Exámenes de septiembre

Se acerca septiembre y llega al quiosco el Fotogramas de septiembre. Como cada mes, oteamos las previsiones de estrenos. Únicamente en las tres primeras semanas, 26 películas. Tomen nota y respiren después de cada tres comas: El arte de vivir bajo la lluvia, Hotel Bombay, Untouchable, It: Capítulo 2, Kiroriki: La leyenda del dragón, Ray & Liz, Viento de libertad, Vivir dos veces (viernes 6); ¿Qué hemos hecho para merecer esto?, Aute retrato, Cuatro manos, Dulcinea, El vendedor de sueños, En mil pedazos, Litus, Los años más bellos de una vida, Los informes sobre Sarah y Saleem, Semillas de alegría, Sordo, Tabaluga y la princesa de hielo (Viernes 13); Ad Astra, Blinded by the Light, Downton Abbey: La película, Ghostland, Manou y Misión: Katmandú (Viernes 20). Quien por gusto o masoquismo quiera tragárselas todas, allá él, pero compadezcan a quienes han de hacerlo por deber profesional. Son viernes cuantitativamente corrientes, prácticamente todo el año es así. Más o menos, de cada veinte películas estrenadas, diecisiete son material sobrante, dos vendrían a ser el pulpo que se acepta como animal de compañía y una es interesante, notable o imprescindible. Hagan la ecuación llevando esta estadística a los doce meses del año y háganse la pregunta: ¿qué queda después de haber visto pongamos que unos cuatrocientos estrenos anuales? En los ocho meses que llevamos de 2019, ¿qué imágenes vuelven, permanecen? La figura egregia de Eastwood, sin duda. Algunas bellas escenas de acción del último John Wick. Viggo Mortensen paseando a Mr. Ali. El tiovivo sentimental de Louis Garrel. Y, persistentemente, las obras de Godard, Almodóvar y Tarantino. Poquita cosa más. Un panorama deprimente.

La sobrealimentación, en cuestiones de pitanza cinematográfica, no es necesariamente dañina, y no lo sería la dieta de septiembre si alguno de los títulos citados contuviera las vitaminas que nos han ayudado a crecer sanos: vitamina A (Hitchcock), vitamina B (Tati), vitamina C (Lubitsch), etc. Las hay, sí, en dosis rácanas y un tanto contaminadas por los pesticidas: Ray & Liz, por ejemplo, es una película que de veras merece la pena ver. ¡Qué envidia da el amante del cine que, si tiene brújula y olfato, puede permitirse seleccionar la película interesante, notable o imprescindible y acaso los dos pulpos, pasar olímpicamente de las diecisiete prescindibles y dedicar el resto de su tiempo a revistar clásicos o descubrir joyas ignoradas del pasado! No desesperemos: esta semana, todavía agosto, llega a las pantallas una imprescindible, El hotel a orillas del río, otra deliciosa filigrana minimalista del surcoreano Hong Sang-soo filmada en blanco y negro (mucho más blanco que negro), con cinco personajes divididos en dos flancos (padre poeta y dos hijos varones por un lado y dos amigas por otro) que se encuentran y desencuentran tejiendo un tapiz humano fresco, luminoso, melancólico y tragicómico. El cine de Hong Sang-soo sí contiene las vitaminas necesarias para apelar a un gran cineasta, de los que dejan huella personal en cada uno de sus planos, como, por citar sólo a vivos, Aki Kaurismäki, Allen, Eastwood, Tarantino o José Celestino Campusano.

 

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