Poetas

Ver Tres caras, la última película de Jafar Panahi, es como volver a El globo blanco (1995), su ópera prima, y a su guionista Abbas Kiarostami, el Kiarostami de la inigualada trilogía de Koker. Tres caras es una lección de vida, un precioso poema sobre la frágil naturaleza humana. En los más de veinte años que separan estas dos películas, Panahi ha padecido injustamente un calvario de prohibiciones, arrestos domiciliarios y humillación, pero sigue ahí, tenaz y perseverante, con el espíritu empinado, haciendo lo único que quiere hacer: plantar la cámara, limpia y pura, ante la realidad circundante y morderla. El autor vuelve a ponerse al volante de un vehículo, como en la precedente Taxi Teherán (2015), ahora en un viaje allende la ciudad, hacia el corazón rural de Irán, acompañado de una actriz local muy popular, Behnaz Jafari, y del vídeo que ésta ha recibido en el móvil de una jovencita aspirante a actriz donde ha grabado su suicidio. ¿Imágenes reales o simulacro? Panahi y Jafari localizan la aldea remota de la chica y allí se dirigen en busca de la verdad, de la misma manera que Kiarostami buscaba, en Y la vida continúa (1992), a los niños protagonistas de su previa ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), con la esperanza de hallarlos supervivientes del terremoto inclemente de Koker.

Todo respira verdad en Tres caras, mucha ternura y al mismo tiempo no pocas dosis de rabia controlada, la rabia que surge al contemplar, ya en la aldea, la brutal represión que sufren las mujeres, hoy conectadas vía satélite con el mundo pero condenadas a perpetuidad a no formar parte de él. ¿Qué puede hacer una jovencita que desea con ardor ser actriz atrapada en una familia que le impide dar un paso y probablemente la mataría antes de verla fuera del redil? Hay un personaje esencial en la película, otra actriz, retirada, recluida, y prudentemente Panahi la hace invisible, dejando que la cámara permanezca a gran distancia de su morada. Pero de ella se habla, y se dicen y se entienden muchas cosas. La cercanía ética y estética al universo de Kiarostami no es aquí ni copia ni plagio (algo muy distinto, pues, de la tarantinitis que padece Malos tiempos en El Royale), sino rendido homenaje al maestro fallecido: el bello y largo plano final del camino montañoso y el cruce de coches es una declaración de amor al amigo, al cine puro y libre.

Otro poeta de las imágenes a quien degustar estos días es Isaki Lacuesta, que este viernes estrena Entre dos aguas, flamante Concha de Oro en San Sebastián. En Entre dos aguas, Lacuesta reencuentra a los hermanos Isra y Cheíto, los protagonistas de la primera parte de La leyenda del tiempo (2006), ya adultos. La docena de años transcurridos no parecen haber sido provechosos: Isra ha pasado por el trullo y Cheíto malvive en la Armada soñando con abrir una panadería. Su relación echa chispas, llevan acumulada mucha porquería en su interior que hay que expulsar. Es, sí, una película llena de vida, pero de vida dura, agónica, asfixiante. San Fernando es para Isra y Cheíto lo que Stromboli era para Ingrid Bergman en el clásico de Rossellini: una isla-prisión.  Si La leyenda del tiempo era una celebración de la vida, Entre dos aguas más bien parece un grito de desesperación. Hay que oírlo, merece la pena.

 

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