El paisaje es el tema

En Petit indi (2009), Marc Recha obró un pequeño milagro. Abrió el canódromo barcelonés de la Meridiana, que llevaba meses clausurado, y lo puso de nuevo en funcionamiento con resultados asombrosos, y el bloguero, por lo menos esta vez, sabe de qué habla: vive muy cerca del lugar y cuando era joven, entre finales de los años setenta y primeros ochenta, lo frecuentaba con sus amigos casi a diario, hacía sus pequeñas apuestas, se tomaba unas cuantas cañas y pasaba buenamente un par de horas hasta que caía la tarde. Incluso fue testigo de alguno de esos incidentes que de tanto en tanto se producen, como el del galgo que, tras tropezar, se repuso y, ya muy retrasado, observó el recorrido de la liebre metálica, reemprendiendo la carrera en su sentido contrario; afortunadamente, pararon a tiempo el veloz artilugio, que podía haberle destrozado los morros al pobre animal de cazarlo en marcha. Pues bien, Recha logró restituir admirablemente el ambiente popular y gozoso del canódromo, los galgos, el gentío, los murmullos, los empleados, el trajín de cervezas… Sin embargo, no es lo único llamativo de Petit indi, cuyo eje central se desarrolla en Vallbona, un barrio de la parte norte de Barcelona, colindante con Ciutat Meridiana y Montcada i Reixac, de veras pintoresco, ya que en él dialogan en extraña armonía la vorágine ensordecedora de las autopistas y espacios naturales y silvestres, un oasis insólito en el tejido urbano que la mirada serena de Recha plasmó con la misma autenticidad del canódromo.

De los cineastas hoy vivos, pocos tienen la capacidad de Recha para observar, capturar la naturaleza hasta diluirse en ella. Los espacios que visita, fruto sin duda de un esmerado proceso de localización, son singulares en su belleza. Y filtrados por su cámara adquieren nuevas dimensiones, próximas a veces a la trascendencia. Su primer y ya personalísimo largometraje, El cielo sube (1991), ubicaba su no acción, su d’orsiana oceanografía del tedio, en “un parque de umbrío arbolado”. Fue su filmación más lejana: Turre, un pueblo de Almería. Desde entonces se ha consagrado a recorrer la geografía catalana y sus proximidades: la Vall de Gallinera, en la comarca valenciana de Marina Alta (L’arbre de les cireres, 1998); zonas rurales poco pobladas del Prepirineo catalán (Pau i el seu germà, 2001); Port-Vendres, población del Languedot-Rosellón melancólica y perpetuamente cruzada por trenes (Les mans buides, 2003); múltiples comarcas (Segrià, Baixa Ribagorça, Noguera, Alt Camp, etc.) para la road movie Dies d’agost (2006); Vallbona en la mencionada Petit indi; la comarca del Garraf (Un dia perfecte per volar, 2015) y, ahora, Menorca (La vida lliure, 2017).

Que La vida lliure se estrene la misma semana del ruido y la furia tecnológicos generados por el Mobile World Congress provoca un efecto jocosamente chocante: mientras robots solícitos, coches sin conductor, realidades virtuales y móviles-banana se exhiben sin pudor ante las masas boquiabiertas, Recha nos traslada a la calma menorquina de cien años atrás, nos hace escuchar el runrún que viene del vientre de la tierra y ver, con los ojos interrogadores de la infancia, la plenitud de la vida, salpimentando el recorrido con esos relatos orales, esos contes a la vora del foc, que antes se transmitían como transfusiones de sangre, y con un ligerísimo perfume de cine de piratas. Hay un tiempo histórico muy concreto en la película, pero en sordina, porque lo que prevalece es el sentimiento de tiempo detenido, eterno. Súmmum del cine natural, La vida lliure es una oda, tan cristalina como sus aguas, al paisaje y su sensualidad. Una obra necesaria, el mejor ungüento para despejar la mente y fortalecer el espíritu en tiempos de desvarío creciente.

 

 

 

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