Macedonia

1: Telurismo. Se estrenó el viernes pasado El árbol de la sangre, de un imitador de Julio Medem que firma con el mismo nombre y el mismo apellido. Momento cumbre (o melodía psicotrónica): el gran Josep Maria Pou cantando en ruso. Como dice Jordi Costa, “resulta imposible despegar los ojos de la pantalla”. Lo mejor del árbol: su savia sabia, su desafiante mezcla de marmitako y esqueixada, caldo de culebrón y cocido mafioso, hierbas románticas y migas de la guerra civil, etecé, etecé.

2: El grito: Así como Medem, pese a sus fogonazos de genio creativo, ya no es quien era en tiempos de La ardilla roja (1993), Tierra (1996) o Los amantes del círculo polar (1998), tampoco Spike Lee es, en los últimos lustros, el de Haz lo que debas (1989) o Mo’Better Blues (1990). Infiltrado en el KKKlan es una feliz excepción y un modelo de equilibrio entre lo antes llamábamos el contenido y el continente: el grito de rabia de un activista hoy tan necesario como ayer expresado a través del molde del cine policíaco clásico, de solidez narrativa impecable. Muy recomendable.

3: Galaxia J. J. No hace falta ser Kubrick y dedicar diez años de vida a un solo proyecto, pero uno cree que para levantar un nuevo episodio-pirámide de Star Wars, el noveno, hace falta concentración. Pues no: J. J. Abrams rueda la nueva entrega galáctica a la vez que, este mismo año, estajanovista recalcitrante, pone su firma, como productor o productor ejecutivo, a The Cloverfield Paradox, Misión: Imposible. Fallout, Overlord y las series Westworld y Castle Rock. Overlord, un sabroso divertimento ya degustado en Sitges, se estrena el próximo viernes, y Castle Rock acaba de aterrizar, más que aterrorizar, en Movistar. Buen acabado, enigmas poderosos, clima pasablemente inquietante, citas constantes al universo de Stephen King que alegrarán la existencia del incondicional (de El resplandor a Cadena perpetua) y un interés digamos que relativo: acabas cada episodio con la sensación de bueno, vale, que pase el siguiente a ver qué tal, la comparas con aquella exaltada sed de más, más y más, por favor, con que concluías cada capítulo de Alias o Perdidos y te das cuenta de que no, ya no es lo mismo.

4: Docencia. Además del biológico, todos los cinéfilos hemos tenido otros padres, lejanísimos ya en el tiempo los del bloguero, que nos enseñaron a caminar por la vida. Gary Cooper y Spencer Tracy cuidaron de que fuéramos al cole bien vestidos y peinados y que hiciéramos los deberes. A sus antípodas, Errol Flynn y Clark Gable nos llevaron a cantinas apestosas, con superávit de tabaco y alcohol, y después (o antes) al burdel. John Wayne nos enseñó la entereza, y en nuestros sueños montábamos a caballo y disparábamos a latas de fríjoles vacías. El único padre vivo, Kirk Douglas, nos invitó a mirar siempre adelante, a perseverar y luchar contra vientos y mareas y alambradas de espino. Hubo otros dos padres antitéticos pero amigos, Henry Fonda y James Stewart, cuyas lecciones fueron macerándose con los años hasta que entendimos que uno señalaba con el dedo hacia la izquierda y el otro hacia la derecha y que había que elegir, democráticamente. Para ir al parque el domingo a ver patitos y echarles pan, dos papás sin parangón: Jacques Tati y Jerry Lewis. ¿Qué padres fílmicos educan hoy a nuestros hijos, a nuestros nietos? ¿Keanu Reeves, Robert Downey Jr., The Rock….? Esto no chuta. Otro día hablamos de las mamás.

 

 

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