Sitges Tour (y 3): La gran familia… y cada año unos cuantos más

Vacas sagradas de la interpretación: Nicolas Cage, Tilda Swinton, Ed Harris. Un superhéroe en carne y hueso: Ron Perlman. Amplio y variado surtido de realizadores: Alex Proyas, Gaspar Noé, Panos Cosmatos, Álex de la Iglesia, J. A. Bayona, Gareth Evans, Bart Layton… Actrices y actores marca Piel de Toro: Michelle Jenner, Hugo Silva, Luis Tosar, Sergi López, Dani Rovira, Ernesto Alterio, Ivan Massagué, Julián López… Iconos del cine popular con perfume de cine de barrio de paredes desconchadas: Helga Liné, Pam Grier, Traci Lords, Jack Taylor… Magos del efecto: Greg Nicotero, el egregio Douglas Trumbull. Tres cineastas talla XXL: Peter Weir, M. Night Shyamalan y John Carpenter. Y más, muchos más, incluyendo a dos youtubers, dos ídolos de las nuevas generaciones que convocaron a multitud de fans: Rubius y Wismichu (bonito nombre artístico, parece la fusión de Widmark y Mitchum, camino de Oregón). El segundo armó la marimorena con el pase de su ¿película? Bocadillo, generando en las redes miles de comentarios, improperios y conjeturas, entre ellas la de que únicamente era una función-trampa estratégicamente programada para formar parte de un documental que está perpetrando el avispado Carlo Padial, presente con su cámara en la proyección.

Todas estas presencias han convertido Sitges 2018 en el año más caudaloso de los 51 que lleva en funcionamiento. La distancia que separa, pongamos como ejemplo, a Shyamalan de Wismichu es sideral, nadie debería perder un minuto de su preciosa vida intentando equiparar sus respectivas estaturas. También es considerable lo que separa una película de Ingmar Bergman de otra de (con todo el respeto, que es enorme) Santo el Enmascarado de Plata, ambos en la programación. Sin embargo, aquí, en la Blanca Subur, una mágica pócima desjerarquizadora diseminada en el aire, que uno inhala no más pisar la bella población, hermana estas y otras muchas naturalezas contrarias y el disfrute es total. Las películas malas son menos malas, incluso buenas, en Sitges. Las buenas son buenísimas, y las buenísimas casi obras maestras, como Superlópez, el nuevo Halloween o la última locura no de Mel Brooks sino de J. J. Abrams, Overlord, que, con un pellizco de humor, bien podría haberse titulado Doce del patíbulo contra el doctor Frankenstein disfrazado de doctor Mengele. El certamen sigue creciendo. Más público en cada edición. Jóvenes muy jóvenes prueban Sitges por primera vez, como si fuera una pastilla en la discoteca, y repiten al año siguiente, ya felizmente colgaos. Sitges es como una campana de cristal que aísla al cinéfilo omnívoro en permanente hambruna durante once días, teletransportado a un universo donde sólo cuenta la plenitud. Es una suerte que el 12 de octubre caiga siempre en pleno Festival: hace años que el bloguero, como otros tantos miles de festivaleros, vive de espaldas y sin enterarse (estos días no hay tele, ni radio, ni diarios, salvo el imprescindible del Festival, este año rejuvenecido y con todos sus textos, jugosos textos, firmados) de los fastos de la llamada hispanidad.

Y esto es to, esto es to, esto todo, amigos, en lo tocante a Sitges 2018.

 

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