Una emoción grande, enormísima

Una niña dando sus primeros pasos. Otra niña dando de comer a su gatito. Dos imágenes de jardín familiar, la segunda muy renoiriana (Pierre-Auguste y Jean a la vez), que transmiten una profunda y muy humana ternura. Más que dos imágenes son dos películas, dos micropelículas de las 108 que componen la sobresaliente, fascinante ¡Lumière! Comienza la aventura. La antología incluye los clásicos conocidos (vemos el tren llegando a la estación, la comida del bebé, la demolición del muro, el regador regado o la salida de los obreros de la fábrica, del que catamos tres versiones distintas) y un centenar de perlas nunca o muy rara vez vistas. El conjunto es la mayor explosión de cine puro que jamás haya impactado en nuestras retinas. La experiencia de ver 108 películas desfilando sin pausa, además de ser un placer inmenso y despertar una emoción enormísima, constituye también un serio problema de asimilación. Cada pieza de los Lumière y/o su equipo de operadores desplegado alrededor del mundo requeriría una observación más atenta a los detalles. Está claro que es la película que habrá que comprar en DVD para proceder al análisis y el disfrute pleno de cada título, volviendo a él si conviene cuantas veces sea de menester (sería deseable que la edición aquí fuera la misma que la francesa, con sus correspondientes libreto, presentación a cargo de Tavernier y extras, entre ellos un documental firmado por Eric Rohmer en 1968, Lumière, en el que participaron Jean Renoir y Henri Langlois).

Hasta ese momento, los noventa ininterrumpibles minutos de ¡Lumière! Comienza la aventura que ahora podemos ver en cine se devoran como ágape pantagruélico y el más feliz regalo cinéfilo del año. Su interés se multiplica con los comentarios de su autor, Thierry Frémaux, que ha estudiado a fondo la obra de los Lumière y analiza cada título descubriendo el caudal de inspiración e intuiciones que albergaban los pioneros del cinematógrafo en cuanto a planificación e incluso sentido de la narración aun dentro del límite de la toma única. Intuiciones que llevan a Frémaux a constatar un plano americano avant la lettre, otro digno de Walsh (la inundación, el carruaje, la gente curiosa que contempla la escena), una idea compositiva de Ford, etc. Que El regador regado inaugurara casualmente la comedia era cosa sabida, pero ahora descubrimos que la factoría Lumière abordó igualmente otros géneros, como el bélico o, rizando el rizo, el cine gore: el impagable corto del accidente de coche, cuya víctima multiamputada recobra la vida por arte de magia (convertida, como agudamente observa Frémaux, en una premonición del Michel Simon de Boudu salvado de las aguas), sorprende también por el uso del truco, del efecto especial: Lumière y Méliès en la misma constelación. ¡Lumière! Comienza la aventura es una fuente incesante de hallazgos, una reveladora lección de cine. Y, contra todo pronóstico, no es un ejercicio de arqueología para museos de cine o eventuales historiadores: rodadas alrededor de 120 años atrás, todas las piezas aquí convocadas exhalan una vitalidad, un tan sincero y alegre amor por todo cuanto la cámara registra (pequeñas y hermosas cartas de amor a la vida), que debería hacer sonrojar a la mayoría de cineastas modernos. Que, el mismo viernes, se estrenara una película francesa tan mediocre como Atraco en familia viene a corroborarlo: ¿dónde queda el legado de los Lumière?

 

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