Dos apuntes al vuelo

1: Cine Santo

Las tradiciones, si son apetecibles, están por encima de las creencias. Por Navidad, seas beato o agnóstico, Qué bello es vivir (1946) tiene mejor sabor que en cualquier otra época del año, como los tomates en verano. ¿Y qué momento más propicio para degustar cine religioso que Semana Santa? Décadas atrás era el ayuno obligatorio. Hoy, todavía apetece su consumo, aunque sea moderado. Cómo no, las teles, si bien en cantidad menor a la de tiempos pretéritos, han mantenido estos pasados días santos la tradición prescrita. Han desfilado por la cajita tonta Espartaco (1960), El cáliz de plata (1954), Las sandalias del pescador (1968), Rey de reyes (1960) y, entre otras, La historia de Ruth (1960), muy oportunamente ahora que Guillermo del Toro nos la ha redescubierto insertando imágenes de esa película en La forma del agua. El bloguero, que si alguna vez la vio en su infancia, cosa más que probable, ya la tenía olvidada por completo, le echó muy gustosamente un vistazo. Prende de inmediato, fruto inevitable de la nostalgia, un encanto natural en este tipo de productos, sobre todo si mantienen, como es el caso de La historia de Ruth, los doblajes al castellano de la época. A la que le quitas esa evanescente primera piel, la obra pone ya a prueba sus reales valores, de veras escasos en la película de Henry Koster. La Fox le debía estar muy agradecida a Koster por el exitazo de La túnica sagrada (1953), y no dudó en ofrecerle otra estampita bíblica en cinemascope y bellos colores. El problema es que Koster, nacido Hermann Kosterlitz en Berlín, era un realizador sin universo propio, sin firma, poco dotado para la épica y la poesía. La historia de Ruth ni siquiera es kitsch, se queda en el cartón piedra de baja graduación, sin pizca de sal. Poco ayuda un reparto todavía más desabrido. En el rol titular, a Elana Eden, actriz israelí de brevísima filmografía, la define una expresión muy catalana: bleda. E igualmente sosos los dos galanes, aunque sintamos por ellos cierta simpatía: Tom Tryon no sólo sería el inolvidable protagonista de El cardenal (1963), sino el autor de la novela que inspiró la magnífica El otro (1972) y del argumento que dio origen a la no menos excelente Fedora (1978), y en cuanto al hoy nonagenario Stuart Whitman, de cejas casi tan pronunciadas como Eric Campbell, siempre le recordaremos con cariño dando la réplica a John Wayne en Los comancheros (1961) y por uno de los entrañables telefilmes de nuestra pubertad, Cimarrón (1967-68).

 

2: Futuro encapsulado en diez minutos

365 days (1922), un humilde cortometraje cómico marca Hal Roach, empieza con una increíble exhibición del egregio Snub Pollard con un acordeón hiperbólico, que tal vez al espectador más veterano le recuerde la cabecera (un gato animado tocando el mismo instrumento) de la distribuidora española Exclusivas Floralva. Poco después, una multitud se apiña y agita en sus pintorescas viviendas, una suerte de módulos colocados unos encima o al lado de los otros, de manera muy parecida al miserable barrio futurista donde vive el héroe jovencito de Ready Player One. En el tramo final de la cinta vemos uno de esos módulos suspendido del aire por un enorme globo, con sus moradores dentro, una imagen que nos lleva en línea recta hacia Up (2009). ¿Es posible que todo el cine sonoro producido en estos últimos noventa años estuviera contenido ya en los iniciales treintaicinco años mudos? ¿Que el cine hablado sea, al fin y al cabo, no otra cosa que el tráiler del cine silente?

 

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