Ladislao, pan (artesanal) y (buen) vino

En los duros años de la posguerra, dos húngaros de nombre Ladislao llegaron a España para sembrar toneladas de alegría en la oscura realidad del país con sus respectivos talentos: Kubala, as del balompié, y Vajda, cineasta. Ladislao Vajda, que ya llevaba varios años de vuelo en el oficio en su país, en Gran Bretaña, Francia o Italia, encajó en el cine español con la misma precisión que su compatriota Michael Curtiz en Hollywood. Huía de las dictaduras de Hitler y Mussolini y halló refugio en la de Franco, cosas de la vida. En España desde 1942, realizó una docena de competentes películas en el transcurso de esa década, pero fue en la siguiente donde alcanzó la gloria: Ronda española (1952), Doña Francisquita (1952), Carne de horca (1953), Aventuras del barbero de Sevilla (1954), Tarde de toros (1956), Mi tío Jacinto (1956), Un ángel pasó por Brooklyn (1957), El cebo (1958) y, claro está, la popularísima Marcelino, pan y vino (1954), uno de los exitazos de la historia del cine patrio que el bloguero, con el cráneo taladrado por el catecismo del cole, contempló de niño como una auténtica película de terror. Tauromaquia, zarzuela, bandolerismo mesetario, religión, coros y danzas de la Sección Femenina falangista… ¿Podía Vajda dar el paso del gulash al gazpacho y los callos a la madrileña? Pudo y lo hizo admirablemente. Algo tendrían esos húngaros: no hay película más americana que Casablanca (1942), no hay productor más inglés que Alexander Korda. Vajda falleció en Barcelona en 1965, durante el rodaje de La dama de Beirut, un vehículo para Sara Montiel que concluyó Luis María Delgado.

De su impecable nivel narrativo da buena cuenta Séptima página (1950), que la pasada semana emitió el programa de La 2 Historia de nuestro cine, una película coral con cantidad industrial de insignes galanes, galanas y característicos de nuestro cine cuyo núcleo central es el periodismo: la redacción de un diario, La Jornada, es la espoleta que activa una serie de historias dramáticas, románticas, adúlteras y de intriga policial con puntual parada y fonda en la comedia. Clasicismo a granel, muy a la americana. Las escenas del rotativo tienen una justeza de tono hawksiana, las de la sala de fiesta ostentan una elegancia que es puro Mark Sandrich. Y hay un toque en su estructura poliédrica del Duvivier francés de Bajo el cielo de París, rodada al año siguiente. Lo mejor es cuando comparece el humor: el redactor de sucesos que lamenta que el vagón de metro descarrilado no llevara pasajeros (que recuerda la célebre crónica del accidente de tren en que “afortunadamente, todos los muertos viajaban en tercera clase”), el hilarante interrogatorio a Manolo Morán en el hospital o la fugaz, memorable intervención de Pepe Isbert y su disertación sobre los bolsos de cocodrilo y los de imitación, diálogo que se diría escrito por Mihura o Jardiel y que se debe al hoy olvidado José Santugini. Séptima página no es, ni mucho menos, una obra maestra, sino un simple producto de confección de su tiempo, artesanal y escapista, para el gran público, para el público llano, pero hoy sorprende constatar qué finura y grado de sobriedad formal consumía el gran público, el público llano de la época.

 

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