La vida de Brian

De Palma, el documental dirigido por Noah Baumbach y Jake Paltrow que el pasado octubre pudo verse en el festival de Sitges, acaba de aterrizar en Movistar+. En estos tiempos en que consumimos toneladas de información inútil por minuto, es un gustazo degustar dos horas de suculentos conocimientos útiles. De la múltiple variedad de estilos del género documental, De Palma responde al que todo cinéfilo desea encontrar cuando el objeto de estudio es un cineasta admirado. Estamos hasta el moño de ver cómo los documentales, sistemáticamente, rellenan la mitad de su contenido con profusión de bustos parlantes que a) halagan hasta la exageración/extenuación a la personalidad retratada, o b) aprovechan la ocasión para lucir sus sesudas dotes de académica caña pensante; hasta a un documental tan notable como Hitchcock/Truffaut le sobraba más de un hermeneuta rociado con agua de San Narciso. En De Palma no hay más voz que la de Brian De Palma, filmado de frente y dispuesto a contar, cronológicamente, su vida y su obra, aderezando el guiso con anécdotas, reflexiones sobre su trabajo y, claro está, fragmentos de todas sus películas y de otras que salen al paso. Huelga decir que Baumbach y Paltrow, gesto de agradecer, se hacen invisibles, para nada interfieren en el discurso, en el monólogo del maestro.

Brian De Palma, que pecha con el sambenito de persona de trato difícil, se nos muestra cordial, elegante, risueño y puntualmente sentimental: sus ojos se humedecen al evocar la muerte de Bernard Herrmann, que él vivió de cerca la víspera de Navidad de 1975. Por el lado clase magistral, De Palma se explaya en aspectos técnicos de sus obras: el uso de la pantalla dividida en Hermanas (1972) o Carrie (1976), el movimiento circular de cámara en la escena del estudio de grabación de Travolta de Impacto (1981), la elaborada composición de la magistral banda sonora de Ennio Morricone para Los intocables de Eliot Ness (1987), etc. El anecdotario es rico y excitante. Tiene su gracia, por ejemplo, que la idea de base de El fantasma del Paraíso (1974) se la sugiriera una canción de los Beatles endulzada para ejercer de melodía de ascensor. O que las películas que tenía en mente, como modelos, cuando rodaba La hoguera de las vanidades (1990) fueran las portentosas El cuarto mandamiento (1942) y Chantaje en Broadway (1957). Despotrica de Cliff Robertson, para él totalmente inadecuado como protagonista de Fascinación (1976), entre otras cosas por su exceso de bronceado cuando el sufrido personaje se supone que debía tener la tez pálida. ¿Sabían que De Palma había de dirigir El príncipe de la ciudad (1981), a la que dedicó un año largo de preparación antes de que Sidney Lumet tomara las riendas, y que, a su vez y recíprocamente, Lumet era el director inicialmente previsto para El precio del poder (1983), una de cuyas escenas de acción, por cierto, filmó Spielberg, de visita en el plató? Hablando de acción, De Palma confiesa algo que nos es fácil de entender: que no le van las secuencias de acción hiperbólicas. La del tren de alta velocidad, el helicóptero y el túnel de Misión: Imposible (1996) no quería hacerla, y tras el dispendio de efectos digitales de Misión a Marte (2000) juró, y de momento cumple el juramento, que nunca más volvería a aceptar blockbusters de este faraónico calado.

El cineasta llega hasta Passion (2012) sin dejar ni un solo título de su carrera sin su pertinente comentario. Felizmente, ya está rodando una nueva película, Domino, una coproducción que cuenta con participación española. Viendo De Palma, abducido por el fascinante universo del realizador, me asaltó una pregunta: ¿es posible que cada día que pasa Los intocables de Eliot Ness y Misión: Imposible sean (todavía) más buenas? Sin ningún asomo de duda son, y a distancia sideral de las demás, las mejores adaptaciones cinematográficas de series míticas de televisión. Por favor, querido Brian, lleva El prisionero al cine. O a Netflix, da igual.

 

Ocho apellidos internacionales: Prowse, Dean, Jimenez sin acento, Martínez y Lázaro que no son dos sino uno, Tomlin, Garner, Baumbach y Gerwig

david prowse

1: “Star system” sin rostro

Su fascinación, siendo niño, por los godzillas japoneses llevó a Tim Burton a desear ser, de mayor, el hombre oculto bajo el disfraz de dinosaurio. Venturosamente, el destino le llamaría para ejercer labores más creativas. A David (o Dave) Prowse, un inglés de Bristol nacido en 1935, no se le conocen deseos de infancia, pero el destino le marcó una fecha crucial en el calendario de su vida, que al pequeño Burton le habría encantado: 1977. Ese año sería contratado por George Lucas, que le ofreció (a elegir) dos personajes de La guerra de las galaxias: el peludo y servicial Chewbacca o el siniestro Darth Vader. Atraído, aun sin conciencia de lo que eso llegaría a significar en la historia de la humanidad, por el lado oscuro de la elección, Prowse se decantó por el segundo. Su físico le era propicio: un gigantón macerado en el noble arte de la halterofilia y ya con una larga aunque modesta filmografía a cuestas, con muchos secundarios en televisión y bastante cine, donde fue criatura de Frankenstein en Casino Royale (1967), El horror de Frankenstein (1970) y Frankenstein and the Monster from Hell (1974); una filmografía, como se ve, marcada por sus dotes corporales antes que por las actorales. La cuestión es que dar con una figura totémica como el villano de La guerra de las galaxias ha sentenciado la existencia de Dave Prowse, que lleva ya casi cuarenta años viviendo de él, por mucho que su voz fuera doblada por James Earl Jones y su rostro, en la única escena en que aparece de la primera trilogía filmada, al final de El retorno del Jedi (1983), sustituido por el de otro actor, un disgusto para él todavía hoy, a sus ochenta años, no superado.

Prowse es el centro de atención de I Am Your Father, el documental de Toni Bestard y Marcos Cabotá estrenado en cine esta semana, un apetitoso aperitivo para atemperar el hambre antes del prometido festín de J. J. Abrams. La película es altamente instructiva para conocer al hombre detrás (o dentro) de Darth Vader y descubrir una docena de anécdotas. Por ejemplo, ¿por qué Prowse, que se pasa media vida de convención en convención, de festival en festival (en Sitges estuvo en 2004), tiene prohibida la entrada en las convenciones oficiales, las que llevan el sello George Lucas? También conocerán a un Prowse psicotrónico: el personaje de Green Cross que encarnó en una serie de anuncios para evitar accidentes de tráfico infantiles, algo así como la versión british del primo de Zumosol. ¿Sabían que, mucho antes de que los guionistas de El imperio contraataca (1980) decidieran que Darth Vader sería el padre de Luke, Prowse ya lo pronosticó en una entrevista? I Am Your Father probablemente pecará de idolatría y de exceso de protagonismo de Cabotá, pero sin duda ofrece generosas dosis de material para entretener a las legiones de fans de la saga galáctica. Y es un homenaje no únicamente a Prowse, sino a todos aquellos actores que han pasado a los anales ocultando total o parcialmente sus rostros con profusión de maquillaje o máscaras diversas: por sus imágenes desfilan también Lon Chaney, el Max Schreck de Nosferatu (1922) o Robert “Freddy Krueger” Englund.

 

2: Variedad de ofertas

Otro puñado de películas, de los más variados registros, coincide con I Am Your Father en los estrenos de la semana. El título más brillantes es, sin lugar a dudas, Life, de Anton Corbijn, una personalísima aproximación a la figura de James Dean en el corto período que va de la première de Al este del edén (1955) a los días previos al rodaje de Rebelde sin causa (1955), cuya acción se centra básicamente en las relaciones de la joven promesa con el fotógrafo que inmortalizó su imagen en una serie de modélicas instantáneas. De espaldas al biopic convencional y sin pulsar ningún registro melodramático al uso, extrae del personaje un desgarrador y creíble pathos al tiempo que nos ofrece una pintura de época francamente lograda.

Al lado de Life, Grandma y Mistress America aparecen obras más bien deslucidas, aunque no carentes de interés. La primera interesa por el cara a cara entre la veterana Lily Tomlin y la joven y estupenda Julia Garner, abuela y nieta en la ficción, y por el tono un tanto antiguo con que está formulada esta comedia agridulce, que hace pensar en algunas películas de Paul Mazursky o Hal Ashby de los años setenta. Mistress America supone el nuevo encuentro entre el director Noah Baumbach y la actriz Greta Gerwig, siempre un placer, aunque esta vez no alcanzan la gracia alada ni transmiten el profundo zeitgeist de la magnífica Frances Ha (2012). Competente aunque mimético es el filme policíaco francés Conexión Marsella, de Cédric Jimenez, un polar tradicional con ínfulas  scorsesianas sobre el narcotráfico marsellés de los años setenta, el mismo que combatía el entrañable policía Popeye.

La decepción de la semana, rotunda y unánime, ha sido Ocho apellidos catalanes, secuela confeccionada con el piloto automático de una ingeniosa comedia de éxito arrollador. Emilio Martínez-Lázaro ya demostró en Los dos lados de la cama (2005), secuela de El otro lado de la cama (2002), que las segundas partes no son lo suyo. De su nueva película se salvan algunas líneas de diálogo y media docena de réplicas inteligentes. Y, si merece la visita, es por la gran Rosa Maria Sardà, a quien los guionistas le han montado, a su medida, su propia película, que no es otra que la versión con barretina y calçots de “Goodbye, Lenin” (2003).