Servicio público: El Oeste canario

Unos días de relajadas vacaciones en Lanzarote la pasada semana le permitieron al bloguero descubrir algo muy estimulante de Televisión Canaria: su amor por el western. Cada día, alrededor de las cuatro de la tarde, hora de sobremesa y siesta tonificante, ponías el canal autonómico y comenzaba una del Oeste. Copias excelentes, por añadidura. Un día, El Álamo (1960). Al día siguiente, nada menos que El gran combate (1964). Al otro, La batalla de las colinas del whisky (1965); al de más allá, El oro de Mackenna (1969), y al posterior, La puerta del cielo (1980). Y no se lo pierdan, porque, al parecer, hasta donde alcanzó a otear el bloguero, no emitían uno, sino dos, programa doble. Después de El gran combate, un western de David Butler, Retaguardia (1954), basado en una novela de James Warner Bellah adaptada por Sam Fuller. Tras la cómica batalla etílica de John Sturges, Tom Horn (1980). Y después del macrowestern de Cimino, Grandes horizontes (1957), de Gordon Douglas, con Alan Ladd, Virginia Mayo y Edmond O’Brien. No está mal. También pilló el bloguero un programa de cine, autóctono como las papas arrugadas con mojo picón, donde elogiaban encendidamente La vida es bella (1997), Braveheart (1995), Million Dollar Baby (2004), El lobo de Wall Street (2013) y, ¡ay!, Intocable (2011), el momento perfecto para desconectar el aparato y darse un chapuzón en la piscina.

De regreso a Barcelona, una rápida visita a la web de Televisión Canaria para comprobar que, efectivamente, la fiesta continúa: Horizontes de grandeza (1958) y Fuerte Yuma (1955) el lunes 8, Agáchate, maldito (1971) y Un hombre impone la ley (1969) el martes 9, Otro hombre, otra mujer (1977) y Una bala para el diablo (1967) el miércoles 10, El póker de la muerte (1968) y La última aventura del general Custer (1966), en su día estrenada como La última aventura a secas, el jueves 11, y Fort Apache (1948) y La furia de los siete magníficos (1969) el viernes 12. Lo dicho: no está mal; una oferta sabrosa y variada.

Hace años, bastantes ya, algunos canales de televisión pública solían amenizar cada tarde de verano, como Televisión Canaria hace ahora, con la proyección de un western. Un gesto auténtico de servicio público, de higiene cultural, cada vez más infrecuente en las parrillas televisivas. Una dieta de western diario (o dos diarios) sólo les parecerá exagerada a quienes hayan nacido cuando la gente ya le daba la espalda a nuestro género predilecto. Sin embargo, de la misma manera que hoy muchos van al gimnasio un par o tres de veces por semana, antes, medio siglo atrás, era habitual ver en ese mismo espacio de tiempo dos o tres westerns, de estreno o en cines de barrio. Ejercicio de salud mental como pocos. Las películas del Oeste, en cualquier caso, resisten, no están dispuestas a permanecer en ninguna unidad de cuidados paliativos. En tiempos de superhéroes, bestias gigantes y mil modulaciones en el campo del terror, el western luce puntualmente su robusta musculatura, y ahí están títulos recientes tan brillantes como los de Joel y Ethan Coen o Jacques Audiard certificando un presente fértil y creativo. Y los canarios, con sus modélicas sesiones de tarde, recordando a la audiencia su pletórico pasado, inmarcesible patrimonio de la humanidad.

 

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Carpaccio marca Hooper

Cada vez se impone más el menú cerrado, sin opción a una carta rica y variada. Buscar en la cartelera cinematográfica (el equivalente a) unos caracoles a la bourguignon o una humilde esqueixada como Dios manda es tarea ya imposible, de tirar la toalla antes de que el púgil se suba al ring. Priman los platos recalentados, léase secuelas o remakes. O los dichosos reboots, que son el kebab nuestro de cada día. En pocas semanas, pisándose los talones, han desfilado por nuestras pasarelas el reboot de Hellboy y el de los Men in Black, además de secuelas de reboots de los mutantes X-Men y el gigante Godzilla. Como esto no hay quien lo pare, ya tenemos reboot para el próximo viernes, Muñeco diabólico, que, dentro de su modestia, es quizás el título más atractivo (y sin duda el más divertido) de todos los citados. La saga iniciada en 1988 por Tom Holland, cuando este nombre todavía lo asociábamos a Noche de miedo (1985) y no a Peter Parker, y que tuvo su momento más inspirado cuando, diez años después, Ronny Yu firmara la descacharrante La novia de Chucky (1998), renace fresca y locuaz y pertinentemente actualizada, dando el paso de lo analógico (el juguete que podría formar parte del dream team de Woody y Buzz) a lo robótico (el Haley Joel Osment todo él inteligencia artificial), algo que añade un plus de inquietud distópica al ya de por sí inquietante catálogo de muñecos con alma satánica del cine, del memorable episodio dirigido por Alberto Cavalcanti en Al morir la noche (1945) a la espectral Magic (1978). El actual cine de terror sigue marcando distancia. Sin ensuciarse la ropa con la abusiva parafernalia tecno-digital de tantos y tantos blockbusters de usar y tirar, cala hondo en nuestras membranas echando mano del ingenio, lo alusivo y cierto refinamiento formal, y ahí están Nosotros o la enjundiosa y subestimada El hijo, estrenadas en fechas recientes, como botones de muestra. El Muñeco diabólico que ahora nos ofrece Lars Klevberg es un tan sencillo como gustoso slasher clásico muy consciente de las teclas que ha que pulsar sin renunciar a las fuentes. Su gran momento rinde jocoso homenaje a The Texas Chainsaw Massacre 2 (1986), de Tobe Hooper, con ese fino, delicado carpaccio de rostro humano gentilmente reciclado en regalo de cumpleaños con forma de pelota Nivea.

Quienes no estén por la labor y muy lícitamente prefieran otro tipo de cine, este viernes tendrán también a disposición una pequeña joya, la película catalana Els dies que vindran, el nuevo largometraje de Carlos Marques-Marcet. Nueve meses sabiamente contados en noventa minutos, del predictor a la cesárea. Riquísima en detalles, diálogos inteligentes pero nunca enfáticos, realización atenta a los rostros y a lo que delatan u ocultan… La escena en que los protagonistas reciben la noticia del aparatito de marras es extraordinaria: gracias a un montaje de económica precisión, pasamos de las risas descontroladas al silencio de un abrazo fuerte y revelador y de inmediato al llanto fruto de un muy humano desconcierto. Esa fluctuación de los estados de ánimo se reproducirá de manera muy natural a lo largo del embarazo, de la alegría (la búsqueda de un nombre para la niña) a las discusiones acaloradas (una simple copa de vino puede encender la mecha). ¿Comedia? ¿Drama? La vida es aquí el género.

 

500

“Ha salido Dirigido por… Nos da la impresión de que nuestros esfuerzos se han visto compensados. En realidad queríamos hacer algo, plasmar de alguna manera nuestra afición común… EL CINE. Hay muchos que comparten nuestra pasión, deseamos llegar a ellos. No sabemos si llenamos algún espacio vacío, lo que sí sabemos es que cada mes os presentaremos un director distinto y de ser posible directores que poco a poco nos descubran la apariencia de un arte no suficientemente valorado. Bajo el siguiente índice: estudio, entrevistas, críticas y una filmografía completa, será el reflejo de nuestra preocupación para teneros informados. Nuestros medios son modestos, modestísimos. Queremos durar. Vosotros tenéis la palabra”.

Con estas líneas saludaba al lector el número 0 de Dirigido por…, consagrado a Claude Chabrol. Luego vendría el número 1, un estudio dedicado a Stanley Kubrick. Estamos en 1972. “Queremos durar”, decía la editorial del número 0. Lo consiguieron: este mes, junio de 2019, acaba de salir el ejemplar número 500. Con medios “modestos, modestísimos”, la revista fundada por Edmond Orts ha logrado mantenerse en pie durante cinco décadas. Felicidades a todo el equipo, especialmente a Enrique Aragonés y a sus proverbiales perseverancia y tozudez.

Para la generación del bloguero, Dirigido por… no podía haber nacido en mejor momento. El cine lo llevábamos ya en las venas desde las dictaduras del chupete y el sonajero y Fotogramas, nuestro faro entonces semanal, nos había inoculado el virus del cine escrito y leído. Habíamos pillado Nuestro cine y Film Ideal en sus fases terminales, pues desaparecieron al despuntar los setenta. “No sabemos sin llenamos algún espacio vacío”; pues sí, el que dejaron esas dos publicaciones señeras. El caso es que empezamos a devorar cada mes Dirigido por…, que nos abrió ojos y caminos. Nunca dejó de ser una revista con el objetivo de estudiar a un director, pero con el tiempo se abrió a todo tipo de reportajes, críticas de los estrenos, cubrimiento de certámenes, bandas sonoras (la longeva sección de Joan Padrol), televisión, vídeo, dvd y así hasta alcanzar un presente que presta la debida atención a las plataformas online. Crecer leyendo Dirigido por…, aunque por supuesto no únicamente Dirigido por…, fue un placer que sólo podemos pagar con reconocimiento: memorables recuerdos de memorables textos de Miguel Marías, de César Santos Fontenla, de José María Latorre o de Rafel Miret, que al bloguero le hizo babear con su riguroso artículo sobre Ozu, en dos números seguidos allá por 1981, pues del cineasta japonés apenas habría visto entonces un par de películas. El hitchockiano-felliniano Latorre capitaneó la nave como redactor jefe, dándole una muy específica personalidad, desde principios de los ochenta hasta 2011, relevándole Tomás Fernández Valentí, actualmente al timón.

Háganse con un ejemplar del número 500 ahora mismo en los quioscos y celebren la efeméride con este especial sobre el cine del siglo XXI, coordinado por Quim Casas, el gran peso pesado de la revista desde hace un mogollón de años. Para la ocasión, un puñado de críticos, la mayoría afines a Dirigido por… pero también algunos invitados externos, han participado en una votación sobre los mejores títulos realizados entre 2000 y 2018. En lo referente a las españolas, empate entre La isla mínima (2014) y En construcción (2001); Mulholland Drive (2001) vence en solitario como mejor película extranjera.

 

Incombustible Stallone

Por lo visto y leído, uno de los acontecimientos más celebrados por la afición en el pasado Festival de Cannes fue la presencia de Sylvester Stallone, que vino a presentar unos minutos de la última hazaña de Rambo y una copia restaurada de la primera, Acorralado (1982). Revisando su filmografía, vemos que este año se cumplen cincuenta de su primer papel, en algo titulado The Square Root (1969), aunque su fama no le llegaría hasta siete años más tarde, con Rocky (1976). Que hoy, tantas décadas después, monte pollos como el de la Croisette, de acogida mediática incluso superior a la de la santa trinidad Tarantino/DiCaprio/Pitt, sin duda merece una detenida observación. Porque es innegable que, a sus casi 73 tacos, sigue mandando en el mercado. ¿El secreto de su éxito? Permitan al bloguero la aparente inmodestia de la autocita en el siguiente párrafo, extracto de un texto suyo del libro El cine según Phenomena que explora el asunto (extracto que habría que poner al día con dos rockys más y el próximo rambo):

“Por sus limitados registros interpretativos y su estolidez, Stallone ha recibido más varapalos que ninguna otra estrella del firmamento hollywoodiense, pero existen por lo menos tres argumentos para intervenir en su defensa. 1) Stallone es un actor más implicado en sus personajes que otros muchos actores en los suyos, empezando por el de Rocky Balboa, que es una creación suya y le valió una nominación al Oscar por el guion. Que a veces se ponga detrás de la cámara y ejerza de productor, además de guionista, subraya su deseo de controlar hasta el mínimo detalle el resultado de sus productos. En este sentido, la tozudez de Stallone dictó felizmente su destino: los productores de Rocky, entusiasmados con el proyecto, le ofrecieron el oro y el moro por el guion, pensando en actores famosos para interpretar al púgil, pero Stallone no cedió hasta que lo aceptaron a él como protagonista. 2) Tiene una innata rapidez de reflejos, con la que ha logrado mantenerse en primera fila a lo largo de cuarenta años. Cuando su carrera se ve amenazada por los bajos rendimientos de sus obras (por ejemplo, cuando ha intentado labrarse un camino en el ámbito de la comedia), de inmediato recurre a sus personajes emblemáticos, el boxeador Balboa (que ha encarnado en seis ocasiones: 1976, 1979, 1982, 1985, 1990 y 2006) y el ex boina verde John Rambo, que presentó su tarjeta de visita en Acorralado (Ted Kotcheff, 1982) y regresó en 1985, 1988 y 2008. Y cuando, por desgaste de fórmula o erosión, ya no puede echar mano de ellos, raudo se saca de la chistera una nueva franquicia, Los mercenarios (Sylvester Stallone, 2010), acogida con entusiasmo por las plateas. Y 3) Su empeño en reencarnarse siempre en sí mismo, en mantener una línea estética y artesanal inquebrantable, sin temor al anacronismo (la actual saga de Los mercenarios es genuinamente ochentera, le da la espalda al rugido mastodóntico y al exceso de piruetas digitales del momento), acaban otorgando a sus epopeyas un sello personal, un estilo. ¿Podrían entrar las action movies de Stallone en la etiqueta cine de autor?”.

Tenacidad, perseverancia y unas buenas dosis de personalidad robusta serían, pues, las claves de su permanencia. En los años ochenta y noventa, el ojo cinéfilo centró su mirada en Arnold Schwarzenegger en detrimento de Stallone. Arnie, su gran rival en el campo de la action movie hipermusculada, era más guasón, pintaba a sus héroes con un barniz de ironía. Pero Sly es infalible en el contraataque: en 1993, el gran combate entre Máximo riesgo y El último gran héroe acabó con la victoria por KO taquillero de Stallone. Y ahora mismo, cuando la carrera del ex gobernador de California atraviesa su peor momento, la del viejo potro indomable parece recobrar la fuerza de antaño. El tiempo, en cualquier caso, todo lo revisa, todo lo relativiza: ¿quién nos iba a decir, hace veinte o treinta años, que una nueva aventura del fascista Rambo, tan detestado entonces, nos apetecería (viene con la compañía de Paz Vega, todo un regalo) casi tanto como la próxima tribulación de Bond o Ethan Hunt?

 

¿Por qué adoramos a Nicolas Cage?

Es fácil reírse de un juguete roto. Nicolas Cage, a veces, lo parece. Pero no es un juguete cualquiera: es de buena familia (los Coppola), rico (más antes que ahora) y famoso y con un período inicial de interpretaciones notables que remató el Oscar al mejor actor protagonista, la consagración total. Pero, de repente, comenzó a circular por productos de acción de segunda categoría, de tercera o cuarta a menudo, y a desmelenarse y sobreactuar hiperbólicamente en papeles de puro delirio poniendo cara de estornudo filipino o sin necesidad de poner cara: en Furia ciega (2011) se carga media docena de matones en la habitación de un hotel mientras fornica vestido, con gafas de sol, fumando un puro y bebiendo whisky. Hace un año, la revista Sofilm le dedicaba un extenso reportaje y la portada, donde se le definía como “el mejor y el peor actor del mundo”. No está mal: Henry Fonda y Curd Jürgens en un mismo esqueleto. Poco después se estrenaba Mamá y papá (2017), todo un recital de su vena más desaforada, y en su crítica Jordi Costa perfiló magistralmente el affaire Cage: “Nicolas Cage es al cine de género lo que Raphael a la canción ligera: un volcán en erupción, una catedral de diamantes en llamas levantada en medio del desierto, una explosión de barroquismo que hace del exceso su punto de partida…”. Insiste Costa: “Para el iniciado, sus puntuales ejercicios de contención interpretativa suelen ser recibidos como un bajón, porque el artista brilla y deslumbra no cuando se le doma, sino cuando se le desata”.

Dos consideraciones se imponen aquí: 1) Pensándolo bien, Cage ya era así mucho antes de jugar en la liga psicotrónica: ¿No era su Sailor de Corazón salvaje (1990) un tsunami descontrolado? ¿Y el chiflado protagonista de Arizona Baby (1987)? Lo que distinguía a esas obras, y por extensión a él lo ennoblecía, era el buen e inmejorable cine que contenían, algo que no puede decirse de la mayoría de saldos que el actor viene ofreciéndonos en los últimos tiempos, hasta cinco por año si conviene, estrenados directamente en DVD o en plataformas de pago causando a veces daños colaterales: Jerry Lewis tuvo el dudoso honor de despedirse del cine dando vida al padre de Cage en la rutinaria The Trust (2016). Y 2) Pese a la abundancia de películas calamitosas, ave Fénix Cage renace puntualmente como actor de carisma robusto, ya sea arrimándose a árboles de frutos salutíferos (Herzog o Schrader) o dando con artefactos de gozoso y perdurable cine loco como Mandy (2018), un traje a su medida.

Él, contra viento y marea, sigue imparable, lanzadísimo. Tiene ya preparados siete títulos por estrenar, siete, dos de ellos prometedores sobre el papel atendiendo al talante, al talento de sus directores: Color Out of Space, de un autor maldito donde los haya, Richard Stanley, y Prisoners of the Ghostland, de Sion Sono, un cineasta impredecible y tan desmedido como el propio Cage. ¿Estarán para Sitges? Pensando en Cage, el bloguero no resistió la tentación de montarse un maratoniano programa triple en casa con tres de sus recientes trabajos, de interés indiscutible para miembros del club de fans de San Nicolas: Objetivo: Bin Laden (2016), de Larry Charles; Vengeance: A Love Story (2017), de un tal Johnny Martin, y 211 (2018), de un tal York Shackleton. En la película de Martin, modesta y chata pero no desagradable, un Cage estólido es el poli bueno que se aplica en hacer justicia charlesbronsoniana después de una brutal violación. 211, en la que encarna a otro poli, es un embolado insensato que mezcla terrorismo, un sangriento atraco bancario y varias historias personales que incluyen el acoso escolar a un buen chaval, las malas relaciones entre Cage y su hija, etc., etc. No es un bodrio, pero tiene un razonable parecido. Larry Charles ha lidiado varias veces con Sacha Baron Cohen, y en Objetivo: Bin Laden dirige a Cage como si fuera el protagonista de Borat (2006): un Cage requetepasado de vueltas, con melenas y barba blanca e impostada voz aguda, de hecho calcando al verdadero personaje que interpreta, Gary Faulkner, un excéntrico iluminado al que Dios en persona mandó liquidar al líder de Al-Qaeda. Es una sátira dinámica y divertida y el protagonista de Peggy Sue se casó (1986) se mueve en ella como pez en el agua. Después de la maratón, urgía un buen brandi doble y una conclusión: te lo mires por donde te lo mires, Nicolas Cage es un tío simpático, como lo era James Coburn.

 

Ladislao, pan (artesanal) y (buen) vino

En los duros años de la posguerra, dos húngaros de nombre Ladislao llegaron a España para sembrar toneladas de alegría en la oscura realidad del país con sus respectivos talentos: Kubala, as del balompié, y Vajda, cineasta. Ladislao Vajda, que ya llevaba varios años de vuelo en el oficio en su país, en Gran Bretaña, Francia o Italia, encajó en el cine español con la misma precisión que su compatriota Michael Curtiz en Hollywood. Huía de las dictaduras de Hitler y Mussolini y halló refugio en la de Franco, cosas de la vida. En España desde 1942, realizó una docena de competentes películas en el transcurso de esa década, pero fue en la siguiente donde alcanzó la gloria: Ronda española (1952), Doña Francisquita (1952), Carne de horca (1953), Aventuras del barbero de Sevilla (1954), Tarde de toros (1956), Mi tío Jacinto (1956), Un ángel pasó por Brooklyn (1957), El cebo (1958) y, claro está, la popularísima Marcelino, pan y vino (1954), uno de los exitazos de la historia del cine patrio que el bloguero, con el cráneo taladrado por el catecismo del cole, contempló de niño como una auténtica película de terror. Tauromaquia, zarzuela, bandolerismo mesetario, religión, coros y danzas de la Sección Femenina falangista… ¿Podía Vajda dar el paso del gulash al gazpacho y los callos a la madrileña? Pudo y lo hizo admirablemente. Algo tendrían esos húngaros: no hay película más americana que Casablanca (1942), no hay productor más inglés que Alexander Korda. Vajda falleció en Barcelona en 1965, durante el rodaje de La dama de Beirut, un vehículo para Sara Montiel que concluyó Luis María Delgado.

De su impecable nivel narrativo da buena cuenta Séptima página (1950), que la pasada semana emitió el programa de La 2 Historia de nuestro cine, una película coral con cantidad industrial de insignes galanes, galanas y característicos de nuestro cine cuyo núcleo central es el periodismo: la redacción de un diario, La Jornada, es la espoleta que activa una serie de historias dramáticas, románticas, adúlteras y de intriga policial con puntual parada y fonda en la comedia. Clasicismo a granel, muy a la americana. Las escenas del rotativo tienen una justeza de tono hawksiana, las de la sala de fiesta ostentan una elegancia que es puro Mark Sandrich. Y hay un toque en su estructura poliédrica del Duvivier francés de Bajo el cielo de París, rodada al año siguiente. Lo mejor es cuando comparece el humor: el redactor de sucesos que lamenta que el vagón de metro descarrilado no llevara pasajeros (que recuerda la célebre crónica del accidente de tren en que “afortunadamente, todos los muertos viajaban en tercera clase”), el hilarante interrogatorio a Manolo Morán en el hospital o la fugaz, memorable intervención de Pepe Isbert y su disertación sobre los bolsos de cocodrilo y los de imitación, diálogo que se diría escrito por Mihura o Jardiel y que se debe al hoy olvidado José Santugini. Séptima página no es, ni mucho menos, una obra maestra, sino un simple producto de confección de su tiempo, artesanal y escapista, para el gran público, para el público llano, pero hoy sorprende constatar qué finura y grado de sobriedad formal consumía el gran público, el público llano de la época.

 

Cuatro pasos por las nubes

1: Programa doble. Lunes de Pascua de 1969 (caía en marzo), cine Avenida de la Luz de Barcelona, programa doble: Tuyos, míos, nuestros… (1968), “¡un manantial de carcajadas en una película de inagotable comicidad!”, con Lucille Ball, Henry Fonda y Van Johnson, y, de complemento, como decíamos entonces, Misión en Hong Kong (1965), “el sobrecogedor film de espionaje” protagonizado por un Stewart Granger ya muy venido a menos. ¿Sabíamos hace medio siglo que eran dos cintas muy mediocres? ¿Hacía falta saberlo? Hoy se hará difícil de entender, pero aquellos programas dobles de nuestra infancia y nuestra adolescencia eran siempre y sistemáticamente goces monumentales. Nos gustaba ver a los actores y actrices, sentirnos en día de fiesta compartida de olor salado (altramuces, cacahuetes…), disfrutar del movimiento constante de los personajes y de los juncos de la bahía hongkonesa y sus colores, etc. El grado de disfrute no era menor del que hoy sentimos si vemos, juntas, El hombre tranquilo (1952) y El maquinista de La General (1926); incluso diríamos que era más… ¿puro?

2: Una de romanos. Sigue acertando Movistar + en la producción de miniseries cómicas. Tras Vergüenza, Matar al padre, Mira lo que has hecho o Vota Juan, entre otras, ahora nos regala Justo antes de Cristo, seis breves episodios de rico péplum ibérico concebidos por Pepón Montero y Juan Maidagán, los artífices de Camera Café (2005-2009) y Los del túnel (2017), con la contribución en la dirección de Borja Cobeaga. Aunque todas son muy personales y diferentes, hay una corriente subterránea que recorre estas series: un humor formulado en segundo grado, tongue-in-cheek. No es Justo antes de Cristo una parodia del cine de romanos, como Golfus de Roma (1966) o La vida de Brian (1979), sino un artefacto cómico mucho más sofisticado. Te ríes de situaciones que parecen absurdas pero están expuestas según una lógica inapelable: ¿es normal que importantes patricios romanos no tengan claro si están en guerra con el enemigo o ya están en paz? No, no es normal, pero tal como Montero y Maidagán lo muestran lo parece. El reparto está en su salsa, una salsa con puntuales residuos chanantes. Sensacionales todos: Julián López, César Sarachu, Eduardo Antuña, Marta Fernández Muro, Xosé Antonio Touriñán, Manolo Solo… Tampoco hay morcillas, que esto no es un vodevil de teatrucho apolillado, pero fácilmente detectas ingeniosos detalles que teletransportan la ficción a nuestros días: el apego de Julián López a sus sucias sandalias, como si fueran marca Nike, o su descubrimiento del placer de cagar solo en el monte, que entiendes cuando describe las letrinas públicas. ¡Y qué buena idea la de atar ese ir de vientre matutino con la trama del granjero supuestamente cornudo! Todo aquí está magníficamente soldado. Que no se demore la segunda temporada, porfa.

3: Juliette de los (buenos) espíritus. Apabullante currículo: Godard, Doillon, Téchiné, Carax, Malle, Kieslowski, Minghella, Haneke, Hallström, Hsiao-Hsien, Gitai, Kiarostami, Cronenberg, Dumont, Denis, Assayas… Más de treinta años llevan Juliette y su infalible olfato dando en la diana con los mejores cineastas, sin bajar un centímetro el nivel de exigencia, al contrario: creciendo, madurando como la mejor fruta del mercado fílmico. Estuvo superlativa en Las horas del verano (2008) y Viaje a Sils Maria (2014), y ahora repite con Assayas en la deliciosa Dobles vidas. Uno intuye que aún le queda mucho futuro y nos regalará mogollón de placeres. Así sea.

4: Lo auténtico. Si no ves cada día el mar, un río, una hilera de árboles, hierba silvestre o el cielo, tu vida está perdida, eres polvo barrido por la escoba del vacío. Raoul Walsh puede auxiliarte; sus películas son eso precisamente: el mar, un río, una hilera de árboles, hierba silvestre, el cielo…