Super Michael Keaton

victor mature

Viendo Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia), me he acordado de una simpática comedia de Vittorio de Sica escrita por Neil Simon, Tras la pista del Zorro. En ella, Victor Mature encarnaba a un actor americano (muy americano: “¿Qué es el neorrealismo?”, preguntaba a su representante Martin Balsam) en decadencia que llegaba a Italia y era engatusado por el falso director de cine Peter Sellers para rodar una película (en realidad, una tapadera para burlar a la policía que le seguía las huellas). La vieja leyenda de Hollywood andaba muy preocupada por su edad, sus arrugas, sus kilos de más, se tintaba el cabello, etc. Mature hacía una caricatura muy salada del personaje, descacharrante cuando se ponía ante las cámaras para actuar sin previo guión en un pueblecito costero. Sellers improvisaba a cada toma; en una de ellas, donde Mature y la chica (Britt Ekland) debían estar sentados al aire libre sin decirse una palabra, postulaba el falso director que la escena era una reflexión sobre el déficit de comunicación en nuestra sociedad, un dardo lanzado probablemente no por Simon sino por De Sica a su colega Antonioni. Mature le robaba la función al mismísimo Sellers, estaba espléndido. ¿Espléndido Victor Mature? No habrá habido figura en la historia del séptimo arte tan vilipendiada como Mature por su máscara de inexpresividad, pero quienes siempre hemos sentido afecto por él valoramos básicamente su presencia: su porte, su rictus facial, sus cejas… todo en él era específicamente de cine, cualidad que otros de mayor estatura (Laurence Olivier, sin ir más lejos) no pudieron ni olisquear. Imposible concebir un Sansón más adecuado. Inolvidable en el cine negro de Hathaway (El beso de la muerte, 1947 ), Siodmak (Una vida marcada, 1948) o Fleischer (Sábado trágico, 1955). Y el mejor Doc Holliday de la historia, sin discusión. Para muchos formó parte de nuestra educación sentimental en cines de barrio: Safari y Zarak, ambas del 56 (Roc Villas me contó una vez que de pequeño estas dos las había visto juntas en un programa doble: eso marca), Caravana del Oeste (1958), Aníbal (1959), etc. Con títulos de este jaez se forjaron hordas de aficionados todavía no enganchados al popcorn aunque sí a la pegadolça. Pues sí: espléndido Victor Mature en Tras la pista del Zorro. ¿Algún problema?

Sin la chufla autoparódica de Mature, Michael Keaton encarna también a un has been de la pantalla y actor de teatro. Su celebridad le viene de una trilogía superheroica, Birdman, y a nadie se le escapa que Keaton fue hombre murciélago mucho antes de empezar a ofuscarse. Como Mature pero con sesgo más trágico, Keaton se mira mucho en el espejo, constata las ruinas que en él ha esculpido el tiempo. Y también está espléndido, insuperable, en una película que supone una doble y feliz resurrección, la suya y la de Alejandro González Iñárritu, cuyo título precedente, la lamentable Biutiful (2010), hacía temer que de ese fiasco no se recuperaría. Birdman es una obra extraordinaria en todos sus apartados. Narrativamente, es atrevida como pocas pero radicalmente hipnótica: una virtuosa cámara fluida, levitante (como el propio protagonista) que ata toda la historia como si de un solo plano secuencia se tratara. Habla de los encuentros y desencuentros entre realidad y ficción y las funde en un todo coherente. Los diálogos son de una inteligencia cada vez más inusual, y en ellos conviven en plena armonía, sin resbalar ni jerarquizar, citas a Roland Barthes o a Farrah Fawcett. Pinta el mundo del teatro, el teatro de hoy, el Broadway de la era del twitter, con penetración, a la vez respeto y causticidad. Y todo metido en un paquete de naturaleza fantástica, con efectos de superproducción mastodóntica cuando toca; la escena más maravillosa es la del vuelo de Keaton, ida y vuelta, desde (y hasta) el tejado. Y eso que lo del vuelo poético en las películas da miedo: desde que a Alan Parker se le ocurrió rodar Birdy (1984), cada vez que alguien se pone a volar, metafórica o simbólicamente, e incluyo a Javier Bardem en Mar adentro (2004), me echo a temblar. Birdman es todavía mejor, más acabada, que Cisne negro (2010), con la que se puede comparar en tanto que disección del arte escénico (allí la danza concretamente) mediante recursos propios del género fantástico. Y hay otra escena que no se borrará de la memoria: el diálogo, empapado de veneno, entre Keaton y la crítica de teatro en la barra del bar nocturno (por cierto, también un crítico de cine aparecía en la escena final del juicio de Tras la pista del Zorro, solo que cruelmente tratado como un payaso). Birdman tiene nueve nominaciones al Oscar (Keaton, por supuesto, una de ellas) y, por una vez, hay que decir que se las merece todas.

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