La sal del planeta Cine

Fallecimientos: Jack Pennick (1964), Thelma Ritter (1969), Jay C. Flippen (1971), Rodolfo Acosta, Agnes Moorehead y Walter Brennan (1974), Lee J. Cobb (1976), Andy Devine (1977), Karl Swenson y Harry Wilson (1978), John Wayne (1979), Joe Sawyer, William Henry y Henry Fonda (1982), Carolyn Jones y Raymond Massey (1983), Walter Burke (1984), Mickey Shaughnessy (1985), Robert Preston (1987), Chuck Roberson (1988), Brigid Bazlen y Lee Van Cleef (1989), Ken Curtis (1991), David Brian y James Griffith (1993), George Peppard y Carleton Young (1994), James Stewart (1997), Gil Perkins (1999), Walter Reed (2001), Jack Lambert (2002), Gregory Peck y Mark Allen (2003), J. Edward McKinley (2004), John Larch (2005), Roy Jenson (2007), Richard Widmark (2008), Karl Malden (2009), Harry Morgan (2011), Cliff Osmond (2012), Eli Wallach (2014), Debbie Reynolds (2016) y, ahora, 2017, Harry Dean Stanton. Así han ido cayendo, la mayoría con las botas puestas, las estrellas principales y secundarias del irrepetible reparto de La conquista del Oeste (1962). Pocos quedan ya vivos; de hecho, sin contar al desconocido Stanley Livingston, que entonces tenía doce añitos (uno de los retoños de Peppard en el episodio final), ni a los posibles extras supervivientes, únicamente quedan dos: Carroll Baker (86 años) y Russ Tamblyn (82).

Harry Dean Stanton pertenecía, pertenece a la estirpe, prácticamente extinta también, de los grandes secundarios del mejor cine americano, la raza de los Ward Bond y Walter Brennan, que a la salida del cine dejaban siempre en el espectador una huella tan profunda como la de los actores protagonistas, a veces más profunda, inmarchitable. Dean Stanton (así, escuetamente, apareció en los créditos hasta 1968) es el heredero natural de John Carradine, con quien comparte una silueta filiforme y un rostro de vagabundo famélico triste y un pelín siniestro. Curiosamente, ese rostro, sobre todo conforme envejecía, se parecía mucho al de otro inmenso robaescenas de la edad de oro de Hollywood, Edward Everett Horton, pan de la misma harina. El actor se curró su puesto con perseverancia y obstinación: entre 1954, año de su debut, y mediados de los setenta, paseó su enjuta anatomía por un centenar de productos, la mitad de ellos televisivos, en papeles pequeños o brevísimos y sin frase, como el de La conquista del Oeste. Su trayectoria, en aquella época, y los trabajos a él encomendados no diferían de los de Jack Elam, podrían ser perfectamente intercambiables. Pero a finales de aquella década le llegaron personajes memorables: el predicador ciego de Sangre sabia (1979), el pasajero de Alien (1979) devorado por la criatura por culpa de un gatito extraviado, el cuidador de perros neurótico de Con amor y con humor (1980). 1984 fue su año de gloria, con dos roles principales: París, Texas y la película de culto Repo Man. El público ya memorizó su nombre, Harry se había convertido en estrella.

Y de ella sacaron jugo exquisito los directores más receptivos al valor fundamental de los actores secundarios, como Coppola, Scorsese y, muy especialmente, Lynch, quien ha contado con él en cinco ocasiones, incluida la tercera temporada de Twin Peaks, de este mismo año. En tiempos pretéritos, cineastas como Preston Sturges o John Ford contaban con una troupe excelsa y fiel de secundarios, y sabían extraer de ellos singularidad, carácter, humor cuando convenía, carisma. Sabían, en fin, que un gesto puntual, un plano audaz o una frase lapidaria de un actor o actriz de reparto darían una consistencia mayor al conjunto: Edward Everett Horton asustándose de su propio reflejo en un espejo en Horizontes perdidos (1937) o sintiendo una súbita revelación al contemplar un cenicero con forma de góndola en Un ladrón en la alcoba (1932) qué duda cabe que aporta un plus de grandeza a las filmografías de Capra y Lubitsch. Hoy los realizadores, más preocupados por el hiperrealismo digital o el estruendo de una ventosidad, rara vez dedican su atención a esa constelación de gigantes a la que perteneció Harry Dean Stanton aun fuera de su tiempo.

 

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