Los inmortales

Noticia de la semana: los Rolling Stones recalarán en Barcelona el próximo 27 de septiembre. Se disparan los inevitables tuits de graciosillos con burlas geriátricas más gastadas que el calzado de Forrest Gump después de recorrer a pie Estados Unidos. De repente, la cabeza te da un calambrazo retrospectivo. O unos cuantos. El primero te lleva a junio de 1990, cuando Jagger y sus muchachotes actuaron en el Estadi Olímpic de Montjuïc. Ya entonces aparecieron chistes sobre la edad jurásica de Sus Satánicas Majestades. Había que ir al Estadi, imperativamente, y fuimos, porque probablemente sería la última gira de los reumáticos Stones. Atinamos cual hombre del tiempo: veintisiete años más tarde, veintisiete, y los cantos todavía rodando, quién lo iba a pronosticar. Lo de que los viejos rockeros nunca mueren va por ellos y únicamente por ellos, pues otros muchos de su misma estatura y quinta, y aún más púberes, andan ya criando malvas. Vayamos más atrás todavía en el baúl de los recuerdos. Estamos ahora en 1976. El 25 de mayo actúa en Barcelona Cat Stevens y poco después, el 11 de junio, los Rolling Stones dan en la Plaza Monumental su primer concierto en España. Como el bolsillo, entonces (como ahora, ¡vaya!), no daba para tanto dispendio, el bloguero se decantó por el gato. Y no lo lamentó: su electrizante arranque con My Lady D’Arbanville, con la pata escayolada a causa de un resbalón en el hotel, todavía está fresquito en el cerebro.

Y ya que andamos acangrejados, demos otro paso hacia la espuma de los tiempos remotos: 1968. Los entonces sí jóvenes inmortales del rock’n’roll son filmados por su homólogo en el séptimo arte, el inmortal Jean-Luc Godard. Aquella primavera fue una bomba para Godard, que entonces ultimaba La gai savoir: el affaire Langlois, las barricadas, el boicot al festival de Cannes… A finales de mayo, el cineasta marchó a Londres, donde entre junio y agosto rodó One plus one con los Stones. Godard estaba mutando, como periódicamente hace, radicalizando su discurso, esencialmente político-ideológico. One plus one está compuesta de escenas filmadas en tomas únicas-planos secuencia de la formación ensayando en un estudio el tema Sympathy for the Devil, alternadas con otras de idéntico postulado estético: las proclamas de unos miembros de los Black Panthers armados con fusiles en un cementerio de coches, la larga entrevista en un bosque a una chica que responde sistemáticamente con un o un no (la actriz Anne Wiazemsky) y las imágenes de una librería fascista donde cada compra va acompañada de un saludo nazi. El recorrido está salpicado de abundantísimos comentarios sobre la cultura popular, Vietnam, Mao, el racismo, el consumismo, etc., conformando un producto caleidoscópico eminentemente godardiano. A su personalísima manera, Godard esculpe en One plus one el zeitgeist del tumultuoso 68. Exactamente dentro de un año estaremos en mayo de 2018. Cincuenta años de todo aquel sarao. Godard deberá hacer algo la próxima primavera, coger su cámara y dar testimonio del aniversario. Lo que sea. Por ejemplo, volver a filmar a los Stones medio siglo más inmortales.

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Godard ya lo tenía claro en 1963

Otra semana, otro aluvión de estrenos. Quienes más o menos (más más que menos) estamos al día de lo que cada viernes vomita la cartelera nos preguntamos muy a menudo, sin respuesta en el horizonte, cómo digerir tantas y tantas horas de cine, cuándo parar la máquina para meditar un poco, separar el grano de la paja, racionalizar el banquete. Relajarse. Esta semana tenemos un menú realmente ecléctico y variado en el que se dan la mano el producto local pequeño, curioso, fallido pero interesante (La pols, de Llàtzer Garcia) y el blockbuster neoclásico (Aliados, de Robert Zemeckis), el cine de auteur más radical (La muerte de Luis XIV, de Albert Serra) y el más popular (La reina de España, de Fernando Trueba), la epopeya catastrofista canónica y francamente decente (Marea negra, de Peter Berg) y la obra ignorada (La primavera de Christine, de Mirjam Unger), el muy aplaudido (con toda la razón del mundo) cine rumano (Los exámenes, de Cristian Mungiu) y el documental rockero (Gimme Danger, de Jim Jarmusch), el honesto filme de denuncia (Bar Bahar, de Maysaloun Hamoud) y la pieza controvertida para exégetas del cineasta posmoderno (¿faro o farol?) por excelencia (The Neon Demon, de Nicolas Winding Refn). Los verdaderos nutrientes, a juicio del bloguero, están en las obras de Zemeckis, Mungiu y Serra, pero algunos de los otros títulos aportan puntuales estímulos y alguna que otra curiosidad. Marea negra, por ejemplo, mete de nuevo en el catastrofismo marino a Mark Wahlberg y Kurt Russell, que ya sufrieron de lo lindo en, respectivamente, La tormenta perfecta (2000) y Poseidón (2006). La de Trueba, tan insuficiente y a la vez tan divertida como La niña de tus ojos (1998), cuenta con un hallazgo magistral: convertir digitalmente al personaje que encarna Penélope Cruz en coprotagonista, junto a Kirk Douglas, de La pradera sin ley (1955). Y es de veras gratificante que, en su multiestelar reparto, haya incluido a Arturo Ripstein, al inolvidable Clive Revill en el papel de sosias de John Ford y a los dos protagonistas de La princesa prometida (1987), Cary Elwes y Mandy Patinkin.

El cinéfilo (¡de acero!) que se haya dado el placer de tragarse estas diez películas volverá a casa de manera semejante a la de los protagonistas que regresan de la guerra, desertores, en Les carabiniers (1963). Con un tesoro. En la película de Godard, Ulysse y Michel-Ange se deleitan ante sus respectivas esposas ofreciéndoles una caudalosa colección de postales que sintetizan el mundo y a la entera humanidad a través de los siglos. La geografía, la historia, la naturaleza, la industria, los transportes, los grandes almacenes, el arte y los artistas, las vedetes, los monumentos, los planetas… El Universo al completo desplegado sobre la mesa y el suelo de una humilde choza de extrarradio. Clarividente, Godard, que ha pasado astutamente de describir la mirada virginal (la primera visita de Michel-Ange a un cine, donde reproduce el asombro del espectador de los Lumière) a subrayar la mirada sobrealimentada, pronosticaba la saturación de imágenes en la que ya comenzábamos a nadar hace más de medio siglo y en la que hemos acabado ahogándonos irremediablemente. Sí: urge parar el carro, detenerse a respirar. ¿Quién será el primero en tomar la decisión de pasarse pongamos quince días seguidos sin contaminarse? Ni pantallas grandes ni pequeñas, ni ordenador ni tableta ni móvil. ¿Quién? Igual descubre el mundo y la vida que tan bien creía conocer reaprendiendo a ver y no únicamente mirar.