Fertilidad de la comedia española

La defunción del landismo coincidió poco más o menos con el fin de la dictadura y el auge masivo, Tercera Vía mediante, de dos tipos de comedia: la del destape, que de hecho era una prolongación de la misma farsa populachera con toda la carne a la vista, y la generacional (Trueba, Colomo, Ladoire, Bellmunt…), que ponía su mirada en la nueva realidad del españolito joven, de mayor inquietud en la conquista de horizontes que el inepto cazador de suecas y quinielas que lo precedía. En pocos años, estas tendencias comenzaron a oxidarse y estaba claro que otras debían tomar el relevo. Aparecieron islotes llamados a perdurar, como Amanece, que no es poco (1989), pero el verdadero caldo de cultivo del humor español se cocía en la televisión: de la caja tonta emergió la popularidad de Faemino y Cansado, según cómo la mutación natural de Tip y Coll, y la del estos días llorado Chiquito de la Calzada. El Gran Wyoming sentó cátedra al timón de CQC. Santiago Segura, verdadero fenómeno mediático, se consagró primero con sus evilios, luego con El día de la bestia (1995) y mil y una apariciones televisivas, y finalmente tuvo buen olfato al reciclar, en la saga Torrente, la vieja comedia casposa (Lazaga, Ramírez) en artefacto posmoderno. El nuevo milenio, con su aportación tecnológica (Internet y YoTube como pasaportes instantáneos a la fama), promovió nuevos talentos: la facción chanante (Joaquín Reyes, Carlos Areces, Raúl Cimas, Julián López, Ernesto Sevilla…), Venga Monjas o una criatura de tan escurridizo etiquetaje como Ignatius Farray. El showman catódico y el monologuista adquirieron dimensión icónica: Buenafuente, Berto Romero, Miguel Noguera… ¿Y el humor? Pues el humor, a estas alturas del calendario, ya no podía, ya no puede hacer otra cosa que deconstruirse: abrirlo en canal y explorar sus intestinos para subvertir algunas de sus células. Lo fabuloso del asunto es que su efectividad sobre el receptor no es menor que la que proyectaron en su día Berlanga, Neville o Fernán Gómez: Gran Comedia Inteligente.

Este año, sin ir más lejos (ni más cerca), ha sido pródigo, en la pantalla grande y en la(s) pequeña(s), en inspirados ejemplares de lo que los expertos llaman posthumor. Comedias como Pieles, de Eduardo Casanova; Los del túnel, de Pepón Montero, o Algo muy gordo, de Carlo Padial, radiografías cada una a su modo de mundos próximos al planeta Saturno, han puesto el listón muy alto. O la tan divertida como patética Fe de etarras, de Borja Cobeaga, presentada en Netflix y de inminente estreno en cines, cuyo humor esquinado es capaz de pulverizar cuestiones de política española candentes en una sola escena de juegos de mesa en verdad genial. La recién estrenada serie Vergüenza (Movistar), creada por Juan Cavestany (francotirador del nuevo orden de la comedia española: Dispongo de barcos, Gente en sitios, Esa sensación…) y Álvaro Fernández Armero, enlaza en tono y espíritu con las segundas temporadas, también vistas este año, de ¿Qué fue de Jorge Sanz? y El fin de la comedia. Las tres constituyen retratos al minuto de la vida cotidiana de sujetos pintorescos (Jorge Sanz e Ignatius Farray interpretándose a ellos mismos y, en Vergüenza, la pareja encarnada por Javier Gutiérrez y Malena Alterio), contemplados con una comicidad cómplice, de colegueo. Vergüenza hinca el diente en la perplejidad y el apunte desconcertante: nunca antes, en tanto que espectadores, nos habíamos sentido tan incómodos como ante las situaciones absurdas y ridículas que protagonizan Alterio y sobre todo Gutiérrez, embarazosas hasta decir basta. Que caiga pronto una segunda temporada, que se lo merece, nos la merecemos. Y, tarea urgente, que alguien invente nuevas varas de medir para críticos e historiadores, porque las usuales han quedado ya obsoletas ante este estimulante paradigma de la comedia española.

 

Anuncios