Liberty Balance 2017

Un año más, sacando brillo al retrovisor, el bloguero contempla con cierta nitidez los doce meses pasados, tan crispados en el ruedo político, en busca de certezas y peculiaridades en las constantes vitales que mantienen vivo o, según algunos, en estado comatoso el cine de nuestra época. Cinco apuntes para centrar el tema.

 

1: Consumo doméstico

Hace años que se habla de la diversidad de canales de exhibición, de nuevas plataformas en el consumo de imágenes, de una revolución tecnológica que cambiará radicalmente el panorama audiovisual. 2017 ha sido año clave en este asunto. Ha sido el año Netflix, dos sílabas que han levantado encendida discusión en la comunidad cinéfila, en los más prestigiosos festivales de cine, etc. El caso es que las últimas y notables películas de Noah Baumbach, Bong Joon-ho o Borja Cobeaga o un documental tan interesante como Jim y Andy, de Chris Smith, han aterrizado directamente en Netflix. Ciertamente, esto está cambiando ya a velocidad supersónica.

 

2: Mientras el cuerpo aguante

Que el cielo, felizmente, sigue bien enladrillado lo demuestran cineastas fieles a su universo y a su público incondicional. Gente como Shyamalan, Scorsese, Kaurismäki, Allen o Álex de la Iglesia (éste con inusual doblete en 2017) permanecen donde queremos que permanezcan y nos endulzan la existencia una vez más regalándonos aquella repostería artesanal de sabor tan grato y familiar.

 

3: Elogio de la pureza

Un gran hallazgo de 2017 ha sido Estiu 1993, de Carla Simón, donde la cineasta describe sus propias vivencias de la infancia con delicadeza y extraordinaria sensibilidad. Sin caer en la postal nostálgica o en el embellecimiento postizo de los recuerdos que habitualmente lastran estas historias, Simón nos ofrece una obra suavemente aromática, intensa, verista, humana, limpia y profunda y rociada con un perfume que trae a la memoria hitos del cine francés: Renoir, Truffaut, el Eustache de Mes petites amoureuses (1974)… Un filme aureolado de pureza, de auténtica pureza.

 

4: Mrs. Muir estaría satisfecha

Cada año tenemos por lo menos una película que viene a demostrar que los géneros tradicionales constituyen, todavía, una fuente inagotable de renovación bien entendida. Este año hemos tenido dos ejemplos, focalizados en esa vertiente canónica del cine fantástico que son las películas de fantasmas. Mientras El secreto de Marrowbone, de Sergio G. Sánchez, mantiene viva la llama, con cierto decoro, desde el flanco del terror gótico de multisalas, las singulares, sobresalientes Personal Shopper y A Ghost Story exploran nuevos y fértiles horizontes: los fantasmas de Assayas canalizan un discurso muy perspicaz sobre la crisis de las relaciones en nuestros días; el inesperado David Lowery (venía de dirigir la muy discreta Peter y el dragón) los utiliza para ofrecer una idea, muy pura y visual, nada menos que de la eternidad.

 

5: Los Himalaya

Los dos más grandes, grandísimos placeres que el bloguero se ha echado al buche este año constatan un hecho francamente alentador: uno se sitúa en los mismos orígenes del séptimo arte; el otro, en un presente llamado futuro, certificando por si hacía falta que el goce de ver cine dibuja una línea continua a través de los siglos regida por la plenitud y exenta de fronteras. Ahí están, pues, las más de cien películas contenidas en Lumière! Comienza la aventura y la tercera temporada de Twin Peaks compartiendo un mismo podio y proyectando a nuestros hechizados ojos una fascinación insuperada. Los grandes cineastas han tratado al ser humano de muy distintas maneras. Jean Renoir amaba al ser humano. Fritz Lang lo detestaba. John Ford le ofrecía un generoso trago seco. Ernst Lubitsch, un trago espumoso. Luis Buñuel hacía chacota con el ser humano. Alfred Hitchcock lo contemplaba santiguándose con una mano y tocándose el paquete con la otra. Pues bien, Louis Lumière, pionero, se contentaba con retratar sus gestos y su lugar en el mundo y en la vida, con una intuición prodigiosa en el punto de vista y el emplazamiento de la cámara. Gran notario del tiempo, el cine congela la historia como si fuera un langostino y la descongela cuando le (o nos) apetece. Las imágenes de la niña dando de comer a su gatito en el jardín y la niña bebé que da sus primeros pasos en el porche de su casa me persiguen estos últimos meses. Hoy tendrían esas criaturas (no cuento al gatito) alrededor de 120 años. ¿Qué fue de ellas?, ¿cuánto duraron?, ¿les sonrío la vida?… ¿Eran conscientes los Lumière de los infinitos interrogantes que su invento generaría empezando por el esencial “qu’est-ce que le cinéma?” de André Bazin? En cuanto a ese domador de saltamontes galácticos que atiende por David Lynch, éste al ser humano lo esferifica. Lynch es el Ferran Adrià del cine. Y el Gaudí del cine, el Francis Bacon del cine, el Frank Zappa del cine… (y la tele, claro está). Más radical que sus dos primeras temporadas, decididamente inabarcable, Twin Peaks  2017 es una experiencia hipnótica, magnética, hermosa como un catarro en lo alto de una cordillera, que sobreexcita la mente atravesando las aproximadamente novecientas dimensiones de lo irreal, a dimensión por minuto, de asombro en asombro hasta la práctica licuación de los sentidos en ese episodio 8 que es la fuga, ya anunciada en el primer tramo del 3, de todo contacto con la realidad y cuyo fuego (el que camina conmigo) permanecerá en nosotros prendido varias décadas. Está claro que, como toda obra de Lynch, Twin Peaks hay que vivirla antes que entenderla, pero uno no puede evitar la tentación de descifrar su millón de enigmas y concluir que, en realidad, el leño de la epónima señora Margaret Lanterman es el propio cineasta. La próxima vez que me cruce con Lynch le saludaré con una palmada en la espalda y un sonoro “¿Qué pasa contigo, Tronco?”. Feliz año nuevo.

 

 

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Una emoción grande, enormísima

Una niña dando sus primeros pasos. Otra niña dando de comer a su gatito. Dos imágenes de jardín familiar, la segunda muy renoiriana (Pierre-Auguste y Jean a la vez), que transmiten una profunda y muy humana ternura. Más que dos imágenes son dos películas, dos micropelículas de las 108 que componen la sobresaliente, fascinante ¡Lumière! Comienza la aventura. La antología incluye los clásicos conocidos (vemos el tren llegando a la estación, la comida del bebé, la demolición del muro, el regador regado o la salida de los obreros de la fábrica, del que catamos tres versiones distintas) y un centenar de perlas nunca o muy rara vez vistas. El conjunto es la mayor explosión de cine puro que jamás haya impactado en nuestras retinas. La experiencia de ver 108 películas desfilando sin pausa, además de ser un placer inmenso y despertar una emoción enormísima, constituye también un serio problema de asimilación. Cada pieza de los Lumière y/o su equipo de operadores desplegado alrededor del mundo requeriría una observación más atenta a los detalles. Está claro que es la película que habrá que comprar en DVD para proceder al análisis y el disfrute pleno de cada título, volviendo a él si conviene cuantas veces sea de menester (sería deseable que la edición aquí fuera la misma que la francesa, con sus correspondientes libreto, presentación a cargo de Tavernier y extras, entre ellos un documental firmado por Eric Rohmer en 1968, Lumière, en el que participaron Jean Renoir y Henri Langlois).

Hasta ese momento, los noventa ininterrumpibles minutos de ¡Lumière! Comienza la aventura que ahora podemos ver en cine se devoran como ágape pantagruélico y el más feliz regalo cinéfilo del año. Su interés se multiplica con los comentarios de su autor, Thierry Frémaux, que ha estudiado a fondo la obra de los Lumière y analiza cada título descubriendo el caudal de inspiración e intuiciones que albergaban los pioneros del cinematógrafo en cuanto a planificación e incluso sentido de la narración aun dentro del límite de la toma única. Intuiciones que llevan a Frémaux a constatar un plano americano avant la lettre, otro digno de Walsh (la inundación, el carruaje, la gente curiosa que contempla la escena), una idea compositiva de Ford, etc. Que El regador regado inaugurara casualmente la comedia era cosa sabida, pero ahora descubrimos que la factoría Lumière abordó igualmente otros géneros, como el bélico o, rizando el rizo, el cine gore: el impagable corto del accidente de coche, cuya víctima multiamputada recobra la vida por arte de magia (convertida, como agudamente observa Frémaux, en una premonición del Michel Simon de Boudu salvado de las aguas), sorprende también por el uso del truco, del efecto especial: Lumière y Méliès en la misma constelación. ¡Lumière! Comienza la aventura es una fuente incesante de hallazgos, una reveladora lección de cine. Y, contra todo pronóstico, no es un ejercicio de arqueología para museos de cine o eventuales historiadores: rodadas alrededor de 120 años atrás, todas las piezas aquí convocadas exhalan una vitalidad, un tan sincero y alegre amor por todo cuanto la cámara registra (pequeñas y hermosas cartas de amor a la vida), que debería hacer sonrojar a la mayoría de cineastas modernos. Que, el mismo viernes, se estrenara una película francesa tan mediocre como Atraco en familia viene a corroborarlo: ¿dónde queda el legado de los Lumière?