¿Por qué adoramos a Nicolas Cage?

Es fácil reírse de un juguete roto. Nicolas Cage, a veces, lo parece. Pero no es un juguete cualquiera: es de buena familia (los Coppola), rico (más antes que ahora) y famoso y con un período inicial de interpretaciones notables que remató el Oscar al mejor actor protagonista, la consagración total. Pero, de repente, comenzó a circular por productos de acción de segunda categoría, de tercera o cuarta a menudo, y a desmelenarse y sobreactuar hiperbólicamente en papeles de puro delirio poniendo cara de estornudo filipino o sin necesidad de poner cara: en Furia ciega (2011) se carga media docena de matones en la habitación de un hotel mientras fornica vestido, con gafas de sol, fumando un puro y bebiendo whisky. Hace un año, la revista Sofilm le dedicaba un extenso reportaje y la portada, donde se le definía como “el mejor y el peor actor del mundo”. No está mal: Henry Fonda y Curd Jürgens en un mismo esqueleto. Poco después se estrenaba Mamá y papá (2017), todo un recital de su vena más desaforada, y en su crítica Jordi Costa perfiló magistralmente el affaire Cage: “Nicolas Cage es al cine de género lo que Raphael a la canción ligera: un volcán en erupción, una catedral de diamantes en llamas levantada en medio del desierto, una explosión de barroquismo que hace del exceso su punto de partida…”. Insiste Costa: “Para el iniciado, sus puntuales ejercicios de contención interpretativa suelen ser recibidos como un bajón, porque el artista brilla y deslumbra no cuando se le doma, sino cuando se le desata”.

Dos consideraciones se imponen aquí: 1) Pensándolo bien, Cage ya era así mucho antes de jugar en la liga psicotrónica: ¿No era su Sailor de Corazón salvaje (1990) un tsunami descontrolado? ¿Y el chiflado protagonista de Arizona Baby (1987)? Lo que distinguía a esas obras, y por extensión a él lo ennoblecía, era el buen e inmejorable cine que contenían, algo que no puede decirse de la mayoría de saldos que el actor viene ofreciéndonos en los últimos tiempos, hasta cinco por año si conviene, estrenados directamente en DVD o en plataformas de pago causando a veces daños colaterales: Jerry Lewis tuvo el dudoso honor de despedirse del cine dando vida al padre de Cage en la rutinaria The Trust (2016). Y 2) Pese a la abundancia de películas calamitosas, ave Fénix Cage renace puntualmente como actor de carisma robusto, ya sea arrimándose a árboles de frutos salutíferos (Herzog o Schrader) o dando con artefactos de gozoso y perdurable cine loco como Mandy (2018), un traje a su medida.

Él, contra viento y marea, sigue imparable, lanzadísimo. Tiene ya preparados siete títulos por estrenar, siete, dos de ellos prometedores sobre el papel atendiendo al talante, al talento de sus directores: Color Out of Space, de un autor maldito donde los haya, Richard Stanley, y Prisoners of the Ghostland, de Sion Sono, un cineasta impredecible y tan desmedido como el propio Cage. ¿Estarán para Sitges? Pensando en Cage, el bloguero no resistió la tentación de montarse un maratoniano programa triple en casa con tres de sus recientes trabajos, de interés indiscutible para miembros del club de fans de San Nicolas: Objetivo: Bin Laden (2016), de Larry Charles; Vengeance: A Love Story (2017), de un tal Johnny Martin, y 211 (2018), de un tal York Shackleton. En la película de Martin, modesta y chata pero no desagradable, un Cage estólido es el poli bueno que se aplica en hacer justicia charlesbronsoniana después de una brutal violación. 211, en la que encarna a otro poli, es un embolado insensato que mezcla terrorismo, un sangriento atraco bancario y varias historias personales que incluyen el acoso escolar a un buen chaval, las malas relaciones entre Cage y su hija, etc., etc. No es un bodrio, pero tiene un razonable parecido. Larry Charles ha lidiado varias veces con Sacha Baron Cohen, y en Objetivo: Bin Laden dirige a Cage como si fuera el protagonista de Borat (2006): un Cage requetepasado de vueltas, con melenas y barba blanca e impostada voz aguda, de hecho calcando al verdadero personaje que interpreta, Gary Faulkner, un excéntrico iluminado al que Dios en persona mandó liquidar al líder de Al-Qaeda. Es una sátira dinámica y divertida y el protagonista de Peggy Sue se casó (1986) se mueve en ella como pez en el agua. Después de la maratón, urgía un buen brandi doble y una conclusión: te lo mires por donde te lo mires, Nicolas Cage es un tío simpático, como lo era James Coburn.

 

Sitges Tour (2): Cine loco: “Mandy”

El bloguero recuerda un artículo muy emotivo de Mingus B. Formentor, A la memoria del paso de tornillo, dedicado a un excelente bailador cubano, Silvio Stevens, que, formando pareja con Elisa Burgal, actuó una noche de 1998 en un concierto de Compay Segundo en el Palau de la Música de Barcelona. Escribe Mingus: “Algo así como una hora antes de iniciarse el concierto, Silvio Stevens recibió una llamada telefónica desde Cuba. Demoledora. Su mujer acababa de morir. Desespero cósmico punteado por un único y rugiente monosílabo: ‘¡No! ¡No!’. Pero Silvio hizo honor, no a ese muy cierto tópico yanqui del espectáculo frente a la adversidad: ‘The show must go on!’. Lo que hizo Silvio fue responder, como quien es, al llamado de sus esencias. Lo único que hubiese sido mortal de necesidad para él esa triste noche era no bailar. Así, pues, salió a escena como años atrás lo hiciera junto a Beny Moré, Pérez Prado o el Septeto Nacional.”

Sitges 2018 arrancó el pasado jueves día 4 con un gesto de humana valentía comparable al de Silvio Stevens. Inauguraba la edición Suspiria, de Luca Guadagnino, y se esperaba con lógica expectación la presencia de una de sus protagonistas, Tilda Swinton, que además recibía el Premio Honorífico del Festival. Lo que no entraba dentro del programa es que el padre de Swinton falleciera esa misma mañana del jueves y que, pese al trance y el dolor, la actriz decidiera comparecer en Sitges y cumplir lo prometido. Lo hizo en nombre y en reivindicación de “la fantasía”, la seña de identidad del certamen. Por el arte, vamos, tan unido a la vida (y a la muerte). Ejemplos de entereza como Silvio o Tilda encontramos pocos. Viva la protagonista de Orlando (1992).

Otra de las más esperadas visitas de este año pródigo en ellas era la de Nicolas Cage, que como era de prever convocó a multitud de fans. Cage vino a defender Mandy, de la que es protagonista. No es una película cualquiera. Hasta la fecha teníamos una Mandy memorable, dirigida por Alexander Mackendrick en 1952. Ahora, más ricos, tenemos dos. Cinta de una radicalidad conceptual y estilística extrema, esta segunda Mandy es un desbordante ejemplar de cine loco, algo así como un Mad Max rociado con napalm, alimentado con sobredosis de LSD, obsesionado compulsivamente por el cosmos, por el Mal absoluto (una secta cuyo líder dejaría a Charles Manson a nivel de parvulario) y tintado en rojo, el puro averno: pocas películas habremos visto donde la sensación de estar en el infierno sea tan permanente como ésta. El humor asoma el hocico puntualmente: el inenarrable spot televisivo del queso cheddar, el duelo hiperbólico con sierras mecánicas según el precepto yo la tengo más larga… El hechizo prolongado que viven gozosas nuestras retinas viene acompañado de otro no menor que entra por las orejas: la potentísima banda sonora de esta película que arranca nada menos que con un tema de King Crimson la firma el islandés Jóhann Jóhansson, dos veces nominado al Oscar (por La teoría del todo y Sicario) y fallecido prematuramente el pasado febrero. Para muchos, la sorpresa mayor será descubrir que el director de esta fascinante rareza, Panos Cosmatos, es el hijo de George Pan Cosmatos, el autor de El puente de Cassandra (1976), Evasión en Atenea (1979) y Rambo (1985), entre otras.