Dos notas

1: Mylène

El bloguero confiesa el placer nada culpable que supuso, cuando era pequeño, disfrutar de lo lindo con las farsas alocadas y pelín grotescas de Louis de Funès, muy especialmente la trilogía sobre Fantomas dirigida por André Hunebelle: Fantomas (1964), Fantomas vuelve (1965) y Fantomas contra Scotland Yard (1967). En ella, De Funès interpretaba al comisario Juve, Jean Marais se desdoblaba en Fandor y Fantomas y Mylène Demongeot asumía el rol de su novia Hélène. Rubia, bellísima y con talento, Demongeot se reveló una década antes con Les sorcières de Salem (1956) y tuvo un papel destacado en Buenos días, tristeza (1958), la adorable película de Otto Preminger inspirada en la novela de Françoise Sagan. Todo prometía felizmente una nueva Brigitte Bardot (madera de sex symbol le sobraba), pero a la Demongeot le faltó un Vadim y quedó relegada a roles meramente decorativos en emblemáticas coproducciones de la época, como el díptico formado por Los tres mosqueteros y La venganza de Milady, ambas del 61, o Furia en Bahía (1966), una aventura del agente secreto OSS 117. Tampoco funcionó su puntual tentativa en el cine internacional, como el último largometraje de Frank Tashlin, Cerveza para todos (1968), junto a Bob Hope y Jeffrey Hunter. Estuvo casada hasta enviudar con el hijo de Georges Simenon, el guionista y realizador Marc Simenon, que la dirigió en diversas ocasiones. Ahora, quien quiera verla o recordarla, ya octogenaria, que se aproxime a Dos mujeres, la discreta película de Martin Provost protagonizada por Catherine Deneuve y Catherine Frot que se estrena esta semana, en la que tiene un breve cometido.

 

2: Un oficio de los siglos XX y (de momento) XXI

Sobre el arte de los fogones, Josep Pla escribió: “La cuina és un art molt difícil, que vol una vocació, un sentit de l’observació permanent, una llarga experiència i molta paciència”. Estas palabras sabias el bloguero las ve perfectamente aplicables al oficio de la crítica de cine. Vocación: hay que amar apasionada, salvajemente al cine y a la escritura de cine y tener claro que tendrás muy pocas vacaciones y muy poco dinero para disfrutarlas. Sentido de la observación permanente: clavar día y noche los ojos en la pantalla y escudriñar cada rincón del encuadre en busca de revelaciones. Larga experiencia: sin ella, te quedas sin herramientas, sin asideros, no convences ni al portero de la finca; con ella, detectas una transversalidad a lo largo de la historia que te hace percibir la pureza primigenia de Griffith en los planos de Estiu 1993 o toda la grandeza del slapstick silente en las imágenes frenéticas de Misión: Imposible. Fallout, o Cruise en su faceta Harold Lloyd. Y mucha paciencia: tragarte cada temporada dos docenas de comedias populares francesas (¿es obligado estrenarlas todas?) y concluir que, al fin y al cabo, Christian Clavier y Dany Boon también son seres humanos.  Y como no hay buena cocina sin sus puntuales ingredientes, ahí van dos para una buena crítica: un pellizco de humor para oxigenar y, sobre todo, mucho, mucho respeto a la película, buena, mala o regular, y a quienes la han hecho, que es también una manera de respetar al lector y respetarse uno mismo.

 

 

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