Cine fantástico

1: Los magos monstruosos

Antes de que nuestros ojos maravillados saluden al monstruo, un grupo de dibujantes prodigiosos, de escultores prodigiosos, de técnicos prodigiosos, de maquilladores prodigiosos, ha hecho, con una pasión desmedida y tantálica, sus deberes. A diferencia de los magos de salón, los magos del cine no tienen inconveniente en mostrarnos sus trucos. En el documental The Frankenstein Complex, de Alexandre Poncet y Gilles Penso, un selecto puñado de estos alquimistas (Phil Tippett, Rick Baker, Steve Johnson, Chris Walas y Greg Nicotero, entre otros) y algunos realizadores señeros (Guillermo del Toro, John Landis, Joe Dante o Kevin Smith) ejercen de guías en un viaje alucinante a la trastienda de nuestros desvelos y nos descubren los secretos de su trabajo con la arcilla, la goma, la espuma o el chip. Son auténticos fabricantes de placer que, sin olvidar la deuda contraída con sus ancestros (Jack Pierce, Willis O’Brien, Ray Harryhausen o el mismísimo Méliès como precursor del animatronic), sintetizan las últimas cuatro décadas de cine fantástico presididas por la artesanía y el trabajo manual, la benemérita stop motion. RoboCop (1987), La guerra de las galaxias (1977), Un hombre lobo americano en Londres (1981), Aullidos (1981), Gremlins (1984), Alien (1979), La cosa (1982)… Monstruos, robots, duendes o criaturas del espacio comparecen desde los laboratorios de estos mad doctors creadores de vida, dando a luz imágenes a veces inquietantes, como la media cabeza del gorila de Zooloco (2011) movida con un mando a distancia ora con rostro risueño ora enfurecido. Como es sabido, Terminator 2 (1991) marca un antes y un después en la evolución de los efectos especiales por ordenador, que irán perfeccionándose en busca del hiperrealismo en Parque jurásico (1993), El señor de los anillos: La comunidad del anillo (2001), King Kong (2005), Avatar (2009), etc. Muchos de los convocados no ocultan un cierto cariño ya con tintes de nostalgia por la manualidad y la mecánica, progresivamente arrinconadas en aras del monopolio de la computerización. Del Toro reivindica el efecto digital como acto de creación tan noble como la stop motion, pero antes ha reconocido que, en materia de efectos especiales, Harryhausen es la voz esencial. Indiscutible: ver a sus esqueletos luchando espada en ristre es y seguirá siendo siempre la más pura expresión de la magia cinematográfica, y ya puede la alta tecnología avanzar una y mil barbaridades que muy difícilmente habrá una imagen digital que la supere. Para soñar en una sala oscura, antes que un ordenador, un poeta.

 

2: Visualizar la eternidad

Y un poeta es David Lowery, autor de la inesperada obra maestra A Ghost Story. Tras un real empacho de epopeyas de fantasmas y casas encantadas, propone Lowery una película de esa vertiente sin efectos especiales, sin sustos ni miedo, sustentándola en tres singularidades: 1) extraer verosimilitud del canónico fantasma de sábana blanca con dos agujeros a la altura de los ojos, traje de Ku Klux-Klan reciclado en concepto, 2) otorgar a la cinta una respiración lenta, un tono parsimonioso que privilegia el gesto cotidiano sin atender a la servidumbre de la impaciencia por la duración fílmica (la larga y memorable escena de la cocina y la tarta) ni sobrepasar, milagro, la hora y media antes de rigor, y, derivada de esta opción, 3) destilar una poesía inherente al mejor cine fantástico, que sin duda habría aprobado Val Lewton, cuyo resultado viene a visualizar, como rara vez hemos visto en una pantalla, la noción de eternidad. O la melancolía del tiempo. Generosa en estímulos, incluye un bellísimo pasaje de cine del Oeste, modalidad colonos e indios, que se diría un western de Anthony Mann o uno de Raoul Walsh reformulado por el Lisandro Alonso de Jauja (2014). Dentro de su aparente modestia, A Ghost Story es una inagotable pieza de coleccionista.