioses de su quinta (Godard tiene 88 años), es el último mohicano, todos los demás crían malvas. ¿Todos? ¡Alto! Queda otro dios, vivito y coleando y todavía en activo. No, no es Eastwood. Tampoco Allen. Eastwood y Allen son geniales, pero su radio de acción, sus universos, no son tan expansivos como los de Godard (son, en este sentido específico, dioses menores). Es Roger Corman (92 años: ¡qué envidiables vejeces!). Que nadie, por favor, ponga el grito en el cielo, porque Corman, en el desarrollo del cine desde los años cincuenta hasta el presente, es una figura tan decisiva, tan fundamental como la de Godard. Obra descomunal que se despliega en cien mil flancos, en la puesta de largo del cine popular cuando estalla el rock, en la producción siempre, en la evolución del cine de bajo presupuesto y el fantastique, en el ciclo Poe, en su faceta de mecenas (la mitad del mejor cine americano moderno lo alumbra él), en su prolijidad, etc. Una obra, como la de Godard, compuesta de etapas muy diferenciadas. Estos últimos años, Corman pone su firma como productor ejecutivo en un desprejuiciado carrusel de películas fantásticas de serie Z de títulos tan delirantes como Pirañaconda (2012), Sharktopus vs. Pteracuda (2014), Sharktopus vs. Whalewolf (2015) o CobraGator, recién terminada. Es algo de veras insólito: se diría que está fabricando exploits de sus propios exploits de los años setenta y primeros ochenta. Amor eterno a Roger y Jean-Luc.

 

 

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