¿Hasta dónde hay que guardar respeto a la comedia popular? ¿Hasta el infinito y más allá?

 

He visto a mi tía abuela Sisqueta, toda una institución en la familia, llorar de risa con Al volante y a lo loco (1962) un día de fiesta en Olesa de Montserrat; a mi abuela materna, ya en Barcelona, partirse el pecho con una comedia, no sé cuál ni tampoco importa, de Norman Wisdom, y a mis padres emitiendo sonoras carcajadas contemplando Guía para el hombre casado (1967), concretamente una escena de la que guardo recuerdo borroso porque no la he vuelto a ver: Walter Matthau frente al espejo del cuarto de baño, rociándose con un perfume casero para ahuyentar a su esposa, fabricado creo que con cebolla (¿o sería ajo?), lo que provocaba en el personaje un recital de muecas sobresaliente. Todo esto sucedió en los lejanos años sesenta, pero permanece nítido en la memoria y suscita reflexiones, ahora que ya ninguno de los protagonistas, salvo el bloguero, está presente, precisamente porque fueron momentos imborrables para todos. Ninguna de estas películas ostenta, ni de lejos, categoría de obra maestra (la de Gene Kelly habría que revisarla: además de Matthau, estaban el fenomenal Robert Morse y, en papeles secundarios o como estrellas invitadas, Jack Benny, Jayne Mansfield, Lucille Ball, Carl Reiner, Sid Caesar, Terry-Thomas…), pero lo que cuenta es que sembraron felicidad, auténtica felicidad a seres queridos y a mí mismo.

Vamos a ver: años sesenta, gente que había vivido la guerra y padecido penurias en la inmediata posguerra, iletrada la mayoría, obligada a ejercer el pluriempleo para mantener a la parroquia, hacer esfuerzos para que no te faltara el TBO cada semana y a la que, llegado el domingo, le apetecía ir al cine de la esquina con programa doble y quitarse toda la mierda que llevaba encima. ¿A esa gente humilde con tan lícita aspiración le vamos a pedir criterio en la selección? Mientras Saura, Regueiro, Martín Patino o Picazo emprendían su cruzada por un cine español realmente nuevo, el pueblo llano seguía consumiendo, erre que erre, Tony Leblanc, López Vázquez & Morales, Gómez Bur, Martínez Soria, etc. (y, de fuera, Cantinflas o De Funès y también dos palabras mayores: Jerry y Lewis). La Tercera Vía, según como se mire, fue un acto de rendición: abrazar la comedia de boina y botijo y disfrazarla con ropajes de modernidad. Pero de inmediato llegaron Esteso y Pajares (y, de fuera, Bud Spencer y Terence Hill) y la noria siguió girando al mismo ritmo y en la misma dirección, aunque ligeramente orientada hacia públicos más alfabetizados: el prototipo de espectador de Los bingueros (1979) era el empleado (preferentemente masculino) de banco u oficina de seguros, el mismo que comenzaría a frecuentar las salas X cuando abrieron sus puertas.

Conclusión: un respeto, un respetazo, a todos los cómicos, sea su linaje de primera fila, de segunda o de tercera, que han hecho gozar a las plateas a lo largo de un siglo y pico de imágenes cinematográficas, y en el cajón de sastre cabe de todo: los Ritz Brothers, The Three Stooges, Franco & Ciccio, Cheech & Chong, los Calatrava… ¿Joe Rígoli? Bueno, todo tiene un límite en este mundo. ¿Dónde lo situamos en el terreno que pisamos? Difícil, cosa peliaguda marcar fronteras en asunto tan resbaladizo. La línea roja la dibujaría la infamia; es decir, el insulto flagrante a la inteligencia del espectador. Ahí sí entraría un buen puñado de Ozores, por muchas risas que haya provocado. Aquí huele a muerto… (¡pues yo no he sido!) (1989), de Álvaro Sáenz de Heredia, me parece un buen ejemplo de comedia a la que podemos perder el respeto sin dolor de conciencia, aunque sea por reciprocidad: ella ya no nos respetó como público. Pongo el punto y enseguida siento que me equivoco: seguro que habrá alguien, cuarentón o cincuentón, que recordará cómo se tronchaba aquella tía suya tan simpática, que en paz descanse, una tarde de sábado, con los disparates de Marte y Trece en el castillo de los vampiros, y le tendrá un inmenso respeto, a todas luces legítimo. En breve se estrena Inseparables, que es un remake, pero no el de la película de Cronenberg sino el de la multitaquillera (y para muchos propensa a múltiples urticarias) Intocable. Iremos a verla… respetuosamente.

 

 

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