Denme un Demme y seré feliz

Se nos ha muerto Jonathan Demme, que para el gran público fue el director de El silencio de los corderos (1991) y Philadelphia (1993), por supuesto dos grandes películas. Pero para el cinéfago, depredador insaciable, Demme va mucho más allá de esos dos títulos perfumados con la hoja de laurel del Oscar. El cinéfago adora el lúcido y fresco eclecticismo por el que circuló este apóstol de la fertilidad camaleónica. Roger Corman, cómo no, fue el avispado productor de sus primeras perlas; dinámicas, concisas y estilizadas series B, el campo de entrenamiento adecuado para un cineasta con ambiciones: La cárcel caliente (1974), sardónica incursión en el entonces en boga subgénero de mujeres enjauladas, y Luchando por mis derechos (1976), una suerte de western contemporáneo ultraviolento.

Con la pintoresca Citizens Band (1977), de título alternativo Handle with Care, Demme se ganó el favor de la crítica americana, que la consideró mejor comedia del año conjuntamente con Annie Hall (1977). Con Melvin and Howard (1980) ingresó en las filas de los fabricantes de cult movies de largo recorrido. Por aquí seguíamos papando moscas: ni la una ni la otra se estrenaron comercialmente. Demme también flirteó, como tantos otros, con el pastiche hitchcockiano en el envolvente, espléndido thriller de conspiración El eslabón del Niágara (1979), con soberbia banda sonora del maestro Miklos Rozsa, que con esta partitura y la de Los pasajeros del tiempo, del mismo año, puso fin a su gloriosa carrera. Abanderó la comedia posmoderna de yuppies en apuros en Algo salvaje (1986), y la de gángsters, con barniz de humor negro, en Casada con todos (1988). La pasión por la música corría por sus arterias y dejó huella en la selección de temas memorables de muchos de sus soundtracks y en películas como Stop Making Sense (1984) y Neil Young: Heart of Gold (2006), dos de los conciertos pop-rock mejor filmados de la historia, o en la electrizante Ricki (2015), propulsada por un huracán llamado Meryl Streep, lo último que vimos de él.

Nada le fue indiferente a Demme, ni el movimiento Dogma, que abrazó en La boda de Rachel (2008), un filme de concepción y espíritu muy modernos, en el radio de acción de lo que hacen autores hoy alabados como Noah Baumbach. Fue asimismo un gran documentalista todoterreno: The Agronomist (2003), Jimmy Carter Man from Plains (2007), I’m Carolyn Parker (2011), Justin Timberlake + The Tennessee Kids (2016) o la inclasificable Swimming to Cambodia (1987), que era a la vez documental, monólogo de Spalding Gray sobre su participación en Los gritos del silencio (1984) y sobre el conflicto camboyano en general y cine ensayo casi de médula godardiana. Más todavía: su talento para la elaboración de remakes. Con El mensajero del miedo (2004), thriller sólido y robusto donde los haya, puso al día, en el contexto post 11-S, la novela de Richard Condon inmortalizada por John Frankenheimer en 1962, pero la joya ignorada es La verdad sobre Charlie (2002), libérrimo remake de Charada (1963) que bien hubiera podido llamarse Chalada: una lúdica, disparatada y osadísima mixtura de estilos aliñada con homenaje al cine francés, ligado particularmente a la nouvelle vague, en su jugoso desfile de viejas vacas sagradas: Charles Aznavour, Anna Karina, Agnès Varda, Françoise Bertin y Magali Noël.

Ya me dirán si con todo este equipaje a cuestas, tan rico y variado, no se merece Jonathan Demme un pequeño podio en la historia del cine.