Todos (o casi todos) los “westerns”

Joel y Ethan Coen viajan otra vez al Salvaje Oeste, después de la experiencia feliz de Valor de ley (2010), en su último largometraje, La balada de Buster Scruggs, compuesto por seis episodios independientes que a todo amante del género les pondrá la gallina de carne, que hubiera dicho el gran Cruyff. El gambito coeniano consiste en dar un tratamiento tonal distinto a cada historia, de la parodia más extrema a la crueldad intolerable. El conjunto aglutina todas las iconografías del Oeste, todos o casi todos sus temas y tipologías y geografías, como lo hacían Winchester 73 (1950), la igualmente episódica La conquista del Oeste (1962) o Wyatt Earp (1994). El bloguero sólo lamenta la ausencia del ferrocarril y la caballería y/o la guerra civil.

Dos episodios echan el ancla en el clasicismo peinado con tupé épico. Uno (el quinto: The Gal Who Got Rattled) se desarrolla en una caravana de colonos por la que reverberan los ecos de Cimarrón (1960), Camino de Oregón (1967) y La conquista del Oeste; como en ésta, habrá un guía (allí Robert Preston, aquí Bill Heck) que tirará los tejos a una dulce pasajera (ya saben: la promesa de un rancho en la pradera, familia y perdices), con la ventaja de no tener ahora a un apuesto Gregory Peck como rival. Como está prescrito, lo indios asomarán las plumas en una secuencia absolutamente memorable. El otro (el cuarto: All Gold Canyon, inspirado en Jack London) es una delicada pieza maestra, muy pura, en torno a la solitaria aventura de un viejo buscador de oro, magnífico Tom Waits, mitad Lee Marvin en La leyenda de la ciudad sin nombre (1969), mitad Walter Huston en El tesoro de Sierra Madre (1948), en unas tierras vírgenes de belleza insultante, las que debió pisar Jeremiah Johnson, las que debieron visitar las cámaras prodigiosas de Hathaway, Walsh o Anthony Mann. La nota ecológica la subraya la fauna del lugar: un ciervo, peces y mariposas que huyen cuando el hombre irrumpe en la naturaleza y retornan cuando se va.

La caricatura, colindante con el cartoon, comparece en el primer episodio, que lleva el título de la propia película. Un inmaculadamente blanco jinete cantor en la tradición de Gene Autry (impagable Tim Blake Nelson), refriegas de cantina y saloon, duelos más disparatados que los de Rápida y mortal (1995), encuadres filigranescos e incluso una subida a los cielos ponen al espectador en estado de excitación. Engañosamente, pues, aunque el segundo (Near Algodones), concerniente a un atraco al banco, al uso de sartenes y cazuelas como escudos defensivos y a un accidentado ahorcamiento, mantenga el timón en lo cómico-sarcástico, el tercero (Meal Ticket), protagonizado por Liam Neeson, será un inesperado puñetazo en el hígado: un tristísimo, descarnado cuento poético concebido como una suerte de La parada de los monstruos (1932) de desenlace descomunalmente cruel. No menos radical es el capítulo sexto y último (The Mortal Remains), extraordinariamente dialogado, algo así como una versión espectral, pasada por el filtro de la Hammer, de La diligencia (1939).

Los hermanos Coen nos ofrecen, en fin, un artefacto placentero hasta decir basta. Aun saboteando puntualmente códigos y cánones, permanece en cada una de sus imágenes, de la más dislocada a la más grave o contenida, un tremendo amor por el cine del Oeste.

 

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