Vía libre

Nos dio noticia la colega Nuria Vidal, semanas atrás, en su blog dominical: Aragón TV había emitido el documental El viaje, de casi cuatro horas de duración, un único plano fijo y en tiempo real del trayecto ferroviario entre Zaragoza y Canfranc, rodado frontalmente desde la cabina del maquinista, sin diálogos ni otra banda sonora que el suave traqueteo del tren y sus puntuales silbidos. La revista Fotogramas del pasado mes de febrero también recogía el evento, aplaudiendo el coraje de la televisión autonómica aragonesa al programar un producto de estas características. La curiosidad, unida a su pasión por los trenes, empujó al bloguero a ver El viaje, que se tragó entero a razón de veinte minutos diarios. Veinte relajantes, fascinantes minutos diarios. Huelga decir que el argumento se sigue sin problemas.

Lo más sorprendente de El viaje es la peculiaridad de la línea que une esos dos municipios. Ni un alma en las estaciones. En cada parada, andenes vacíos, una soledad desasosegante. ¿Hay algún pasajero en ese tren? ¿Hay vida en el planeta? Tampoco se ve, en los muchísimos kilómetros del recorrido en vía doble antes de convertirse en vía única, ningún tren cruzando en sentido contrario. La frecuencia de paso de convoyes por esos pagos debe ser mínima, como la de la línea que cogía Spencer Tracy en Conspiración de silencio (1955). El paisaje transitado (yermo, árido, con campos infinitos a la izquierda y a la derecha las dos primeras horas, más montañoso y fluvial y con abundantes túneles después) es igualmente solitario, despoblado. Únicamente, muy pero que muy de tanto en tanto, un coche en un camino próximo, la camioneta quizás de un agricultor, un tractor… Ninguna figura humana. La luz del sol sube y baja a su antojo, la niebla comparece melancólicamente un buen rato. El espectáculo es bellísimo, de una serenidad sublime. Si posas fijamente la mirada en las líneas paralelas que trazan los raíles, el efecto es hipnótico, y alargarías gustoso los veinte minutos autoprescritos si no tuvieras obligaciones laborales que cumplir; de jubilado, nada de ver obras y albañiles, sólo viajes en caballo de hierro.

Porque resulta que El viaje no es una idea original: en YouTube puedes encontrar docenas de productos muy parecidos, españoles, franceses, noruegos, de todas partes, aunque algunos llevan música incorporada y pierden autenticidad. Y hay trayectos todavía más largos que el del documental aragonés. Es, al parecer, un género nuevo y muy visitado, eminentemente contemplativo, útil para combatir el estrés cotidiano, respirar libremente, sentir una cierta plenitud. ¿Podríamos considerarlo arte conceptual? Si es así, y que nos perdone el ínclito Andy Warhol, es cien mil veces más grato que ver a un tío durmiendo durante cinco horas. Más que conceptual, es un arte espiritual. E incluso necesario. Una obra como El viaje puede ser perfecta, por ejemplo, para el próximo 27 de abril, y no por ser jornada de reflexión previa a las elecciones: el día antes se habrá estrenado Vengadores: Endgame y al bloguero no se le ocurre sedante/antídoto más eficaz que esta plácida, tónica excursión a Canfranc.

 

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