Berto al desnudo, otra vez

Los de Movistar+ están lanzados en los estrenos de series de fabricación propia. Dos de ellas, La zona, de Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo, y La peste, de Alberto Rodríguez y Rafael Cobos, han contado con campañas publicitarias nunca antes vistas en un producto televisivo. Son de veras series notables, y se les agradece no tener que hipotecar media vida en su seguimiento: una única temporada (si no caen las segundas) de ocho episodios la primera y seis la segunda que no alcanzan la hora de duración. El bloguero reconoce y aplaude sus, como ahora los llaman, valores de producción, su impecable acabado artístico, pero al mismo tiempo confiesa que la emoción, la emoción que suscitan las obras importantes, no tuvo el buen gesto de manifestársele.

Así las cosas, mientras La zona y La peste le interesan relativamente, otras dos series de Movistar+, más modestas formalmente (y más llevaderas todavía: diez y seis episodios de unos veinte escuetos minutos cada uno; vamos, que se pueden ver de una tacada), han calado más hondo en el bloguero: Vergüenza, de Juan Cavestany y Álvaro Fernández-Armero, de la que ya se ha hablado en este blog, y la reciente Mira lo que has hecho, “una serie de Berto Romero”, como rezan los créditos, dirigida por Carlos Therón, autor el año pasado de Es por tu bien. Después de Algo muy gordo, de Carlo Padial, Berto vuelve a confesarse, a desnudarse ante la audiencia. El nacimiento de un hijo, y todo el caos cósmico que genera en la existencia del padre (y de la madre, aunque aquí argumentalmente cuenta más él que ella), son la excusa para abrir en canal al protagonista, que otra vez muestra y demuestra inquietud, inseguridad, incertidumbre ante su futuro como cómico mediático. Se entiende: lleva ya lustros sentando sus reales en el circo de la fama, pero es consciente de que prácticamente toda vida artística tiene escrita, como el paquete de mozzarella del súper, su fecha de caducidad. Hay momentos en la serie en que parece que Berto está atisbando el cementerio de los elefantes. Su encuentro con youtubers de multimillonaria feligresía, que ya lo toman por un objeto fenomenológicamente periclitado, constata una real crueldad. ¿Hacia dónde va Berto? Su con creces probado talento augura que todavía le quedan muchos cartuchos por quemar, pero, ahora mismo, su semanal consultorio en el programa de Buenafuente hace pensar en la necesidad de un urgente cambio de rumbo.

Mira lo que has hecho es ligera, grata, espontánea y muy inteligente. Transpira naturalidad aun cabalgando con frecuencia a lomos del cliché: la figura del suegro, por ejemplo. Que, en la selva de la vida pública, la privada sufre irreparables daños, es uno de sus temas esenciales, y en ese flanco a Berto no se le caen los anillos al reflexionar sobre los límites que impone el famoseo: ahí está (episodio final) la escena del hospital con dos madres reclamando su atención, la del niño con la pierna rota y la del niño con leucemia. Bien estructurada en su conjunto, es particularmente singular el episodio 4, que alternativamente viaja en el tiempo siete años atrás y siete en el futuro. Y el sangrante flashforward, en el episodio 2, que avanza nada menos que unos sesenta años para contemplar al anciano y moribundo Berto ante su hijo, encarnado nada menos que por Luis Tosar, que reconoce que su padre “fue medio famosillo a principios de siglo”. Otro cameo con sustancia, en el episodio final: Pepe Navarro, a quien quizás ve Berto cada día al afeitarse, cual fantasma de Navidades venideras. Como ¿Qué fue de Jorge Sanz? y El fin de la comedia, donde otros significados astros (Sanz, Ignatius Farray) se someten a un autolavado mental, Mira lo que has hecho propone, como quien no quiere la cosa, una agudísima radiografía de nuestro tiempo.

 

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